Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.
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Capítulo 19: La Cumbre de las Sombras y el Jaque al Rey
El lago Lemán reflejaba la luz plateada y fría de una luna de medianoche sobre las costas de Ginebra. Las mansiones privadas y los clubes bancarios de la aristocracia suiza permanecían envueltos en un silencio pulcro, impenetrable, donde se decidían los destinos de economías enteras sin que el mundo exterior escuchara un solo disparo.
En el último piso del emblemático Hôtel des Bergues, el salón privado de la Sede de los Doce —la alianza secreta de los banqueros más antiguos de Europa— albergaba la sesión más tensa en cincuenta años.
Al centro de la mesa redonda de cristal y titanio, una pantalla holográfica mostraba la orden de embargo preventivo redactada contra Valenti Holding y la Fundación Rossi.
—Si permitimos que Dante Valenti y su esposa consoliden el control del mercado energético en el Mediterráneo, el monopolio de la vieja banca suiza dejará de existir antes de la primavera —declaró con voz sibilante el Conde Henri de Saint-Germain, un anciano de noventa años de mirada fría y calculadora que lideraba el consorcio helvético—. El fuego de la casa de Almonte y la fuerza bruta de Milán son una combinación demasiado peligrosa. Ha llegado el momento de ejecutar la Cláusula de Expropiación Soberana.
Los otros diez miembros de la junta asintieron en silencio. Era la jugada definitiva. No necesitaban secuestrar niños ni enviar mercenarios a las propiedades; usaron la burocracia diplomática de más alto nivel para firmar la orden de congelamiento total de activos internacionales de la pareja a las seis de la mañana del día siguiente.
Sin embargo, los Doce habían olvidado una regla fundamental: cuando intentas cazar a dos leones, la selva entera observa.
El portón de doble hoja del salón de sesiones se abrió de golpe sin previo aviso.
Dos guardias de seguridad suizos de traje oscuro cayeron al piso de mármol pulido, desarmados y reducidos en cuestión de segundos.
Elena Rossi de Valenti cruzó el umbral con la magnificencia de una diosa de la guerra.
Lucía un vestido de alta costura confeccionado en terciopelo negro noche con una abertura lateral que dejaba al descubierto el movimiento firme y curvilíneo de sus piernas al andar. El escote palabra de honor, cruzado por un collar de diamantes negros y platino, resaltaba la tersura dorada de su piel y la plenitud majestuosa de su pecho. Su rostro, esculpido con una serenidad implacable, proyectaba unos ojos castaños que ardían en una resolución capaz de doblegar a cualquier imperio.
A su lado, Dante Valenti avanzaba como la personificación de la muerte y el poder absoluto.
Con un esmoquin de corte italiano hecho a medida sobre su anatomía monumental de Adonis, el magnate parecía una escultura viviente de virilidad y peligro. Sus hombros anchos casi tapaban la entrada, y sus ojos grises, oscurecidos por un desprecio absoluto, recorrieron la mesa de los Doce con la frialdad de un verdugo que contempla a sus condenados.
—¿Interrumpimos la firma de nuestra sentencia, caballeros? —la voz de Dante resonó en el salón con el volumen de un trueno contenido, un barítono tan profundo que hizo vibrar el cristal de la mesa.
El Conde de Saint-Germain se puso de pie con dificultad, apoyando sus manos temblorosas en la mesa.
—¡Esto es una violación de la soberanía bancaria suiza, Valenti! —gritó el anciano con rabia—. ¡No tienen jurisdicción en esta sala!
Elena caminó hacia la cabecera de la mesa. Cada golpe de sus tacones de aguja sonaba como el tictac de una bomba a punto de estallar. Se detuvo justo frente al holograma del embargo, desprendiéndose de sus guantes de seda con una elegancia aristocrática.
—La soberanía bancaria dejó de protegerlos a las diez de la noche, Conde —respondió Elena con una voz dulce, clara y cargada de un veneno letal—. Mientras ustedes redactaban la Cláusula de Expropiación usando los servidores del Banco Central de Ginebra, la red de ciberseguridad de la Fundación Rossi interceptó los códigos de acceso de sus cuentas privadas en Liechtenstein.
Elena sacó de su bolso un pequeño dispositivo de memoria de cristal y lo arrojó al centro de la mesa holográfica.
De inmediato, la pantalla cambió. La orden de embargo sobre los Valenti desapareció, siendo reemplazada por miles de archivos encriptados que mostraban los registros de evasión fiscal, desvío de fondos gubernamentales y lavado de activos de cada uno de los doce banqueros presentes en la sala.
—Tienen diez minutos antes de que la Fiscalía Financiera de Fráncfort y la SEC de Nueva York reciban este mismo expediente —continuó Elena, inclinándose levemente hacia la mesa, permitiendo que la majestad de su presencia llenara el espacio—. Mi padre pasó veinte años reuniendo las piezas de esta red. Yo solo tuve que presionar el botón de envío.
Los miembros de la junta entraron en pánico. Tres de los banqueros más jóvenes comenzaron a teclear desesperadamente en sus teléfonos, mientras Saint-Germain miraba a Elena con un terror genuino en los ojos.
—Es un chantaje... —balbuceó el anciano.
Dante dio dos pasos hacia el Conde. La sombra de su cuerpo colosal cubrió al anciano por completo. Se inclinó, apoyando una mano masiva sobre el respaldo de la silla de Saint-Germain, acorralándolo con su presencia indomable.
—No es un chantaje, Saint-Germain —siseó Dante en un tono cavernoso que heló la sangre de todos en la habitación—. Es una rendición incondicional. Firma la disolución definitiva de la Sede de los Doce y transfiera los derechos de la red logística del Mediterráneo al consorcio Rossi-Valenti.
—Y si me niego... —tembló el viejo banquero.
—Si se niega —interrumpió Elena con una sonrisa majestuosa y helada—, para cuando el sol salga sobre Ginebra, ninguno de los hombres en esta mesa tendrá dinero suficiente ni para pagar la fianza de sus abogados. Perderán sus nombres, sus familias y sus títulos.
El silencio que siguió fue absoluto. El poder financiero que había gobernado Europa desde las sombras durante casi un siglo se desmoronaba frente a la alianza perfecta entre la inteligencia fría de Elena y la fuerza imparable de Dante.
Sin otra alternativa, el Conde de Saint-Germain tomó la pluma digital con mano temblorosa y estampó su firma en la disolución de la alianza, transfiriendo el control absoluto de los mercados del norte a la dinastía Valenti-Rossi.
A las tres de la madrugada, la tormenta de nieve comenzaba a caer suavemente sobre el helipuerto privado del edificio.
Las puertas del helicóptero de la firma esperaban abiertas. Sin embargo, en la plataforma de hormigón, Dante y Elena se detuvieron para contemplar las luces de Ginebra a sus pies.
La victoria había sido aplastante, limpia y definitiva. No quedaba un solo enemigo en pie. Toda facción que intentó destruirlos, desde los antiguos amantes traidores hasta los magnates de la banca internacional, yacía derrotada ante el altar de su amor y su poder.
Dante envolvió a Elena entre sus brazos por la espalda. Deslizó sus manos masivas por la cintura de ella, amoldándose con una devoción sin límites a la curvatura exuberante de sus caderas. Pegó su rostro al cuello de su esposa, respirando el aroma ahumado de su perfume.
—Eres la mujer más peligrosa y sublime de este planeta, Elena —murmuró Dante en un barítono rasposo que le erizó la piel a la joven—. Ver cómo redujiste a esos ancianos a la nada fue el espectáculo más deslumbrante de mi vida.
Elena se giró lentamente dentro del abrazo, enredando sus brazos alrededor del cuello firme de su Adonis. Su vestido de terciopelo negro contrastaba con la blancura de la nieve que caía a su alrededor.
—Solo soy peligrosa porque tengo al hombre más poderoso del mundo cuidándome las espaldas, Dante —respondió Elena con una mirada de fuego y amor puro—. Juntos somos invencibles.
Dante la tomó del mentón con una mano y la elevó levemente, borrando cualquier distancia entre ellos. La besó con una pasión salvaje, lenta y profunda que celebró la caída de sus últimos rivales. Elena correspondió con entrega total, sintiendo la solidez del cuerpo de su esposo y la certeza absoluta de que su imperio duraría por generaciones.
—El mundo es nuestro, Elena —sentenció Dante contra sus labios al romper el beso.
—El mundo es nuestro, mi rey —susurró ella.
Tomados de la mano, con las frentes unidas y una sonrisa de victoria compartida, subieron a la aeronave que los llevaría de regreso a su hogar, listos para la coronación final de su legado.