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El magnate dormido despertó… y juró no soltarme

El magnate dormido despertó… y juró no soltarme

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Posesivo / Novia sustituta / Completas
Popularitas:307.5k
Nilai: 4.8
nombre de autor: Dupi

Renata creció siendo "la hija recuperada" de una familia que solo la quería para pagar sus deudas. Cuando la constructora de los Beltrán se hunde, el trato es simple: una boda con los Vargas a cambio de un rescate millonario. La novia debía ser Camila, la consentida de la casa. Pero Camila huye… y empujan a Renata al altar de un hombre que ni siquiera puede decir "sí": Maximiliano Vargas, el empresario más temido de México, lleva meses en coma.

Renata acepta sin pelear. Tiene sus propias razones —y una herida que nadie conoce—. Lo que no imagina es que, bajo esa apariencia de hombre dormido, Max está despierto. La oye. La observa. Y por primera vez en su vida, alguien la ve de verdad.

Cuando Max abre los ojos, el imperio entero contiene la respiración esperando el divorcio. En cambio, el hombre al que llaman "témpano de hielo" la toma de la mano frente a todos y se niega a soltarla. Mientras tanto, Renata empieza a mostrar quién es en realidad: una cirujana brillante que esconde más de un nombre, más de un secreto y un pasado que la persigue desde un hotel, cinco años atrás.

Entre suegras venenosas, una falsa primera dama del corazón, traiciones de familia y dos niños que aparecen donde menos se espera, Renata tendrá que decidir si se atreve a creer en el único hombre que la eligió cuando nadie más lo hizo.

Porque algunos secretos no se entierran. Regresan. Y este tiene los ojos de Max.

¿Y si el hombre que la compró fuera también el que perdió con ella lo que más amaba?

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Capítulo 24

Capítulo 24: El muerto que aprieta la mano

Olivia llegó a la clínica al mediodía con una mujer del brazo y un ramo de alcatraces.

—Renata. —La encontró en el pasillo, frente a la suite—. Te presento a Mónica Fuentes. Es terapeuta de rehabilitación, especializada, la recomendó el Dr. Villanueva. Una eminencia. Y, da la casualidad, una vieja conocida de la familia. Conoció a Maximiliano hace años. —Sonrió—. La voz de alguien que él ya conocía antes puede hacer maravillas. Mejor que la de un extraño.

Mónica era guapa de una manera estudiada, con esa seguridad de quien entra a los lugares como si los hubieran construido para ella. Le tendió la mano a Renata con una sonrisa que medía.

—Encantada. He oído tanto de ti. —El "ti", deliberado, marcando que ella tuteaba a los Vargas desde hacía mucho—. Qué bueno que Max tenga compañía en este… proceso.

Renata le estrechó la mano sin calor.

—Mucho gusto.

Entraron a la suite. Mónica fue directo a la cama, dejó los alcatraces, se inclinó sobre Max con una familiaridad que llenaba el cuarto, le acomodó la cobija, le habló cerca de la cara.

—Max. Mírate. Tantos años y mira dónde te vengo a encontrar. Soy yo, ¿te acuerdas? Mónica. —Le tomó la mano entre las suyas—. Vine a ayudarte a volver.

Renata observaba desde el umbral, sin moverse, con los brazos cruzados y la espalda en el marco. No objetó. No interrumpió. Registró. El nombre completo: Mónica Fuentes. La terminología que la mujer no usó (ninguna; para ser "terapeuta especializada", no había dicho una sola palabra clínica). Y la mano de Olivia, que apretaba su bolso con la satisfacción de quien acaba de soltar una ficha.

—Doña Olivia —dijo Renata, tranquila—. Para que la señorita Fuentes pueda trabajar con mi esposo dentro del protocolo, necesito su cédula profesional y su registro en el Colegio Mexicano de Rehabilitación. Es procedimiento. Cualquier persona que toque a un paciente bajo mi supervisión médica tiene que estar acreditada. —Ladeó la cabeza—. ¿La trae a la mano?

Mónica se enderezó. La sonrisa se le tensó.

—La… tengo en el coche. En mis papeles.

—Perfecto. Me la enseña antes de la próxima visita. —Renata no levantó la voz ni una vez—. Por hoy, gracias por las flores.

—Renata. —Olivia intervino, con esa dulzura que afilaba—. Estás siendo descortés. Mónica es de la familia, prácticamente. Vino a ayudar, de buena voluntad, y tú la tratas como a una intrusa. ¿De verdad le vas a negar a mi hijo a alguien que lo quiere bien, por un papelito?

—No le niego nada a su hijo, señora. —Renata se volvió hacia ella, sin perder un grado de calma—. Le exijo lo mismo a la señorita Fuentes que le exigiría a cualquiera, incluida yo. Una credencial. Porque "querer bien" a un paciente no es un método clínico, y la buena voluntad sin acreditación, en un caso neurológico, se llama riesgo. —Hizo una pausa exacta—. Si el Dr. Villanueva la recomendó, le habrá dado su número de cédula. Una llamada y lo resolvemos. ¿Quiere que llame yo?

Olivia no quiso que llamara nadie. Porque no había cédula, y las dos lo sabían, y Mónica empezaba a entender que esa supuesta sustituta sin apellido no era el mueble que le habían descrito.

Y entonces pasó.

Mónica, recuperando terreno, volvió a inclinarse sobre Max, le tomó la cara con una mano, jugando a la antigua intimidad.

—Ay, Maxi. Cómo extrañaba…

Max giró la cabeza.

No fue un movimiento suave. Fue brusco, completo, la cabeza apartándose de la mano de Mónica con un rechazo inconfundible, y de la garganta le salió un sonido bajo, gutural, corto: medio gruñido, medio advertencia. Un sonido que no tenía nada de involuntario.

Mónica soltó la cara de Max y dio un paso atrás, blanca.

Olivia palideció.

La enfermera jefa, que entraba con la charola de medicación, dejó todo y activó el protocolo:

—Por favor, necesito que todos salgan. Cualquier cambio de estado se evalúa sin estímulos. Afuera, por favor.

Olivia tomó a Mónica del brazo y la sacó. Renata, que estaba en la puerta, no se movió.

—Soy su esposa y soy médico, con poder notariado sobre sus decisiones de tratamiento —dijo, mostrando la credencial que llevaba al cuello—. Me quedo.

La enfermera la miró, miró el gafete, y asintió.

—————

La suite se vació. Quedaron Renata, Max y el zumbido de las máquinas.

Renata se acercó. Le revisó las pupilas con la linterna: reacción bilateral, normal. Reflejos: dentro de parámetros. Frecuencia cardíaca: ligeramente elevada, bajando ya. Nada que un manual no explicara como reflejo de tronco.

Pero ella había visto el giro de la cabeza. Lo había visto entero. Y un reflejo de tronco no elige hacia dónde apartarse.

Sacó el cuaderno. Escribió, con letra pequeña y firme:

"Respuesta motora voluntaria ante estímulo no médico, con dirección y rechazo. Segunda anomalía."

Esta vez no escribió "descartable".

Se quedó mirando a Max un largo rato. La cara quieta, los párpados cerrados, la respiración pausada. Un hombre en meseta, decían los reportes. Un hombre que acababa de gruñirle a una mujer que le tocaba la cara.

—¿Qué eres tú? —murmuró, no como pregunta médica—. ¿Un milagro o una trampa?

No reportó la anomalía. No todavía. Por dos razones, y las dos las tenía claras: no tenía certeza suficiente para hacer una afirmación clínica que después no pudiera sostener; y, sobre todo, no se fiaba de nadie en esa familia lo bastante para entregarle algo tan valioso como la verdad sobre el estado de Max. La información, en esa casa, era un arma. Y Renata no regalaba armas.

—————

Reyes la esperaba en el pasillo.

Le entregó un sobre pequeño, sin una palabra. Renata lo abrió. Adentro había una tarjeta negra —otra, distinta de la que le había dado Doña Esperanza— a nombre de Renata Beltrán de Vargas, recién emitida. Y una nota, tres palabras escritas a mano, en una letra firme y angulosa que ella no conocía:

"Úsela sin límite."

Sin remitente.

Renata levantó la vista hacia Reyes.

—¿De quién es esto?

—De alguien que quiere que esté usted cómoda, doctora. —Reyes guardó las manos en los bolsillos—. No me corresponde decir más.

—¿La señora Esperanza?

—No, doctora. —Y eso fue todo lo que el hombre soltó.

Renata miró la tarjeta. Miró la letra de la nota. Miró la puerta cerrada de la suite, detrás de la cual respiraba un hombre que se suponía no podía sostener una pluma. Sumó. No le gustó la cuenta que le daba, porque la cuenta que le daba era imposible.

Se guardó la tarjeta y la nota. No dijo nada. A veces, callar también era documentar.

—————

Dentro de la suite, en la oscuridad de los párpados cerrados, Max escuchó los pasos de Renata alejarse por el pasillo.

Lo había manejado mal con Mónica. Lo sabía. Apartar la cara, gruñir: un riesgo, una grieta en seis meses de paciencia. Pero no había podido evitarlo. La idea de que esa mujer lo tocara con su falsa intimidad delante de Renata —de Renata, que lo cuidaba sin tocarlo más de lo necesario, que le hablaba de tú sin permiso y le decía que lo odiaba un poco— le había revuelto algo viejo y territorial que el coma no había logrado matar.

Hizo cuentas, como hacía todo. Había tomado una decisión los últimos días, en la quietud forzada de esa cama, y la escena de hoy se la confirmaba.

No iba a despertar. No todavía. No del todo, no ante ellos.

Alguien había mandado cambiar su suero. Alguien lo quería dormido, y si supieran cuánto se había recuperado de verdad, ese alguien dejaría de jugar con sedantes y pasaría a métodos menos pacientes. Un Max visiblemente vivo era un Max al que había que matar deprisa. Un Max en meseta tenía tiempo. Y el tiempo, ahora mismo, valía más que cualquier otra cosa, porque lo necesitaba para dos cosas: averiguar quién había ordenado estrellar su coche en la México–Toluca, y entender por qué la mujer con la que lo habían casado por un contrato se le había metido bajo la piel sin proponérselo.

No pensaba firmar ningún divorcio. Esa fue la otra decisión, y lo sorprendió a él mismo por lo limpia que le salió.

No porque le importara el contrato. Por ella. Porque la había oído, noche tras noche, hablarle en la oscuridad como no le hablaba a nadie; la había oído decir que alguien jugaba con su suero, que no se fiaba de la casa, que tenía algo perdido hacía cinco años que no nombraba nunca. Renata se había metido sola en el mismo nido de víboras donde a él lo habían querido matar, y lo había hecho por defenderlo a él, a un desconocido en una cama. Si firmaba el divorcio, ella se iba, sí —se iba a salvo, quizá—, pero también lo dejaba a él indefenso y la dejaba a ella sin la única protección que el apellido Vargas todavía podía darle. Y había algo más, algo que Max no estaba listo para nombrar ni en el silencio de su propia cabeza: que la idea de que esa mujer saliera de su vida por la puerta de un juzgado le resultaba, sencillamente, inaceptable.

Así que no habría divorcio. Habría tiempo, y silencio, y un hombre fingiéndose menos de lo que era hasta poder ser, otra vez, todo lo que necesitaba ser para protegerla.

Bien, pensó, oyendo cómo el último eco de los pasos de Renata se perdía en el pasillo. Ya sabe que no soy un mueble. Todavía no sabe lo suficiente. Pero es lista. Demasiado lista.

Tiempo. Solo necesitaba tiempo.

Y cuando la puerta de la suite quedó por fin en silencio absoluto y supo que nadie miraba, Max abrió los ojos un segundo apenas, fijó la vista en el techo blanco, ordenó en su cabeza la lista de cosas que iba a hacer en cuanto su cuerpo le obedeciera, y volvió a cerrarlos.

Nadie lo vio.

1
Beatriz Juárez
una duda no ya conocía al tío de Maximiliano e incluso escucho una conversación respecto a la salud de Max e incluso la mando a amenazar con pasarle algo a la mamá de ella
gabriela
excelente
Beatriz Juárez
hasta el momento lo que eh leído muy interesante, espero siga así el resto de la novela
mildred rivas
lo sospechaba no era casualidad
Maria Cerdán
Es de Max Renata.. te está protegiendo, ya te aceptó como su esposa..ja,ja
Maria Cerdán
Se va poniendo interesante.. le quitaron a sus bebés?
Liliana janeth reveles riojas
aaaaaaaaaaaaaaaa que emoción
Hilda Estrada
cuánta maldad
ana paez
lo mismo pregunto
ana cecilia mendoza
mercantil siempre contigo 🤣🤣🤣🤣😅❤️
Visitor3894
Muy buen libro .Hasta el momento diría casi excelente .
Ojalá siga así .
últimamente los libros repiten las historias ,solo cambian los nombres de los personajes.
Este es distinto.Excelente trabajo del autor .
ana cecilia mendoza
voy a llorar y al mismo tiempo me estrese 😭😭😭😭😭
Nely Morales Cruz
Yo tengo la duda de si Ernesto es el padre porqué ahora dice que su papá está muerto
Nely Morales Cruz
Ese niño debe de ser de Renata y será que el padre es maximiliano y el tampoco sabe
Carely Prieto
ya se siente el despertar 👏
audelina barra guzman
uuuuf yo tampoco me equivoqué wau esto de leer tantas historias voy aprendiendo hacer detective jajaja
Nely Morales Cruz
Tengo muchas dudas espero que en el transcurso de la novela pueda aclararme
audelina barra guzman
parece que también se le olvidó el ADN el ir a buscar a la niña gemela 🤔🤔🤔🤔😔😔😔😔😔
audelina barra guzman
me quedan muchos capitulos todavía esperando que arregles está trama
audelina barra guzman
se me perdió Vale la hermana de Max el tío que estaba haciendo daño la abuela el papá de Max que PASO Autora si es que tú escribes esto o lo copiaste mal 😱😱😱😱 hay algo que no cuadra 😱😱😱😱
mildred rivas: si no cuadra porque aquí dice que no tuvo niña y vale que es
total 2 replies
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