Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.
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Las primeras Heridas
Cuando llegué a la casa de la duquesa era demasiado pequeña para comprender que no todas las heridas dejaban sangre.
Algunas se escondían detrás de una burla.
Otras nacían del silencio.
Y había otras que se instalaban en el corazón sin que nadie las viera.
Los días en Lambeth comenzaron a parecerse unos a otros. Las campanas anunciaban el amanecer, las criadas abrían las ventanas para dejar entrar el aire frío y las muchachas se reunían para las lecciones de costura, lectura y música.
Yo encontraba refugio en las melodías.
Mientras el mundo parecía demasiado grande para una niña como yo, la música tenía un orden que nadie podía romper.
Las notas nunca se burlaban.
Nunca abandonaban.
Nunca olvidaban un nombre.
Sin embargo, la convivencia con los demás niños era muy distinta.
La casa estaba llena de hijos de familias nobles y de parientes lejanos de la duquesa. Algunos eran amables, pero otros disfrutaban recordándome que yo ocupaba un lugar secundario.
—La pequeña Catalina cree que algún día será una gran dama —decía una de las muchachas mayores con una sonrisa burlona.
Las demás reían.
Yo fingía no escuchar.
Un día escondieron mi labor de bordado para que recibiera un regaño de la institutriz.
Otro día rompieron el lazo que llevaba en el cabello.
En invierno llegaron incluso a arrojar mis zapatos al patio húmedo, obligándome a caminar con los pies helados hasta encontrarlos.
Aprendí que responder solo empeoraba las cosas.
Así que elegí callar.
El silencio se convirtió en mi mejor defensa.
Por las noches abrazaba mi almohada y me preguntaba por qué parecía tan difícil encontrar un lugar donde sentirse querida.
Fue en aquellos meses cuando apareció un nuevo maestro de música.
Su nombre era Henry Mannox.
Era un hombre joven para los estándares de la época y había sido contratado para enseñar canto y laúd a las muchachas de la casa.
La primera vez que lo vi sostenía un libro de partituras bajo el brazo.
Su voz era tranquila y parecía tener una paciencia que pocos adultos mostraban con las alumnas.
—Respiren antes de cantar —repetía una y otra vez.
Yo obedecía con atención.
La música seguía siendo el único rincón donde las burlas desaparecían.
Con el paso de las semanas, el maestro comenzó a notar que aprendía las melodías con rapidez.
—Tienes buen oído, Catalina —me dijo una tarde después de la lección.
Aquellas palabras, tan sencillas, significaron mucho para una niña acostumbrada a pasar inadvertida.
Era extraño sentirse vista.
Por primera vez, un adulto parecía reconocer algo bueno en mí.
No era afecto.
No era cariño.
Pero para una muchacha que había crecido con tan pocas muestras de atención, cualquier gesto amable parecía enorme.
Las otras niñas también lo notaron.
—La favorita del maestro —murmuraban cuando pasaba.
Yo negaba con la cabeza.
No quería ser motivo de nuevas burlas.
Las risas regresaron con más fuerza.
Algunas imitaban mi forma de cantar.
Otras desafinaban a propósito cuando me tocaba interpretar una pieza.
Cada pequeño éxito parecía despertar la envidia de alguien.
Había tardes en las que terminaba las clases con un nudo en la garganta.
Entonces caminaba sola por los jardines.
Los rosales comenzaban a florecer y el perfume de las flores lograba tranquilizarme.
Allí podía imaginar otra vida.
Una en la que nadie se sintiera superior por un apellido.
Una en la que una niña no tuviera que ganarse el derecho a ser tratada con respeto.
Mientras tanto, la casa seguía funcionando con la misma libertad de siempre.
Los adultos estaban ocupados.
La vigilancia era escasa.
Las muchachas crecían casi sin orientación constante, aprendiendo unas de otras, para bien y para mal.
Con el tiempo comprendí que aquella falta de límites permitía que muchas situaciones pasaran inadvertidas.
No solo las bromas crueles entre los jóvenes.
También las conversaciones que ninguna niña estaba preparada para entender.
Yo todavía conservaba parte de mi inocencia.
Creía que todos los adultos sabían distinguir lo correcto de lo incorrecto.
Años después descubriría que no siempre era así.
Las lecciones de música continuaron.
El maestro Mannox seguía corrigiendo mis errores con calma y celebrando mis progresos.
Sin embargo, algo comenzó a incomodarme.
Había ocasiones en que su atención parecía demasiado insistente, demasiado personal para una simple alumna.
No sabía explicar por qué.
Solo sentía que algo había cambiado.
Cada vez que esa sensación aparecía, prefería regresar junto a las demás muchachas.
Entonces me convencía de que seguramente era imaginación mía.
Después de todo, yo apenas era una adolescente intentando comprender un mundo lleno de reglas que nadie se había detenido a enseñarme.
Sin darme cuenta, las verdaderas marcas de mi vida no empezaban sobre la piel.
Comenzaban en la confianza.
En la necesidad de ser aceptada.
En el deseo de escuchar una palabra amable después de tantos años de soledad.
Y esas heridas, invisibles para todos los que caminaban por los pasillos de la casa de la duquesa, serían mucho más difíciles de sanar que cualquier golpe o cualquier cicatriz.