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Las órdenes privadas de mi jefe

Las órdenes privadas de mi jefe

Status: En proceso
Popularitas:6.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

# Capítulo 22: La noche del estudio

Después de la tormenta, algo cambió.

No algo grande. No algo que pudiera señalarse con el dedo y decir "aquí fue." Fue algo más sutil: un milímetro de distancia que se cerró entre ellos, un grado de temperatura que subió en la oficina, una forma distinta de mirarse a través del cristal que ya no era solo observación sino reconocimiento.

Él sabía que ella sabía. Ella sabía que él sabía que ella sabía. Y los dos seguían viniendo a trabajar cada mañana como si el mundo no se hubiera inclinado un poco sobre su eje.

El café de las 8:15 seguía llegando puntual. Los tuppers seguían apareciendo en su escritorio con notas cada vez más breves —"bien", "repite", una vez solo un punto que Alegra interpretó como aprobación máxima—. Las reuniones seguían siendo reuniones. Los contratos seguían siendo contratos.

Pero.

Siempre hay un pero.

Pero ahora, cuando sus manos se rozaban al pasar una carpeta, ninguno de los dos fingía que no había pasado. Pero ahora, cuando él se aflojaba la corbata a las seis, ella no desviaba la mirada. Y pero ahora, cuando la luz del estudio se encendía por las noches, Alegra sabía exactamente qué estaba pintando.

O creía saberlo.

El jueves de la décima semana, Alegra se quedó hasta las nueve.

No por obligación. El reporte de Monterrey estaba listo. La agenda del viernes estaba confirmada. No había razón profesional para seguir sentada en su escritorio a las nueve de la noche de un jueves, con la torre medio vacía y el guardia de seguridad haciendo su ronda con la mirada de un hombre que ya quería irse a casa.

Pero se quedó.

Se quedó porque, desde las ocho, un sonido llegaba desde el estudio de Alejandro. No el sonido habitual del pincel sobre papel, que ella había aprendido a reconocer como quien reconoce la respiración de alguien dormido. Otro sonido.

Música.

Un piano. Algo clásico que Alegra no podía identificar —no había crecido con música clásica; había crecido con la cumbia que ponía su padre los domingos y el reggaetón que Valeria escuchaba a escondidas— pero que reconocía como hermoso de la misma forma en que reconoces una palabra en un idioma que no hablas: por la cadencia, por el peso, por lo que te hace sentir sin necesidad de entender.

La música era lenta. Grave. Con una melancolía que se pegaba a la piel como la humedad de la Ciudad de México en temporada de lluvias.

¿Pinta con música?

En todas las noches que se había quedado tarde —y ya eran muchas, demasiadas para ser coincidencia—, nunca lo había oído poner música. El estudio siempre era silencio y olor a pintura y trementina. Silencio y el sonido del pincel. Silencio y la respiración de un hombre que sublimaba lo que sentía en trazos sobre papel.

Pero esta noche había música. Y la puerta del estudio no estaba cerrada con llave.

Alegra lo supo porque se levantó de su escritorio y caminó hasta la puerta y la empujó un centímetro con la punta de los dedos, y la puerta cedió.

No está cerrada. Desde la tormenta, no cierra con llave.

Debería haber vuelto a su escritorio. Debería haber recogido sus cosas, tomado el elevador, subido al auto de Don Felipe y vuelto a Iztapalapa a ver una serie y comerse las sobras del arroz de la noche anterior.

Debería. Pero la música seguía sonando. Y la puerta estaba abierta. Y ella era Alegra Vega, que a los dieciocho años había abierto la puerta de la casa de sus padres y no había vuelto, y que a los veinticuatro seguía abriendo puertas que probablemente no debía abrir.

Empujó.

El estudio estaba distinto.

Las cuatro velas de la noche de la tormenta no estaban. En su lugar, una lámpara de pie con pantalla de tela proyectaba una luz ámbar que hacía parecer que la habitación ardía desde adentro. La música venía de una bocina pequeña en la esquina del escritorio: el piano, grave y lento, llenando el espacio como agua.

Alejandro no estaba pintando.

Estaba sentado en la silla frente a la mesa, con la espalda recta, un vaso de algo oscuro en la mano —whisky, probablemente, aunque Alegra nunca lo había visto beber en la oficina—, mirando algo que tenía sobre la mesa.

No papeles sueltos. No los trazos frenéticos que ella había visto la noche del "sal." No las hojas con sus hoyuelos repetidos como una oración obsesiva.

Un cuaderno.

Grande, de pasta negra, grueso como un libro de texto. Estaba abierto por la mitad, y desde donde Alegra estaba —en el umbral, con medio cuerpo adentro y medio cuerpo afuera, como siempre que se trataba de él— podía ver que las páginas estaban llenas de pintura.

Alejandro no la oyó entrar. O tal vez sí la oyó y decidió no moverse. Con él nunca se sabía.

Alegra dio un paso. Luego otro. La alfombra amortiguaba sus tacones. El piano seguía sonando. Él seguía mirando el cuaderno con una expresión que ella no le había visto: no era la tensión habitual, ni el control férreo, ni los ojos oscurecidos. Era algo más parecido a la tristeza. O a la resignación. O a lo que siente un hombre cuando mira lo que es de noche, a solas, lejos de la versión de sí mismo que presenta al mundo.

Estaba a un metro de la mesa cuando lo vio.

No todo. No podía verlo todo desde ese ángulo. Pero vio lo suficiente.

La página abierta mostraba una figura femenina. No un rostro con hoyuelos. No los trazos rápidos y casi abstractos que ella había encontrado en la basura semanas atrás. Esto era distinto. Más elaborado. Más cuidado. Más...

La mujer estaba arrodillada.

Las manos unidas frente a ella, como en oración, pero no era oración. Las muñecas estaban envueltas en algo que parecía seda —la textura era tan precisa que Alegra podía casi sentirla entre los dedos—. El pelo caía sobre los hombros desnudos como una cortina negra. La cabeza estaba ligeramente inclinada hacia abajo. Los ojos, cerrados.

El trazo era exquisito. No había otra palabra. Cada línea tenía la precisión de un cirujano y la delicadeza de un poeta. Las sombras caían exactamente donde debían caer. La curva de la espalda, la línea del cuello, la forma en que la seda se enrollaba alrededor de las muñecas: todo estaba pintado con un cuidado que era casi reverencial.

Y era hermoso. Era objetivamente, indiscutiblemente hermoso.

Pero lo que representaba...

Alegra pasó la página. No supo por qué lo hizo. No supo qué la impulsó a extender la mano y tocar el cuaderno y pasar a la siguiente imagen. Tal vez la misma fuerza que la había hecho abrir la puerta. Tal vez la misma que la había hecho guardar el papel con sus hoyuelos en el cajón de su buró. Tal vez la curiosidad de una mujer que ya sabía que era pintada pero que no sabía hasta dónde llegaba la pintura.

La siguiente página: otra mujer. De espaldas. Con los brazos extendidos hacia arriba, las muñecas atadas a algo que no se veía —solo las cintas, flotando hacia arriba como hilos de marioneta—. La espalda descubierta. La cintura marcada. Las caderas, anchas, redondas, pintadas con una ternura que contradecía la postura de sumisión.

La siguiente: una mujer con los ojos vendados. La seda negra desaparecía entre su pelo. Los labios estaban entreabiertos, atrapando un suspiro a medio camino entre el pecho y la garganta.

La siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente.

Cada página era una variación del mismo tema: mujeres arrodilladas, vendadas, atadas con cintas de seda, la cabeza inclinada, los ojos cerrados, los labios abiertos. El cuidado obsesivo de los trazos volvía la entrega solemne y obscena a la vez.

Aquello era demasiado íntimo para llamarlo pornografía. Era...

Arte, pensó Alegra. Es arte. Pero no es el arte que cuelgas en una galería. Es el arte que guardas con llave en un cajón porque revela demasiado de lo que eres.

Y entonces lo notó.

Las caderas. La cintura. Los hoyuelos en la espalda baja —no los hoyuelos de la cara, los otros, los que se forman en la base de la columna cuando una mujer tiene cierta constitución—. El pelo largo cayendo sobre los hombros.

No.

Pasó tres páginas más. Rápido. Con las manos temblando.

Ahí. En la penúltima página. Una mujer arrodillada, con la cabeza levantada por primera vez en todo el cuaderno. La cara visible. Los ojos abiertos. Y en las mejillas, dos marcas pequeñas, precisas, inconfundibles.

Hoyuelos.

Sus hoyuelos.

Es mi cara. En todas las páginas. Con las muñecas atadas. Con los ojos vendados. Con la cabeza inclinada. Es mi cuerpo, mis caderas, mi pelo. Soy yo. Soy yo arrodillada, yo atada, yo entregada. Soy yo en la cabeza de este hombre, no solo como un rostro que pinta de noche, sino como esto. Como todo esto.

La música seguía sonando. El piano. Grave. Lento. Indiferente.

Alegra no se movió. No cerró el cuaderno. No retrocedió. Se quedó de pie junto a la mesa, con las manos sobre las páginas abiertas, mirando su propia cara pintada en una posición que nunca había imaginado pero que, por alguna razón que no podía explicar y que la asustaba más que las pinturas mismas, no la horrorizaba.

Debería horrorizarme. ¿Verdad? Debería sentir asco, o miedo, o rabia. Mi jefe me pinta atada con seda y arrodillada y con los ojos vendados. Debería salir corriendo. Debería llamar a recursos humanos. Debería...

Pero no sentía asco. No sentía miedo. No sentía rabia.

Sentía el corazón latiéndole en la garganta. Y las manos temblando. Y algo caliente en el fondo del estómago que no era horror sino su gemelo prohibido: la fascinación.

Dios mío, Alegra. ¿Qué te pasa?

Detrás de ella, el sonido de un vaso posándose sobre madera.

Se dio vuelta.

Alejandro estaba de pie. El vaso de whisky sobre la mesa. Los ojos fijos en ella. En sus manos. En el cuaderno abierto.

Y la expresión en su cara —iluminada por la lámpara ámbar, recortada contra la pared del estudio, con la corbata aflojada y una mancha de pintura en la muñeca que se había vuelto tan familiar como una cicatriz— no era la que ella esperaba.

En su cara no había ira ni el filo del "sal" de la otra noche.

Había terror.

El terror de un hombre al que acaban de encontrar desnudo. No en el cuerpo: en el alma. El terror de alguien que lleva años construyendo un muro alrededor de lo que es, ladrillo por ladrillo, noche por noche, cuaderno cerrado con llave y estudio sellado y silencio como cemento, y que de pronto ve que una mujer de veinticuatro años con hoyuelos y olor a champú de fresa ha entrado y ha visto cada ladrillo y cada grieta y cada cosa que se esconde detrás.

La música se detuvo. La pieza había terminado. El silencio que quedó era tan denso que Alegra podía oír su propio pulso.

—Alegra.

Su nombre. No "Vega." No "señorita." Su nombre, dicho con una voz que era más baja que un susurro y más pesada que un trueno.

Ella no respondió. Tenía las manos todavía sobre el cuaderno. Los hoyuelos pintados la miraban desde la página como un espejo de tinta.

—No debiste entrar —dijo él.

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♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Es q no tiene un espejo para ver el. Parecido con ella misma 🥴
♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Interesante 🤣🤣ay Alejandro
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