Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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Una carta inesperada
Después de enterarse de que Damián regresaría en quince días y de que el cumpleaños de Bastian se acercaba, Elizabeth decidió que no podía seguir esperando. Ya le había enviado una carta anteriormente al joven amo, presentándose y explicándole que ahora era la esposa del Señor del Norte, pero hasta ese momento no había recibido ninguna respuesta.
Aun así, Elizabeth no estaba dispuesta a tomarlo como una ofensa. Damián tenía once años, llevaba mucho tiempo estudiando lejos de la mansión y, en realidad, no tenía familia con la que hubiera tenido contacto en los últimos años, Quizá simplemente necesitaba tiempo para acostumbrarse a la idea de que una mujer desconocida se había convertido en la esposa de su padre.
Se sentó frente al escritorio y tomó una hoja de papel. Esta vez no quería escribirle únicamente para presentarse, sino que quería saber cómo se encontraba y qué podía hacer para que su regreso a la mansión fuera lo más cómodo posible.
Comenzó preguntándole cómo se encontraba en la Escuela de Herederos y si sus estudios iban bien. Después quiso saber si había algo especial que quisiera encontrar preparado cuando regresara, si prefería que alguien fuera a recogerlo o si deseaba volver directamente en el carruaje de la familia.
También le preguntó si quería que remodelaran su habitación, si necesitaba ropa nueva, libros u otros objetos personales. Elizabeth pensó durante unos segundos antes de añadir una pregunta que consideró especialmente importante: si tenía amigos en la escuela y si había alguien a quien quisiera invitar durante sus vacaciones.
No quería que Damián llegara a la mansión sintiendo que estaba entrando en un lugar completamente ajeno.
Antes de terminar la carta, colocó dentro un pequeño sobre con dinero. No sabía qué podía necesitar un niño de once años, pero consideraba que sería mejor darle la posibilidad de comprar algo que realmente quisiera en lugar de intentar adivinar sus gustos.
Cuando terminó de escribir, dobló cuidadosamente la carta y llamó a un sirviente para que la enviara de inmediato.
—Espero que esta vez responda —murmuró Elizabeth mientras observaba cómo el sirviente abandonaba el despacho.
No esperaba una respuesta inmediata, pero al menos quería que Damián supiera que alguien estaba pensando en él.
Después de terminar con aquel asunto, Elizabeth decidió dedicar el resto de la mañana a Bastian. Lo encontró jugando en una de las habitaciones de la mansión, rodeado de algunos juguetes que había recibido durante las últimas semanas.
—Bastian.
El pequeño levantó inmediatamente la cabeza y, al reconocerla, corrió hacia ella con una sonrisa.
—¡Liz!
Elizabeth se agachó y lo recibió entre sus brazos, levantándolo durante unos segundos antes de volver a dejarlo en el suelo.
—Tengo que preguntarte algo muy importante.
Bastian la miró con curiosidad.
—¿Qué?
—Tu cumpleaños se acerca. Dentro de un mes cumplirás cuatro años, así que quiero saber qué te gustaría hacer ese día.
Los ojos azules del pequeño se iluminaron.
—¿Puedo tener pastel?
Elizabeth soltó una pequeña risa.
—Por supuesto. ¿Qué más quieres?
Bastian se quedó pensando durante unos segundos, mirando hacia un lado mientras trataba de encontrar una respuesta que pareciera importante.
—Quiero estar contigo.
Elizabeth sintió que el corazón se le ablandaba.
—Eso ya está decidido. Pasaré todo el día contigo.
—¿Entonces puedo tener pastel y estar contigo?
—Puedes tener ambas cosas.
Bastian sonrió satisfecho y volvió a pensar.
—Tal vez... un caballo de madera.
Elizabeth sonrió.
—Eso sí podemos conseguirlo.
—¿Uno grande?
—Tan grande como puedas manejar.
Bastian pareció quedar completamente satisfecho con aquella respuesta y volvió a jugar, mientras Elizabeth lo observaba con una sonrisa.
Durante los días siguientes, ambos pasaron bastante tiempo juntos. Una tarde, Elizabeth decidió comenzar a enseñarle a escribir, por lo que se sentaron frente a una pequeña mesa mientras ella colocaba una hoja de papel delante del niño.
—Primero intenta hacer una línea.
Bastian tomó el lápiz con ambas manos y lo movió lentamente sobre el papel. La línea terminó completamente torcida y el pequeño la observó con el ceño fruncido.
—Está mal.
—No está mal. Es tu primera vez.
Elizabeth tomó otra hoja y dibujó una línea recta para que pudiera observarla.
—Yo llevo mucho tiempo escribiendo. Tú acabas de comenzar, así que no tienes que hacerlo perfecto.
Bastian volvió a intentarlo y, esta vez, consiguió hacer una línea un poco más recta. Inmediatamente levantó el papel con una expresión orgullosa.
—¡Mira!
Elizabeth sonrió.
—Mucho mejor.
—¿Puedo escribir tu nombre?
La pregunta tomó a Elizabeth por sorpresa.
—¿Quieres aprender a escribir mi nombre?
Bastian asintió con entusiasmo, así que Elizabeth escribió lentamente las letras para que pudiera copiarlas.
—Elizabeth.
Bastian intentó reproducir cada una de ellas con una concentración absoluta. Las letras estaban torcidas y algunas apenas eran reconocibles, pero cuando terminó levantó orgulloso el papel para enseñárselo.
—Liz, mira.
Elizabeth tomó la hoja y fingió examinarla con extrema seriedad.
—Mmm... creo que está perfecto.
—¿De verdad?
—De verdad.
Bastian sonrió ampliamente.
—Entonces mañana voy a escribirlo otra vez.
—Y pasado mañana también, si quieres.
Aquellos pequeños momentos se habían vuelto habituales. A veces caminaban juntos por los jardines, otras veces Elizabeth le leía cuentos antes de dormir y, en algunas ocasiones, simplemente se sentaban cerca uno del otro mientras ella trabajaba y Bastian jugaba.
Una tarde encontraron una pequeña criatura escondida entre los arbustos.
A primera vista parecía un gato, pero no era igual a ninguno de los animales que Elizabeth conocía de su antiguo mundo. Tenía el cuerpo cubierto por un pelaje gris plateado, dos pequeñas astas curvas sobre la cabeza y una larga cola que terminaba en una pequeña punta luminosa.
Bastian se quedó fascinado.
—Liz, mira.
La criatura los observó con sus grandes ojos dorados antes de esconderse parcialmente entre las hojas.
—¿Qué es?
—No lo sé. Parece un gato, pero nunca había visto uno así.
Bastian se acercó unos pasos.
—Está solo.
Elizabeth observó a la pequeña criatura y luego al niño.
—Podemos dejarle algo de comida y asegurarnos de que esté bien, pero no podemos obligarlo a quedarse.
—¿Por qué?
—Porque también tiene derecho a elegir dónde quiere estar.
Bastian se quedó pensativo y finalmente asintió.
—Entonces le dejamos comida.
Elizabeth sonrió.
—Eso podemos hacerlo.
Aquellas palabras le recordaron por un instante al niño que había encontrado un mes atrás, sentado solo en una habitación y sin nadie que realmente se preocupara por él. Quizá por eso Bastian siempre parecía preocuparse por cualquier criatura que encontraba sola.
Mientras Elizabeth continuaba organizando sus asuntos, muy lejos de la mansión, en la Escuela de Herederos, Damián observaba una carta que acababa de recibir.
Su expresión era fría y su ceño estaba ligeramente fruncido. No parecía contento de tenerla entre sus manos, principalmente porque aquella no era la primera carta que recibía de la nueva esposa del Señor del Norte.
Ya sabía que su padre se había casado.
Los rumores habían comenzado a circular entre los estudiantes poco después de la boda y, posteriormente, había recibido la primera carta de aquella mujer presentándose.
Damián todavía no entendía qué buscaba.
No conocía a Elizabeth.
Nunca la había visto y no tenía ninguna razón para confiar en ella. Aun así, la mujer continuaba escribiéndole aunque él nunca había respondido.
Miró el sobre durante unos segundos antes de murmurar:
—¿Qué pretende?
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y apareció Ian, su mejor amigo y compañero de cuarto. El muchacho observó inmediatamente la carta que Damián sostenía y, después de reconocer el sello, levantó ligeramente una ceja.
—¿Otra vez te escribió?
Damián asintió sin apartar la mirada del sobre.
—Sí.
Ian entró y cerró la puerta detrás de él antes de acercarse.
—¿Y también te mandó algo?
—Dinero.
—¿Vas a responder esta vez?
Damián hizo una pequeña mueca de desagrado.
—Solo lo necesario.
Ian tomó asiento frente a él.
—Entonces supongo que al menos le dirás que regresarás a la mansión.
Damián levantó ligeramente la mirada.
—Siempre regreso a la mansión durante las vacaciones.
—Lo sé.
Ian se quedó pensativo durante unos segundos.
—Esta vez yo iré contigo.
Damián frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—La escuela será remodelada durante las vacaciones. No podremos quedarnos aquí y no quiero regresar al Sur.
Damián guardó silencio.
Ian continuó hablando con tranquilidad.
—Prefiero ir contigo al Norte. Además, ya me has hablado bastante de la mansión y quiero conocerla.
Damián lo observó durante unos segundos.
—Haz lo que quieras.
Ian sonrió.
—Entonces está decidido.
Damián volvió a mirar la carta.
—Le responderé que iré acompañado.
—¿Nada más?
—Eso es lo que preguntó.
Ian soltó una pequeña risa.
—Definitivamente eres tú.
Damián ignoró el comentario y tomó una pluma.
No pensaba contarle a Elizabeth que Ian era su mejor amigo, ni explicarle por qué viajaría con él. Tampoco iba a agradecerle el dinero ni responder a las preguntas personales que consideraba innecesarias.
Escribió únicamente una respuesta breve.
Regresaré a la mansión durante las vacaciones. Esta vez viajaré acompañado.
Eso era todo.
No había saludos afectuosos ni explicaciones.
Damián no confiaba en Elizabeth y no pensaba hacerlo solamente porque ella le hubiera enviado unas cuantas cartas o dinero. Para él, la confianza era algo que se construía durante mucho tiempo, y una persona que acababa de aparecer en su vida tendría que demostrarle durante meses que sus intenciones eran realmente buenas.
Ian observó la carta.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Podrías ser un poco más amable.
Damián lo miró con absoluta seriedad.
—No la conozco.
Ian suspiró.
—Eso no va a cambiar cuando la conozcas.
—Lo sé.
Damián terminó de doblar la carta.
Su desconfianza hacia Elizabeth no desaparecería después de conocerla.
Aunque ella se comportara bien con él, aunque cuidara de Bastian y aunque jamás hiciera nada para perjudicarlo, Damián seguiría observándola con cautela durante mucho tiempo.
No sería cuestión de días.
Probablemente tampoco de semanas.
Tendrían que pasar muchos meses antes de que comenzara siquiera a considerar la posibilidad de confiar en ella, porque Damián no era un niño que entregara fácilmente su confianza.
Y Elizabeth todavía era una completa desconocida.
Para él, eso era suficiente.
—La enviaré mañana —dijo finalmente.
Ian asintió.
—Bien.
Damián dejó la carta sobre el escritorio y volvió a sus libros como si el asunto hubiera terminado.
Sin embargo, en el fondo sabía que dentro de quince días algo cambiaría.
Regresaría a la mansión como todos los años.
Solo que esta vez no lo haría solo.
Ian viajaría con él.
Y por primera vez tendría que conocer personalmente a la mujer que había decidido entrar en la vida de su familia.
Damián no sabía qué encontraría.
Pero tenía algo completamente claro.
No confiaría en ella.
Así me los imagino
Ian
Damian