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El precio de desafiar al heredero

El precio de desafiar al heredero

Status: Terminada
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.

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Capítulo 24

Las preguntas la persiguieron durante días.

Emilia se despertaba a las tres de la mañana con la voz de Don Alberto rebotando en las paredes del cráneo — "tu madre era la persona más valiente que conocí" — y se quedaba mirando el techo del cuarto hasta que la luz del amanecer le devolvía los contornos al mundo. Durante el día, las palabras de Lorena la interceptaban sin aviso — en medio de una clase en la ANBA, en la cocina mientras Doña Rosa pelaba chayotes, en la ducha con el agua caliente cayéndole en la espalda. "Escuché que tu mamá también sufrió mucho antes de morir."

Intentó investigar por su cuenta. Buscó en internet: "Mariana Solís Velasco." Nada. "Mariana Solís muerte." Nada que correspondiera. Revisó los álbumes de fotos de la residencia Velasco — los que estaban en el estudio del abuelo, los que Inés guardaba en un armario del pasillo — y encontró un vacío sistemático. Había fotos de Emilia a los seis, siete, ocho años. No había fotos de antes. Ni una. Como si su vida hubiera empezado a los seis.

Le preguntó a Tomás. Tomás dijo: "No es el momento, Emilia." Le preguntó a Nicolás. Nicolás dijo: "Pregúntale a papá." Le llamó a Fernando. Fernando no contestó. Le marcó tres veces más. Fernando seguía sin contestar.

La cuarta noche de insomnio, Emilia salió de su habitación a las dos de la mañana y fue al estudio de Sebastián. Él estaba despierto — por supuesto que estaba despierto, porque Sebastián dormía menos que un búho y probablemente la había escuchado caminar por el pasillo todas las noches de esa semana sin decir nada, esperando a que ella viniera a él.

—¿Qué le pasó a mi mamá? —dijo desde la puerta.

Sebastián levantó la vista de la laptop. La luz de la pantalla le iluminaba la cara de azul. La miró un momento largo — evaluándola, no con frialdad sino con la cautela de un médico que necesita decidir si el paciente puede soportar la cirugía.

—Siéntate —dijo.

Emilia se sentó en el sillón del estudio. Las piernas le temblaban. Sebastián cerró la laptop, se levantó del escritorio y se sentó frente a ella. Le tomó las manos. Las de ella estaban frías. Las de él, calientes como siempre.

—Dime la verdad —dijo Emilia—. Sé que la sabes. Todos la saben menos yo.

Sebastián la miró. La mandíbula se le apretó — no de ira, sino de algo que se parecía al dolor. Como si lo que estaba a punto de decir le costara más que cualquier contrato o negociación de su vida.

—Hay cosas que tu familia decidió ocultarte para protegerte —dijo—. Pero tienes derecho a saber.

Respiró. Una pausa. Emilia apretó sus manos.

—Tu madre no murió de una enfermedad. Eso fue lo que le dijeron a la familia, lo que se le dijo a la prensa, lo que se convirtió en la versión oficial. Pero la verdad es diferente.

Emilia no dijo nada. El silencio del estudio era tan denso que podía escuchar el reloj de pared — el mismo reloj de nogal que marcaba las horas con un tic que ella había aprendido a ignorar y que ahora sonaba como un martillo.

—Tu padre, Fernando, antes de dedicarse a la política y los negocios, fue agente antinarcóticos. Trabajó en la frontera. En Ciudad Juárez. Era uno de los mejores — desmanteló tres células del cartel de los Hernández entre 2007 y 2009. Hizo enemigos que no perdonan.

Sebastián hablaba despacio. Cada frase era medida, precisa, como si las hubiera ensayado o como si las estuviera traduciendo de un idioma más oscuro que el español.

—En 2010, como represalia por una operación que decomisó dos toneladas de cocaína en la frontera, el cartel secuestró a tu madre.

El aire se le detuvo en la garganta. Emilia abrió la boca. No salió nada.

—La tuvieron dos meses. —La voz de Sebastián bajó un registro—. Durante ese tiempo, la forzaron a consumir drogas. Metanfetaminas, primero. Después heroína. Hasta que la adicción se instaló como una segunda naturaleza.

Emilia escuchaba las palabras pero no las procesaba. Las oía como se oye un idioma extranjero — reconocía los sonidos pero el significado tardaba en llegar, como si viajara por un cable muy largo y le llegara con retraso.

—Fernando pagó un rescate. La liberaron. Pero Mariana ya no era la misma persona. —Sebastián le apretó las manos—. La adicción era irreversible. La trataron en clínicas, en hospitales, en centros de rehabilitación en tres estados. Nada funcionó. La mujer que volvió no se reconocía en el espejo.

Emilia sentía las manos de Sebastián como lo único sólido en un mundo que se estaba deshaciendo. Todo lo demás — el sillón, el estudio, las paredes, el reloj — se volvía líquido, inestable, como un sueño del que no puede despertar.

—Un día, cuando tú tenías cuatro años, Mariana tuvo un momento de lucidez. —La voz de Sebastián se quebró. No mucho. Solo una grieta mínima en la última sílaba, como una fisura en un muro de concreto—. Un momento en que se vio con claridad y entendió lo que se había convertido. Y decidió que no iba a ser una carga para su hija.

—No —susurró Emilia.

—Se quitó la vida —dijo Sebastián. Las palabras le salieron como piedras—. En su habitación. Con unas tijeras.

El mundo dejó de girar. Emilia lo miraba pero ya no lo veía — sus ojos estaban abiertos pero la mirada se había ido a otro lado, a un lugar interior donde las palabras caían como gotas en un pozo sin fondo. Tijeras. Su madre. Cuatro años. Una niña de cuatro años.

—Tú la encontraste —dijo Sebastián, y la voz ya no era acero ni control ni ninguna de las cosas que ella asociaba con él. Era la voz de un hombre que le estaba rompiendo el corazón a la persona que más amaba y no podía evitarlo—. Tenías cuatro años. Entraste a la habitación y la encontraste.

Emilia no lloró. No gritó. No se movió.

Se quedó sentada en el sillón con las manos de Sebastián entre las suyas y los ojos completamente vacíos. Como una casa con las luces apagadas. Como una pantalla sin señal. La información había entrado pero el sistema se había apagado para protegerse — el mismo mecanismo que a los cuatro años le había borrado los recuerdos y que ahora, a los diecinueve, le apagaba las emociones como un interruptor.

—El trauma fue tan severo que tu cerebro bloqueó todo —dijo Sebastián, más suave—. Los recuerdos de antes de los cinco años. Por eso no recuerdas tu infancia. Por eso no me recuerdas a mí de niño. Tu mente se protegió.

Emilia parpadeó. Una vez. Dos. Los ojos seguían secos.

—Mi papá sabe —dijo. No era una pregunta. La voz le salió plana, sin inflexión, como si viniera de otra persona.

—Tu padre lo sabe. Tomás lo sabe. Don Alberto lo sabía. Mi abuelo lo sabe. —Pausa—. Yo lo supe cuando mi abuelo me lo contó, poco después de que se formalizó el compromiso.

—Todos sabían. Menos yo.

—Para protegerte.

—¿Protegerme? —La primera emoción le cruzó la cara — no ira, no tristeza, sino algo más frío. Incredulidad—. ¿Protegerme de qué? ¿De saber que mi mamá se mató? ¿De saber que la secuestraron por culpa de mi papá? ¿De saber que yo la encontré con unas—

Se detuvo. La palabra no salió. Se quedó trabada en algún punto entre la garganta y los labios, como una astilla de madera que no puede extraerse sin abrir la herida.

Sebastián se movió. Se sentó junto a ella en el sillón. Le rodeó los hombros con un brazo, la jaló contra su pecho y la sostuvo con la otra mano en la nuca — los dedos enredados en su pelo, la palma caliente contra su cráneo, manteniéndola unida cuando todo adentro se estaba fragmentando.

—Estoy aquí —dijo—. No te voy a soltar.

Emilia no lloró. El llanto vendría después — en días, en semanas, en oleadas que la tomarían por sorpresa en la regadera, en el taller, en medio de la noche. Pero ahora no. Ahora estaba en shock, flotando en un espacio sin gravedad donde las palabras "tu madre se quitó la vida" giraban como un satélite alrededor de su cabeza sin aterrizar.

Se quedó contra el pecho de Sebastián durante horas. No habló. No se movió. Solo respiró — inhalaciones largas y temblorosas que le salían del cuerpo como si cada una le costara un esfuerzo enorme. Sebastián tampoco habló. La sostuvo con la paciencia de alguien que sabe que no hay nada que decir, que las palabras son inútiles contra un dolor de esta magnitud, que lo único que puede hacer es estar ahí — sólido, caliente, inamovible — mientras ella se desarmaba y se volvía a armar.

A las cinco de la mañana, Emilia dijo:

—¿Por qué me lo contaste?

—Porque me lo pediste.

—¿Y si no te lo hubiera pedido?

Sebastián guardó silencio un momento. Le acarició el pelo con movimientos lentos, repetitivos, como se acaricia a un animal asustado.

—Te lo habría dicho de todas formas —dijo—. Tarde o temprano. Porque la primera regla es no mentir. Y callarse la verdad es otra forma de mentira.

Emilia cerró los ojos. La primera regla. No mentir. El hombre que le exigía honestidad absoluta era el mismo que la había mantenido honesta consigo misma — incluso cuando la honestidad era un cuchillo.

Se apretó contra él. El olor a cedro le llenó los pulmones y por un momento — breve, frágil, insostenible — el mundo dejó de desmoronarse.

Afuera, el amanecer teñía la ciudad de gris. En algún lugar de la residencia Velasco, Fernando Velasco miraba su teléfono con cuatro llamadas perdidas de su hija y sabía, con la certeza de un hombre que ha vivido demasiados años con un secreto, que el tiempo de las mentiras se había acabado.

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Mirta Bernaccki
no entiendo bien. ambos padres decidieron por ellos a casarlos y de pronto están viviendo en el mismo techo, q paso con Beatriz y Patricia? media descabellada está novela. leo un poco más pero creo q la corto. no entiendo está trama rara
Gladys Medina
me disculpan pero no entiendo porque tiene que pegarle como si fuera una niña y el su papá, me lo podría alguien explicar por favor
Gladys Medina
que me disculpe la escritora pero todavía no entiendo la novela ni la actitud de Emilia no se la leo pero sigo en las nebulosas, hay cosas que no me cuadran, logico, no escribe solo para mi pero no sé
Gladys Medina
no entiendo, porque se fue a vivir con el, no se han casado, que paso quede en las nebulosas sinceramente, me salte alguna hoja, Dios
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