Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 3 : Las cosas que no deberían existir
Hay una diferencia enorme entre perder la memoria y perder la confianza. La primera no puedo evitarla; la segunda empieza a convertirse en una decisión. No conozco a nadie en este lugar. No recuerdo quién era. No sé cuánto tiempo llevo muerta. Y, aun así, ya puedo asegurar una cosa.
Aquí todo el mundo oculta algo.
Lo noto en las miradas, en las conversaciones que se interrumpen cuando paso cerca. En la forma en que Seraphine responde exactamente lo necesario para mantenerme tranquila, pero nunca lo suficiente para saciar mi curiosidad. Y eso me desespera. Mucho.
—¿Siempre caminas tan rápido?
Ella sigue avanzando sin girarse.
—Sí.
—¿Y siempre respondes con una sola palabra?
—Casi siempre.
—Debe de ser agotador conversar contigo.
No responde.
Suelto un suspiro.
—Gracias por demostrar mi punto.
Por un instante creo escuchar una risa baja. No proviene de Seraphine, sino de algún lugar detrás de nosotros.
Me detengo y recorro el sendero con la mirada. A ambos lados solo hay árboles blancos, cuyas hojas se balancean con una calma antinatural. No hay nadie.
Frunzo el ceño.
—¿Escuchaste eso?
Seraphine sigue caminando.
—¿El qué?
—Una risa.
No se gira. Ni siquiera reduce el paso.
—El Purgatorio guarda muchos ecos.
La observo unos segundos antes de volver la vista hacia el bosque. no estoy convencida.
Aquello no sonó como un eco.
Sonó como la risa de alguien que nos observaba desde algún lugar... y que encontraba mi desconcierto extrañamente divertido.
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Las horas transcurren entre jardines, senderos y edificios construidos con una piedra tan clara que parece absorber la luz. Poco a poco empiezo a comprender que este lugar funciona casi como una ciudad.
Hay bibliotecas, salones donde las almas estudian, mercados silenciosos en los que intercambian objetos cuyo propósito no alcanzo a entender y templos; muchísimos templos, todos dedicados a nombres que no recuerdo.
Lo más curioso es que nadie parece tener prisa. Caminan con una serenidad que resulta inquietante, como si el tiempo hubiera dejado de importarles hace siglos. Quizá aquí realmente dejó de hacerlo.
Me detengo frente a un enorme árbol de tronco plateado. Sus raíces emergen de la tierra y se entrelazan formando figuras que parecen abrazarse unas a otras. Extiendo una mano y, en cuanto mis dedos rozan la corteza, el mundo desaparece.
Estoy corriendo. No… estoy huyendo. El aire me quema los pulmones y el humo me dificulta respirar. Hay fuego por todas partes. Alguien grita, pero no logro distinguir las palabras; solo percibo el dolor, el miedo y la desesperación.
Entonces una mano atrapa la mía. Es una mano grande, fuerte y cálida que me obliga a seguir avanzando mientras una voz, firme y urgente, rompe el caos.
—No mires atrás
La voz masculina suena tan cerca que siento su aliento rozándome el oído. Intento obedecer, de verdad lo intento, pero hay algo más fuerte que el miedo empujándome a mirar. Giro la cabeza y lo único que alcanzo a ver son alas. Miles de plumas negras cubren el cielo. Después llega la sangre. Demasiada sangre. La imagen apenas dura un instante antes de deshacerse frente a mis ojos.
Retrocedo con un jadeo y mis piernas dejan de responder. Caigo sobre la hierba mientras me llevo una mano al pecho, intentando contener los latidos desbocados de mi corazón.
—¿Nirvana?
Levanto la vista y encuentro a Seraphine frente a mí. Su expresión conserva la serenidad de siempre, aunque percibo una tensión casi imperceptible en su mirada.
—¿Qué ocurrió?
Quiero responderle, pero las palabras se quedan atrapadas en mi garganta. Ni siquiera estoy segura de que aquello haya ocurrido realmente.
—Creo... creo haber recordado algo.
Seraphine se arrodilla sin apartar los ojos de mí.
—¿Qué viste?
Cierro los ojos e intento recuperar la imagen, pero ya se ha desvanecido. Solo quedan el calor, el miedo y la certeza, tan absurda como inexplicable, de que aquella mano nunca me soltó.
—No lo sé.
La mentira pesa apenas abandona mis labios. Sí lo sé. Recuerdo una voz y, por alguna razón que no comprendo, siento que si la describo en voz alta ocurrirá algo terrible.
El resto del recorrido transcurre en un silencio incómodo. Ninguna de las dos vuelve a hablar. Yo sigo intentando reconstruir aquel recuerdo y Seraphine parece comprender que insistir no servirá de nada.
Cuando regresamos a mi habitación, se detiene frente a la puerta antes de marcharse.
—Mañana comenzarás las lecciones sobre la historia de los Siete Reinos.
—¿Hay examen?
Me observa durante unos segundos, como si intentara averiguar si hablo en serio.
—No.
—Qué alivio. Morirme para seguir estudiando habría sido una tragedia.
Una sonrisa fugaz curva sus labios antes de desaparecer tan rápido como llegó.
—Descansa, Nirvana.
La puerta se cierra a su espalda y vuelvo a quedarme sola.
Me dejo caer sobre la cama, pero sé que dormir será imposible. No después de lo que acabo de recordar.
Levanto la vista hacia la mesa y descubro que la flor blanca sigue donde la dejé. Solo que ahora ya no está sola.
Mi respiración se corta.
Hay una segunda flor. Luego una tercera. Una cuarta. Todas descansan perfectamente acomodadas sobre la mesa.
Esta mañana solo había una.
Me pongo de pie de inmediato y recorro la habitación con la mirada. La puerta continúa cerrada. La ventana permanece sellada. No hay nadie.
No hay forma de que alguien haya entrado.
Entonces lo veo.
Entre los pétalos asoma un pequeño papel doblado.
Mis dedos tiemblan al recogerlo. Lo despliego con cuidado.
Solo hay una línea.
"Sigues sonriendo cuando haces bromas para ocultar que tienes miedo."
Un escalofrío me recorre la espalda.
Porque eso es exactamente lo que llevo haciendo desde que desperté.
Y jamás se lo he dicho a nadie.