Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.
NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 15: La Verdad del Origen
La resaca del Baile de la Luna de Sangre se disipó con la misma rapidez con la que el viento de la montaña barría la bruma de los ventanales. El Gran Salón, que horas antes había sido el escenario de la rendición de la aristocracia vampírica, descansaba en un silencio reverencial. La Corte se había retirado a sus dominios, dejando a la fortaleza sumida en una calma densa, casi sepulcral.
Elena se encontraba en la biblioteca privada del rey, una estancia monumental de tres niveles conectada por escaleras de caracol de hierro forjado, donde el aroma a pergamino antiguo, cuero y madera de cedro envolvía el ambiente. Vestía una túnica de seda holgada de color marfil que caía en pliegues suaves sobre la riqueza de sus caderas, libre de la rigidez de los corsés de la noche anterior.
Alistair permanecía junto a un escritorio de caoba centenario, observando una esfera armilar de bronce. Aunque vestía una simple camisa blanca de lino desabotonada en el cuello y pantalones oscuros, la tensión en la línea de sus hombros delataba que la paz de la jornada era solo una ilusión.
Elena caminó hacia él, haciendo crujir suavemente la madera del suelo.
—El palacio parece otro sin la Corte, Alistair —dijo ella, acercándose por la espalda para posar sus manos sobre los hombros firmes del monarca—. Has marcado tu territorio de una forma que la aristocracia tardará siglos en olvidar.
Alistair no se giró de inmediato. Permaneció inmóvil bajo el toque de Elena, dejando escapar un suspiro denso que hizo oscilar la llama de los candelabros más cercanos.
—La Corte no me preocupa, Elena —respondió el rey, su voz bajando a un registro grave, casi sombrío—. Los nobles se doblegan ante la fuerza. Pero hay una verdad que no se puede doblegar con espadas ni con coronas... Una verdad que ha estado esperando el momento adecuado para ser revelada.
Elena fruncio el ceño levemente. La calidez que solía fluir en los ojos del vampiro había sido sustituida por una mirada distante, cargada del peso de una revelación largamente contenida.
—Prometiste que iríamos deshojando el libro de nuestro pasado juntos —recordó la joven, rodeando el escritorio para quedar frente a él—. Me dijiste en la galería que había fragmentos de nuestra historia que aún no entendía. ¿De qué se trata, Alistair?
El peso del secreto milenario
Alistair la miró a los ojos. Sus pupilas ámbar parecieron oscurecerse, concentrando una intensidad que hizo que el aire en la biblioteca se volviera sutilmente más frío.
—Te hablé de la leyenda del tuo cantante —comenzó el rey, dando un paso lento hacia el ventanal que dominaba el abismo helado—. Te dije que cuando tu alma regresó a este mundo hace veintidós años, el fuego en mi sangre volvió a encenderse. Pero no te conté cómo lo supe. No te dije cómo reconocí la frecuencia de tu alma.
Elena mantuvo la postura erguida, apoyando una mano sobre el borde del escritorio de caoba.
—Dijiste que sentiste el cambio en el aire cuando nací...
—No, Elena —interrumpió Alistair, girándose bruscamente hacia ella con una expresión de dolor contenida en su rostro esculpido—. No fue cuando naciste. La conexión entre nuestras almas es un vínculo ancestral, una profecía inscrita en el linaje de la Noche desde el principio de los tiempos. Sabía de ti mucho antes de que dieras tu primer suspiro en este mundo.
El silencio que siguió a sus palabras fue sofocante. Elena parpadeó, intentando procesar el significado exacto de la frase.
—¿Mucho antes? —susurró ella, sintiendo una punzada de desconcierto en el pecho.
Alistair cerró la distancia que los separaba, deteniéndose a solo centímetros de su cuerpo. Elevó la mano, rozando con la yema del pulgar la mejilla sonrosada de la joven, pero su toque carecía esta vez del afán seductor de la noche anterior; era el toque de un hombre que confesaba un pecado.
—Sé de ti desde que estabas en el vientre de tu madre —confesó el Gran Monarca.
La frase cayó en la estancia con la violencia de un golpe físico.
La confesión del destino
Elena dio un paso atrás por instinto, rompiendo el contacto de sus dedos. Sus ojos avellana se agrandaron por el impacto de la revelación.
—¿Qué... qué estás diciendo? —preguntó, la voz temblándole por primera vez desde que había pisado el Palacio de las Sombras.
—Los astrólogos inmortales y la antigua magia de mi linaje no responden al tiempo humano —explicó Alistair, manteniendo los brazos pegados a los costados para no abrumarla—. Veintidós años atrás, cuando tu madre apenas llevaba tres meses de gestación, una convulsión mística recorrió los cimientos de esta montaña. El pulso de tu corazón nonato resonó en los altares de este palacio.
Alistair apretó los puños, la mirada llena de una mezcla de devoción y culpa.
—Fui hasta la ciudad en secreto —continuó el monarca—. Velé la casa de tus padres en la penumbra de la noche. Observé el crecimiento del vientre de tu madre a través de los ventanales. Escuché el segundo pulso de tu corazón combinándose con el de ella. Supe el día exacto en que nacerías, el nombre que te darían y la forma en que la arquitectura de tu cuerpo se desarrollaría para albergar el alma que me estaba destinada desde hacía ochocientos años.
Elena sintió que el suelo de la biblioteca se inclinaba bajo sus pies.
La imagen mental de una criatura milenaria, un rey vampiro poderoso e imponente, observando la ventana de la casa de su infancia mientras ella no era más que un embrión en el vientre de su madre, provocó un cortocircuito en su mente de historiadora. Toda la autonomía que creía haber tenido en su vida, sus decisiones académicas, sus gustos, su llegada a los archivos del museo... de pronto todo parecía desdibujarse bajo la sombra de un plano diseñado siglos antes de su existencia.
—Tú... me estabas vigilando —murmuró Elena, llevándose la mano al pecho mientras intentaba tomar aire—. Todo este tiempo... ¿Mi vida no ha sido más que una cuenta regresiva para ti?
—¡No de esa manera! —exclamó Alistair, dando un paso desesperado hacia ella—. No como un depredador acechando a una presa, Elena. Jamás intervine en tu crecimiento. Jamás permití que mi presencia alterara tu libre albedrío ni la paz de tu familia. Me mantuve en las sombras, sufriendo la agonía de ver cómo crecías sin poder tocarte, esperando a que alcanzaras la madurez y tu propio camino te trajera hacia mí de forma natural.
El abismo de la duda
—¿De forma natural? —Elena dejó escapar una risa amarga, un sonido cargado de la conmoción que la dominaba—. ¿Cómo puedes llamar «natural» a un destino trazado antes de que yo tuviera conciencia? ¿Cómo puedo saber si lo que siento por ti... la atracción, esta pasión que me consume, es mi propia voluntad o simplemente la reacción química de una profecía a la que fui encadenada antes de nacer?
Alistair se quedó paralizado ante la pregunta. La frialdad de la verdad golpeaba la esencia misma del orgullo del vampiro.
Elena caminó hacia el ventanal, abrazándose a sí misma sobre la seda marfil. Su cuerpo voluptuoso, que la noche anterior se había entregado con un orgullo soberano al reclamo de Alistair, temblaba ahora bajo el peso de sentirse abrumada.
Toda su vida se había considerado una mujer independiente, dueña de sus decisiones y de su intelecto. La noción de que su existencia entera había sido objeto de un seguimiento silencioso desde el vientre materno modificaba la percepción de su propia identidad.
—Me mirabas cuando ni siquiera tenía rostro —susurró Elena, mirando la nieve que caía sobre los abismos de la montaña—. Sabías el color de mis ojos antes de que los abriera. Sabías la forma que tendría mi cuerpo... Me siento... desnuda, Alistair. Pero no del modo en que me desnudaste en tu lecho. Me siento despojada de mi propio pasado.
Alistair se aproximó lentamente, deteniéndose a una distancia prudencial detrás de ella. Su rostro, habitualmente sereno y dominante, mostraba los trazos de un sufrimiento devastador.
—Elena... el vínculo de las almas no es una cadena —dijo el rey en un susurro desesperado—. La profecía solo señalaba la existencia de tu alma. Tu mente, tu carácter, la fuerza con la que te enfrentaste a Lord Malakor en el Gran Salón... eso no estaba escrito en ningún altar. Eso es tuyo. Es la mujer en la que te convertiste por tu propia voluntad.
—Pero tú estabas ahí —insistió ella, girándose para encararlo con lágrimas de conmoción en sus ojos avellana—. ¿Entiendes lo abrumador que es descubrir que la persona que amas ha estado observando tu origen desde la oscuridad? Me hace dudar de todo. Me hace dudar de si la atracción que me venció fue mi elección o si solo estaba siguiendo un libreto milenario que tú ya conocías de memoria.
La distancia de los inmortales
Alistair bajó la mirada por primera vez en siglos. La soberanía intocable del Gran Monarca de la Noche se desmoronaba ante la duda de la única mujer cuya opinión le importaba.
—Si crees que te he manipulado... si sientes que la sombra de mi presencia en tu pasado arruina lo que hemos construido —dijo Alistair, la voz cortada por un dolor abismal—, mi juramento ante la galería sigue en pie. Tu voluntad es mi mandato, Elena. Si necesitas alejarte de mí, si necesitas tiempo para asimilar la monstruosidad de mi secreto... no me opondré.
Elena contempló al rey vampiro. La imponente criatura que había aterrorizado a la Corte de la Noche se mostraba vulnerado, ofreciéndole la libertad de marcharse a pesar de que la separación significaba para él volver a la frialdad de su eternidad vacía.
El dolor en la mirada de Alistair era real. No había engaño en sus ojos ámbar, solo la confesión desgarradora de un ser que había guardado un secreto sagrado por amor y que ahora temía perderlo todo por la magnitud de su propia naturaleza.
Elena respiró profundamente, sintiendo la agitación de su pecho bajo la seda marfil. La revelación la superaba; la idea de haber sido destinada desde el vientre materno era una montaña difícil de escalar para su mente de historiadora.
—Necesito pensar, Alistair —dijo Elena con firmeza, aunque su voz aún guardaba un rastro de vulnerabilidad—. Necesito espacio para entender dónde termina la profecía y dónde empiezo yo.
Alistair inclinó la cabeza en una reverencia profunda y dolorosa.
—Tus aposentos privados han sido preparados en la torre este —respondió el rey sin mirarla a los ojos—. Nadie te molestará. El palacio entero estará a tu servicio, pero yo no me acercaré hasta que tú misma me me llames.
Elena pasó a su lado con paso lento, rozando apenas la tela de la camisa del monarca. Al abandonar la biblioteca, la pesada puerta de caoba se cerró tras ella, dejando a Alistair solo en la penumbra de su secreto, mientras Elena se adentraba en los pasillos del Palacio de las Sombras para enfrentarse a la verdad de su propio origen.