Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.
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Capítulo 14: Los Acordes de la Vida
La luz de la tarde caía en láminas doradas y polvorientas sobre el parqué del gran salón de baile, un espacio que durante casi una década había servido únicamente como almacén de muebles cubiertos con sábanas blancas y silencios acumulados. Sin embargo, esa tarde el aire de la Mansión Blackwood vibraba con una energía completamente diferente. Las colosales ventanas arqueadas, despojadas por fin de sus pesados sudarios de terciopelo gris, permanecían abiertas de par en par, permitiendo que la brisa tibia del verano arrastrara el aroma de los pinos y las rosas salvajes del jardín hacia el interior.
Caitlyn se movía por el salón con la ligereza de un torbellino que se niega a ser contenido. Había pasado la mañana entera limpiando el polvo de los espejos venecianos y, tras asegurarse de que la pequeña Diana dormía su siesta en la planta superior, decidió que era momento de devolverle a esa casa algo que había perdido hacía demasiado tiempo: la música.
Encontró el viejo aparato en un rincón de la biblioteca: un tocadiscos de mueble de caoba con una imponente bocina de bronce pulido que imitaba la forma de una flor de loto. Con cuidado, Caitlyn había limpiado el mecanismo, aceitado la manivela y seleccionado uno de los pesados discos de pizarra que descansaban en el compartimento inferior. Al girar la palanca y posar la aguja de zafiro sobre los surcos, un crujido cálido y familiar llenó el espacio, dando paso a los acordes melódicos y profundos de un vals lento, interpretado por una orquesta de cuerdas que parecía revivir el esplendor de los antiguos días de gloria de la provincia.
Contagiada por el ritmo pausado y dulzón de los violines, Caitlyn comenzó a bailar sola en medio del salón vacío. Vestía un traje de diario de algodón fino en un tono lavanda que abrazaba sus formas voluptuosas y maduras con una naturalidad hermosa. Al no estar prisionera de los corsés rígidos de la etiqueta urbana, su silueta curvy se manifestaba en toda su plenitud carnal y sensual. Su busto firme y generoso se elevaba al ritmo de su respiración contenta, su cintura bien definida marcaba con nitidez el nacimiento de unas caderas amplias, seguras y rotundas, y sus piernas fuertes daban a sus pasos una base majestuosa y firme.
Llevaba el cabello oscuro suelto, y con cada giro lento que daba sobre el suelo pulido, la abundancia de sus rizos espesos bailaba sobre sus hombros y su espalda, enmarcando un rostro que desbordaba una vitalidad contagiosa. Sus ojos oscuros estaban cerrados, una media sonrisa carnosa dibujaba hoyuelos en sus mejillas pecosas y sus manos largas se movían en el aire, sosteniendo una pareja invisible en medio de la luz dorada.
Desde el umbral de la doble puerta de caoba, Alexander la observaba.
Había sido atraído desde el ala oeste por el eco desconocido de la música, pero lo que encontró lo dejó sin aliento, encadenado al suelo. El joven heredero lucía un aspecto notablemente más recuperado: la barba castaña, aunque todavía crecida, estaba cuidadosamente recortada, y su cabello rebelde ya no caía con abandono sobre sus ojos azul grisáceo. Vestía una camisa de lino blanco limpia con las mangas ligeramente remangadas y unos pantalones oscuros que acentuaban su contextura física, imponente y colosal.
Alexander contemplaba a Caitlyn con una fascinación descarnada, nítida y netamente masculina. Sus ojos claros, despojados de la amargura salvaje de la Bestia, recorrían cada línea, cada relieve y cada balanceo de las curvas generosas de la hermosa mujer. Admiraba la seguridad con la que ella portaba su fisonomía rotunda, la gracia con la que sus caderas anchas dictaban el compás del vals y la pureza de la alegría que emanaba de su piel tostada. El corazón de Alexander, que había aprendido a latir de nuevo gracias a ella, golpeaba contra sus costillas con una fuerza abrumadora. Ya no era solo empatía o agradecimiento; era un hambre sorda, un deseo profundo de enraizarse a la vida que ella desbordaba.
Arrastrado por una fuerza magnética e invisible, Alexander abandonó las sombras del umbral. Sus botas pesadas avanzaron sobre el parqué con un paso lento y decidido, cortando la luz dorada del salón.
Al sentir la proximidad de su presencia física y el aroma a leña y tabaco rubio que lo caracterizaba, Caitlyn abrió los ojos despacio. No se asustó ni detuvo su marcha; simplemente detuvo su giro y lo esperó en el centro del salón, manteniendo su mirada viva fija en la de él con una valentía inquebrantable.
Alexander se detuvo a escasos centímetros de su cuerpo. La diferencia de estaturas era majestuosa; él la duplicaba en envergadura, envolviéndola con su sola cercanía, pero ella sostenía la postura con la firmeza de un roble. Durante un segundo que pareció eterno, los violines continuaron desgranando sus notas melancólicas en el aire tibio.
Sin pronunciar una sola palabra, Alexander levantó su mano grande, de dedos largos y nudillos firmes. Con una lentitud casi reverente, extendió el brazo y deslizó la palma de su mano directamente sobre la cintura de Caitlyn.
El impacto físico del contacto los hizo contener el aliento a ambos. La mano tosca y cálida de Alexander se amoldó con una precisión milimétrica a la curva generosa de la cadera de ella, sintiendo a través del percal lavanda el calor biológico y la firmeza de su carne. Caitlyn, por su parte, apoyó su mano izquierda sobre el hombro ancho y musculoso del aristócrata, mientras su mano derecha era envuelta por los dedos largos de él en un agarre seguro y protector.
—Bailé conmigo, Caitlyn —susurró Alexander, y su voz, aunque todavía arrastraba la aspereza de sus años de silencio, sonó rica, redonda y cargada de una ternura que hizo temblar el aire.
—Pensé que las bestias no sabían bailar, señor Blackwood —replicó ella en un susurro travieso y nítido, y sus ojos oscuros brillaron con una audacia ardiente mientras sus labios carnosos se entreabrían.
—Esta bestia está aprendiendo a vivir de nuevo gracias a ti —respondió él, mirándola con una fijeza tan magnética y profunda que barrió con cualquier rastro de burla.
Alexander inició el paso. El vals, que antes había sido un juego solitario, se transformó en una coreografía de voluntades que se entregaban la una a la otra. Se movían con lentitud, dejándose arrastrar por el vaivén pausado de las cuerdas del viejo tocadiscos. El peso rotundo, sensual y generoso del cuerpo curvy de Caitlyn se amoldaba con una sincronía perfecta contra la anatomía firme y colosal de Alexander. Con cada paso atrás y cada giro sutil, el busto pleno de ella rozaba el lino de la camisa blanca de él, y la redondez de sus caderas anchas se presionaba con suavidad contra los muslos fuertes del príncipe.
Bailaban bajo el baño de la luz dorada del atardecer, que hacía que el polvo flotante en el aire pareciera una lluvia de diamantes diminutos a su alrededor. Los espejos venecianos multiplicaban la estampa: la hermosa mujer de formas rotundas y el hombre imponente que regresaba de los muertos, unidos en un abrazo que desafiaba la decadencia del castillo.
La tensión sensual que se había encendido en la biblioteca y en el jardín bajo la lluvia se volvió densa, casi palpable. El aroma del momento era una mezcla embriagadora: el perfume frutal y dulce de la piel pecosa de Caitlyn, a manzanas y vainilla, envolvía los sentidos de Alexander, borrando por completo cualquier rastro del pasado gris. La respiración de ambos se volvió agitada, no por el esfuerzo del baile, sino por la proximidad agónica de sus rostros.
Alexander descendió la mirada hacia los labios rosados de Caitlyn. Estaban tan cerca que podía sentir el calor de su aliento golpeándole la barbilla. Sus manos grandes presionaron con un poco más de firmeza la cintura de ella, acortando el último milímetro de distancia, uniendo sus pechos en un solo latido salvaje y acompasado. La Bestia se había rendido por completo a los acordes del torbellino, y en medio del salón dorado, el beso que el destino había postergado estaba a punto de sellar su redención.