Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
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Capítulo 3: La cacería del Supremo
El viento de la madrugada azotaba los muros de la fortaleza de la manada Luna Plateada, pero el frío del exterior no era nada comparado con la gélida tensión que se respiraba en el despacho del Alpha. Derek Blackwood caminaba de un lado a otro como un depredador enjaulado, ignorando por completo la presencia de los líderes locales que aguardaban en silencio reverente. Sus manos, cubiertas por guantes de cuero negro, se abrían y cerraban con violencia. En su pecho, el vacío dejado por el rechazo forzado a la sirvienta humana ya no se sentía como una cicatriz apagada; se había transformado en un vórtice de calor agónico, una brasa ardiente que tiraba de su lobo interno con una fuerza diez veces mayor que cualquier lazo de apareamiento ordinario.
—¿Cómo es posible que una humana sin aroma haya desaparecido de sus radares en menos de dos horas? —la voz de Derek resonó con una vibración de Alpha que hizo vibrar las ventanas de cristal del recinto.
—Alpha Supremo —intervino el Beta local, tragando saliva con dificultad—, nuestras patrullas fronterizas han peinado el límite sur. No hay rastro de calzado, ni sangre, ni rastro biológico. Es como si el bosque mismo se la hubiera tragado. Además... los rastreadores informan de una anomalía en el sector de los rogues.
Derek se detuvo en seco. Sus ojos grises centellearon con un peligroso destello dorado. Su lobo no quería admitirlo, pero el aullido que había lanzado minutos antes no había sido de rabia por la desobediencia de una sirvienta; había sido un grito de puro terror instintivo. En el instante en que Elena debió haber muerto en las garras de los desterrados, el lazo roto se había reconfigurado en su mente, inundando su consciencia con una oleada de poder tan colosal que lo había dejado sin aliento. Un olor a ozono, tormenta y flores de invierno había invadido su mente, borrando el recuerdo de la fragancia insípida que Elena solía tener.
—Preparen a mis guerreros de élite —ordenó Derek, ajustando las correas de su pesada armadura de campaña—. No dejaré que un error del destino camine libre por mis fronteras. Si esa mujer oculta algo, lo extraeré de sus venas yo mismo.
Mientras la maquinaria militar de la manada Sangre de Hierro se movilizaba bajo las órdenes del Supremo, la realidad a kilómetros de allí, en el corazón del Bosque de los Susurros, tomaba un rumbo místico. Elena avanzaba entre los árboles milenarios, pero ya no arrastraba los pies con la sumisión de una esclava. Cada paso que daba la Loba Celestial dejaba una huella de escarcha plateada en el suelo húmedo, un rastro luminiscente que actuaba como un grabado sagrado sobre la tierra marchita. Aquella energía argéntea no traía el frío de la muerte, sino el milagro de la restauración: al contacto con su luz, las raíces secas de los pinos cobraban vida y los pequeños arroyos congelados recuperaban su claridad cristalina.
A su lado, los tres lobos rogues que antes habían intentado devorarla marchaban ahora en una formación de guardia perfecta. Sus lomos sarnosos y heridos parecían haber recuperado parte de su firmeza bajo la influencia del aura protectora de Elena. Ya no emitían los gruñidos espasmódicos de la demencia licántropa; sus ojos amarillos, fijos en la silueta blanca y plateada que los guiaba, reflejaban una lucidez que creían perdida para siempre.
—Mi señora —susurró una voz ronca en la mente de Elena. Era el líder de los desterrados, comunicándose a través del lazo espiritual que ella, de forma inconsciente, había extendido sobre ellos—. Las patrullas del norte se acercan. El Alpha Supremo lidera la vanguardia. Sus sabuesos buscan el aroma de la humana.
Elena se detuvo junto a las ruinas de un antiguo santuario de piedra, cuyas columnas derruidas estaban sepultadas por la hiedra y el olvido. Se volvió hacia sus improvisados guardianes. El fulgor azul eléctrico de sus ojos se intensificó, reflejando la luz de la luna que parecía descender sobre ella como un manto regio.
—Que busquen a la humana —respondió Elena, y su voz mística hizo que las hojas secas del entorno bailaran en un remolino de viento helado—. Esa chica murió en el salón de su palacio, pisoteada por su orgullo. Lo que encontrarán en este bosque es la respuesta de la Diosa Luna a sus siglos de tiranía.
Elena cerró los ojos y permitió que el fuego líquido que sustituía su sangre fluyera libremente por sus canales espirituales. El dolor del rechazo de Derek mutó por completo, perdiendo su control sobre ella, convirtiéndose en el combustible de su ascensión. Su cuerpo comenzó a brillar con una luz blanca tan pura que disipó las sombras de la madrugada en un radio de cien metros. No hubo crujidos de huesos rotos ni los desgarros sangrientos que caracterizaban la transformación de los hombres lobo comunes; su metamorfosis fue un acto de gracia divina, guiado por la energía de los astros.
Cuando la luz se atenuó, una loba majestuosa de pelaje blanco inmaculado, cuyas puntas destellaban con hilos plateados que imitaban las constelaciones, se alzó sobre las ruinas. Su tamaño duplicaba el de cualquier lobo Alpha del continente, y marcas rúnicas de un azul brillante destellaban a lo largo de su columna vertebral. Su aroma explotó en el viento del norte: una fragancia a flores de invierno y magia pura que viajó kilómetros a través de la espesura.
A la entrada del desfiladero, a cinco kilómetros de distancia, los sabuesos de la manada Sangre de Hierro se detuvieron en seco, cayendo de rodillas sobre el lodo mientras gemían de pavor. Derek, quien marchaba a la cabeza del contingente de guerreros, sintió un impacto físico en el esternón que lo obligó a hincar una rodilla en la tierra húmeda. Su lobo interno rascó sus paredes mentales con desesperación, aullando de dolor y arrepentimiento ante la majestuosidad del aroma que acababa de reclamar el cielo nocturno.
—Alpha Supremo —exclamó su general de confianza, desenvainando su espada con las manos temblorosas—. ¿Qué es ese aroma? No es un rogue... esto es...
—Elena —susurró Derek, con el rostro pálido y los ojos dorados llenos de una realización aterradora que amenazaba con destruir su cordura—. Ella no es humana. Nos ha estado ocultando una divinidad.
El Alpha Supremo se puso de pie, obligando a sus músculos a resistir la presión espiritual que le exigía someterse ante su verdadera reina. La arrogancia del guerrero que gobernaba el norte luchó contra la devoción ciega que nacía en su pecho. La cacería ya no era para castigar a una fugitiva; ahora era una carrera desesperada por la supervivencia de su propio imperio, un imperio que corría el riesgo de colapsar ante la primera palabra de la Loba Celestial.