Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 20
...MÍA...
No podía respirar. Tenía la cara caliente, el ojo izquierdo me latía con una furia insoportable y el olor a desinfectante de la enfermería todavía lo sentía pegado a la garganta. Pero nada de eso dolía tanto como la traición.
Mi papá la autorizó.
Mi papá, que ni siquiera me llamó para gritarme, prefirió regalarle mi vida por tres días a la muerta de hambre de la tutora.
—Señorita Mía, por favor, avance—me susurró Ruby, tocándome la espalda con suavidad mientras subíamos las escaleras hacia mi habitación.
La aparté de un manotón brusco.
—¡No me toques, Ruby! ¡Déjame en paz! —le grité, aunque la voz se me quebró a la mitad.
Entré a mi habitación y azoté la puerta. Me arrojé sobre el edredón de seda, llorando de pura rabia.
¡Te odio, Aitana! ¡Te odio con toda mi alma!
¿Quién se creía que era? Una aparecida que venía a darme lecciones de moral cuando lo único que buscaba era ganarse la atención de mi hermano para escalar posiciones.
La había visto en la escuela, coqueteándole al profesor Quintana con el que seguro se acostaba en la universidad. Es una interesada. Todos los que no tienen dinero son unos malditos interesados que nos miran con envidia.
Escuché que la puerta de mi vestidor se abría.
Ruby empezó a sacar una maleta pequeña, metiendo jeans básicos, un par de sudaderas y mis libros de Ciencias Sociales. Ver mi ropa siendo empacada para ir a parar a un basurero me dio náuseas.
—Mía... —La puerta de mi habitación se abrió sin tocar.
Me levanté de la cama de un salto, lista para gritarle a Aitana, pero me detuve en seco.
Era Henrry.
Se veía destruido, cansado. Se paró en la mitad de mi alfombra, mirándome.
—Henrry, haz algo —le supliqué, corriendo hacia él y agarrándolo de la camisa arruinada—. No dejes que me lleve. Ese lugar debe ser horrible, me va a pasar algo, la gente de allá es peligrosa... Por favor, dile a los escoltas que no la dejen sacarme.
Henrry cerró los ojos, exhalando un suspiro largo. Me puso las manos en los hombros, pero esta vez no me abrazó. Su agarre era pesado, rígido.
—No puedo hacer nada, pulga —dijo, y su voz sonó extrañamente, gastada—. Papá le dio el control absoluto. Nos tiene acorralados.
—¡Pero es una muerta de hambre! ¡Me insultó en la enfermería, Henrry! Me dijo que yo estaba vacía —le grité, esperando que reaccionara—. ¡Dijo muchas cosas! ¡Se está burlando de nosotros en nuestra propia casa!
Me miró fijamente.
—A mí no me importa lo que esa mujer piense de mí, Mía. Lo que me importa es que diste positivo en el examen —soltó—. Me importa que te encontraran esa maldita porquería en la cartuchera. ¿Tienes idea de lo que el Pink Crown le hace a la gente? ¿Tienes idea de con qué clase de monstruos te estás metiendo para conseguir eso?
Di un paso atrás, asustada. Nunca lo había visto así de serio conmigo.
—Yo... yo no me la tomo siempre, Henrry. Solo era para los exámenes, para aguantar la presión, Angélica me dijo que...
—¡Me vale una mierda lo que te dijera Angélica! —bramó, haciéndome dar un respingo—. Te vas a ir con esa insoportable mujer. Vas a ir a su maldito barrio, vas a aguantar sus reglas y vas a pasar el peor fin de semana de tu vida. Y más te vale que en estos tres días pienses muy bien quién te entregó esas pastillas, Mía. Porque el lunes que regreses, me vas a dar ese nombre, o yo mismo me encargaré de que Augusto te mande al internado más estricto de Suiza.
Se dio la vuelta, agarró su saco y salió de la habitación sin mirar atrás, dejándome completamente sola.
Ruby terminó de cerrar la cremallera de la maleta con un sonido seco que me sonó a sentencia de muerte.
Cinco minutos después, Aitana apareció en el umbral, con su portafolio bajo el brazo y esa maldita expresión de control absoluto.
—Es hora, Mía. Camina —dijo con voz fría.
Me sequé las lágrimas con agresividad, levanté la barbilla y la miré con todo el odio que pude reunir en el cuerpo.
...…...
Yo iba pegada a la ventana derecha, viendo cómo las mansiones y los centros comerciales exclusivos de la zona alta empezaban a desaparecer, reemplazados por edificios más pequeños, talleres mecánicos y tiendas de barrio con rejas pintadas de colores llamativos.
Aitana iba adelante, en el asiento del copiloto, revisando unos papeles en su portafolios como si estuviéramos yendo a una reunión de negocios y no a mi propio funeral social.
Ruby se había quedado en la mansión, así que yo estaba completamente desamparada. Cada vez que la camioneta pasaba por un bache y se sacudía, sentía que me iba a dar algo.
El aire acondicionado del auto empezó a apagarse cuando Aitana le hizo una señal al chofer, obligándome a bajar un poco el vidrio. El olor a humo de escape, a comida frita de la calle y el ruido de las bocinas de las motocicletas me golpearon de lleno.
Es un asco. Un absoluto asco.
Finalmente, la camioneta se detuvo en una calle estrecha, frente a una casa de dos pisos con fachadas de cemento lavado y una puerta de metal negro.
Había un grupo de chicos en la esquina jugando con un balón y una señora vendiendo frutas en un puesto ambulante. Todos se quedaron mirando el vehículo de mi familia como si hubiera aterrizado un ovni.
—Llegamos —anunció Aitana, bajándose del auto con una naturalidad que me dio rabia.
El chofer me abrió la puerta y sacó mi maleta pequeña.
Cuando pisé el andén, sentí que mis tenis de diseñador se manchaban con el polvo de la acera.
Quise morirme.
—Gracias, Gonzalo. Puedes retirarte. Te llamaré el martes temprano para el regreso —le dijo Aitana al conductor.
—¿Qué? ¡Espera! ¿Se va a ir? —le grité, viendo cómo la camioneta daba marcha atrás, dejándome varada en medio de la nada.
—Se va, Mía. Te lo advertí —Aitana agarró el asa de mi maleta y me señaló la puerta con la cabeza—. Entra.
La casa por dentro era pequeña, pero extrañamente limpia. Olía a pino y a café recién hecho.
Había una sala con sillones de tela un poco gastados, un televisor viejo y un montón de estantes llenos de libros de literatura que parecían leídos mil veces. No había personal de servicio, no había pantallas gigantes. Nada.
—Vas a dormir en la habitación de huéspedes del segundo piso —me dijo Aitana, dejando mi maleta junto a la escalera—. El baño es compartido. Y antes de que subas, dame tu teléfono.
—¡¿Qué?! ¡No! ¡Estás loca! —di un paso atrás, protegiendo mi iPhone contra mi pecho—. Mi papá no te autorizó a quitarme mis cosas personales. Es mi derecho.
—Tu papá me dio autoridad absoluta sobre tu disciplina, Mía. Y estar pegada a las redes sociales quejándote con tus amigas de St. Jude's no va a ayudarte a reflexionar —Aitana extendió la mano, imperturbable, con esa mirada de estúpida que tanto me chocaba—. El teléfono. Ahora. O llamo a la directora Vance para decirle que cancelamos el trato y que proceda con la policía. Tú eliges.
Con los dedos temblando de rabia, saqué el celular y se lo estampé en la palma de la mano.
—Te odio —le siseé en la cara, conteniendo las ganas de llorar otra vez—. Eres la peor persona que he conocido en mi vida.
—Sobrevivirás —respondió ella sin inmutarse, guardando el aparato en su bolsillo—. Sube, acomoda tus cosas y bajas en diez minutos. El profesor Samuel ya me envió por correo las lecturas de Gestión de Proyectos que debiste hacer esta semana. Vas a empezar a trabajar ya.
Subí las escaleras pisando fuerte, arrastrando mi maleta. La habitación era diminuta, con una cama sencilla y un escritorio de madera. Me senté en el borde del colchón, sintiéndome completamente miserable. Estaba atrapada en un barrio de quinta, sin mi teléfono, vigilada por una mujer que al parecer le encantaba fastidiarme.
Tres días. Solo tenía que aguantar tres días. Iba a hacerle la vida imposible a Aitana Vega, aunque fuera lo último que hiciera.