Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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1.
ELENA DUARTE
El campus de la Universidad Nacional siempre me pareció una fortaleza inexpugnable, un ecosistema diseñado no para albergar mentes brillantes, sino para filtrar a quienes no pertenecían a su estirpe de elegancia, apellidos compuestos y futuros asegurados. A mis veinte años, mi vida se reducía a un equilibrio precario, casi funesto: el café barato que me mantenía despierta en mis largas noches de estudio, la ansiedad que me oprimía el pecho al entrar a clase y la vergüenza constante de llevar los mismos zapatos desgastados durante tres semestres consecutivos.
Caminar por los pasillos era un ejercicio de invisibilidad forzada. Intentaba fundirme con las paredes, volverme parte del concreto, pero mi presencia era una nota discordante en una sinfonía de seda, cuero de marca y perfumes importados que inundaban el aire. El bullying en este ambiente no era siempre estruendoso o físico; a menudo, era un susurro calculado, una risa que cesaba justo cuando pasaba a su lado, o un libro que «accidentalmente» caía al suelo frente a mí para que tuviera que agacharme, exponiendo mi vulnerabilidad ante todos.
—¿Crees que ella sabe que la biblioteca no es un refugio para indigentes? —escuché decir a Lucía, la chica que lideraba el grupo de las intocables, mientras me cerraba el paso en la entrada.
Sus amigas soltaron una carcajada que resonó en el mármol como un disparo. Bajé la mirada, sintiendo el ardor en mis mejillas, un fuego que no era de vergüenza, sino de una impotencia que empezaba a mutar en algo más sólido, más frío y, peligrosamente, más real. A nadie le importaba mi promedio académico, ni las horas que pasaba repasando lecciones bajo la luz tenue de un foco que parpadeaba en mi pequeña y húmeda habitación. Para ellos, yo era simplemente el error en su sistema perfecto, una variable que no encajaba en su ecuación de prestigio.
Cada vez que intentaba participar en clase, el silencio que seguía a mi intervención era más pesado que cualquier insulto. Era el peso de ser invisible y despreciable al mismo tiempo. Me preguntaba si realmente valía la pena el sacrificio, si el título universitario, esa hoja de papel que prometía un futuro mejor, compensaba la erosión diaria de mi dignidad. A veces, en el silencio de la madrugada, cuando el hambre me recordaba que solo había comido una vez ese día, me cuestionaba si mi destino no estaba ya trazado por mi origen humilde.
Esa tarde, el cielo se desplomó en una lluvia torrencial que golpeaba las ventanas de la facultad con una furia metálica. Mientras me refugiaba bajo el alero, viendo cómo la humedad empezaba a calar mis únicos zapatos, observé a un grupo de mis compañeros subir a sus autos deportivos. Se protegían del clima con una indiferencia absoluta hacia el resto del mundo, un mundo que para ellos terminaba en la puerta de su vehículo. Esa escena, tan cotidiana y a la vez tan devastadora, fue la gota que colmó el vaso. Fue en ese momento de desolación, viendo mis manos temblar de frío, cuando tomé la decisión.
No era una derrota, aunque así lo sintiera en el fondo de mi alma; era una estrategia de supervivencia. La universidad no era mi lugar, no porque me faltara capacidad, sino porque el costo emocional de pertenecer a un sitio que me despreciaba era demasiado alto para mi salud mental. Sentí que me estaba marchitando lentamente, perdiendo mi esencia por intentar encajar en un molde que estaba diseñado para aplastarme.
Regresé a la oficina de control académico, esta vez no para estudiar, sino para solicitar mi baja definitiva. El funcionario de turno ni siquiera levantó la vista al procesar mi solicitud, como si mi salida fuera una estadística menor, un número que dejaba de ser relevante en su base de datos. Para él, yo no era una estudiante, era un archivo que debía ser archivado y olvidado.
Salí de la universidad con mi mochila al hombro y una ligereza extraña en el pecho. Las puertas del campus se cerraron a mis espaldas con un chasquido metálico, un sonido que marcó el fin de una etapa marcada por la humillación. El sol comenzaba a filtrarse entre las nubes, tiñendo el cielo de colores ámbar, y por primera vez en años, no me sentí pequeña. Caminé decidida hacia el centro de la ciudad, donde las luces de los carteles de «Se busca personal» parpadeaban como pequeñas promesas de una vida distinta.
La universidad era un sueño que ya no me pertenecía, o quizás, un sueño que nunca fue realmente mío. La vida real —la que se gana con sudor, sin etiquetas sociales y con la frente en alto— apenas comenzaba. Tenía veinte años, un vacío en el estómago y un futuro incierto, pero por primera vez en mucho tiempo, era yo quien sostenía el pincel para pintar mi propia historia. No sabía qué camino tomaría a continuación, ni si encontraría el trabajo que necesitaba para sobrevivir, pero una cosa era segura: ya no permitiría que nadie más me definiera. El desprecio que recibí en las aulas se convirtió en el combustible para buscar un lugar donde mi esfuerzo fuera valorado por lo que yo era, y no por lo que otros pensaban que debía ser. El camino era largo, pero el horizonte, aunque desconocido, me pertenecía por completo.