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Tu Precio, Mi Deseo

Tu Precio, Mi Deseo

Status: Terminada
Genre:Romance / Autosuperación / Posesivo / Completas
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

A sus veintiocho años, Damiano Serrano lo tiene todo... o eso cree el mundo. Es el brillante y millonario fundador de una de las empresas automotrices más prestigiosas del mercado, un hombre hecho a sí mismo a base de sudor, rabia y un pasado oscuro que prefiere mantener bajo llave. Pero detrás de los motores de lujo y las portadas de revistas, Damiano arrastra las secuelas de una adolescencia perdida en las adicciones y un rencor asfixiante hacia su padre. Está solo, atormentado por una esterilidad que hiere su orgullo, y con un vacío en el pecho que ninguna cantidad de dinero puede llenar.
Scarlett Moreno tiene veintidós años, una meta clara y las reglas muy bien definidas. Para ella, trabajar en la aplicación más exclusiva de acompañantes íntimas es solo un negocio; un intercambio frío de tiempo por dinero que le permite asegurar su futuro. No hay espacio para los sentimientos en su agenda.

NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 17

Catorce días. Trescientos treinta y seis horas. Veinte mil ciento sesenta minutos. Damiano Serrano no era un hombre propenso a llevar la cuenta del tiempo, pero desde que la puerta del ascensor se cerró tras la silueta de Scarlett Moreno, cada segundo se había convertido en un latigazo directo a su orgullo y a su cordura.

El piso ejecutivo de *Serrano Motors* se había transformado en una zona de guerra. El aire acondicionado parecía haber bajado varios grados por debajo de cero, contagiado por la presencia del director general. Damiano se había vuelto un dictador despiadado, un fantasma de ojos grises y mandíbula de piedra que devoraba café negro y escupía órdenes con una frialdad que hacía temblar al empleado más experimentado. Sus camisas de diseñador, habitualmente impecables, ahora lucían con los primeros botones desabrochados de forma caótica, revelando la tensión de los músculos de su cuello y el inicio de los tatuajes que Scarlett solía delinear con la yema de sus dedos.

Faltaban apenas cuarenta y ocho horas para el evento más importante de la década para la compañía: el lanzamiento mundial del *Serrano Cronos 2026*, un hiperdeportivo híbrido con chasis de fibra de carbono que prometía revolucionar el mercado internacional y asegurar la entrada triunfal de la empresa en la bolsa de valores. Los inversores de Nueva York y Tokio abarrotaban las líneas telefónicas, la prensa automotriz deliraba por un vistazo exclusivo del coche y el departamento de marketing corría de un lado a otro con los preparativos de la gala nocturna.

A Damiano no le importaba un demonio.

Estaba sentado detrás de su escritorio de cristal, con la mirada perdida en el mar de luces de la ciudad a través del gran ventanal. Sostenía un plano técnico entre las manos, pero no veía los vectores ni las especificaciones del motor de combustión. En su mente, una y otra vez, se reproducía la misma secuencia maldita: Scarlett, con su vestido de punto negro, mirándolo con esos ojos avellana que antes desprendían una devoción ardiente y que esa última noche solo mostraron una distancia gélida.

*«Un hombre de veintiocho años con tantos traumas... es demasiado equipaje para una universitaria de veintidós. Encontré a alguien de mi edad»*.

Damiano apretó el puño, arrugando el papel del plano con una fuerza brutal. Una oleada de celos violentos, posesivos y puramente salvajes le recorrió las venas al imaginar a otro hombre, a un chico cualquiera de la universidad, tocando la piel canela de Scarlett, besando sus labios carnosos y escuchando los gemidos ahogados que él creía haberle arrancado para siempre. La atracción que sentía por ella no se había extinguido; se había concentrado, transformándose en una masa oscura de deseo frustrado y despecho erótico que lo estaba consumiendo vivo. El recuerdo de su aroma a vainilla y ámbar parecía flotar en el cuero de su silla, una tortura sensorial de la que no podía escapar.

A unos pocos kilómetros de allí, en el pequeño departamento de estudiantes, el infierno de la distancia se cobraba una cuota idéntica, pero mucho más dolorosa.

Scarlett estaba hecha un ovillo en medio de su cama, rodeada por la penumbra de la tarde de verano. Llevaba puestos unos pantalones cortos de algodón y una de las sudaderas grises que le había robado a Damiano en sus días de gloria, una prenda que le quedaba enorme y que se aferraba a su cuerpo juvenil como un último y patético intento de sentir su abrazo de hierro. Ya no lloraba con la desesperación de las primeras noches; ahora era un llanto silencioso, constante, que le dejaba los ojos avellana hinchados y el corazón completamente exhausto.

La pantalla de su teléfono estaba encendida sobre las sábanas, mostrando un artículo de prensa digital con una fotografía gigante de Damiano saliendo de una reunión de negocios. Se veía imponente, terriblemente atractivo con su traje oscuro y esa mirada felina y distante que intimidaba a cualquiera. Scarlett estiró un dedo tembloroso y delineó la pantalla, acariciando el relieve de su rostro digital. Su cuerpo entero experimentaba una abstinencia física real. Extrañaba el peso de Damiano sobre el suyo, la fricción caliente de sus torsos desnudos, la forma en que sus manos grandes y tatuadas la sujetaban de las caderas con una urgencia que la hacía perder el sentido.

La puerta de la habitación se abrió suavemente y Camila entró cargando una bandeja con una taza de caldo caliente y un trozo de tarta. Cami dejó las cosas sobre el escritorio y se sentó en el borde de la cama, suspirando al ver el estado de su amiga.

—Scar, tienes que comer algo —le pidió con una voz suave, desprovista de su habitual tono sarcástico—. Llevas dos semanas encerrada. Has faltado a tres tutorías y apenas sales para lo estrictamente necesario. Esto te está matando.

—Me duele todo, Cami —confesó Scarlett con la voz rota y pastosa, ocultando la mitad de su rostro bajo el cuello de la sudadera de Damiano—. No es solo una metáfora. Me duele la piel, me duelen los brazos de no poder tocarlo. Cada vez que cierro los ojos lo veo en la pizzería, mirándome como si yo fuera lo único real en su vida. Y luego recuerdo lo que le dije... la forma en que lo herí para alejarlo, y me desprecio a mí misma.

—Lo hiciste por él, Scar. Para proteger su carrera de ese monstruo que tiene por padre —Camila le acarició el cabello castaño con ternura—. Héctor Serrano es un tiburón. Si no hubieras cortado el contrato, ahora mismo el nombre de tu abuela y el tuyo estarían en los tabloides, y las acciones de su empresa estarían por los suelos. Hiciste un sacrificio enorme.

—¿Y de qué sirve? —Scarlett se incorporó lentamente, dejando ver la palidez de su rostro y la silueta de sus hombros caídos—. Mira las noticias. Dicen que el lanzamiento del *Serrano Cronos* es un éxito asegurado, pero también dicen que el director general se ha vuelto un ermitaño despiadado. He destruido al hombre que quería salvar. Su padre tenía razón en algo: Damiano está roto por dentro, y yo tomé su peor herida, su miedo a no poder darme un futuro normal por su esterilidad, y la usé como un arma para alejarlo. No me lo va a perdonar nunca.

Camila no supo qué responder. La sensualidad fresca y la alegría juvenil que solían desbordar de Scarlett se habían evaporado, sustituidas por la cruda realidad de un amor que había madurado demasiado rápido bajo el fuego de las amenazas corporativas.

De vuelta en el edificio de *Serrano Motors*, la puerta de la oficina presidencial se abrió de golpe. Matías Vega entró sin pedir permiso, arrojando sobre el escritorio de cristal el dossier final de la presentación del coche. Su rostro, habitualmente relajado y juvenil, estaba serio y cargado de una frustración evidente.

—Damiano, muévete —ordenó Mati, plantándose frente a su mejor amigo—. Los técnicos acaban de subir el prototipo definitivo del *Cronos* al escenario del auditorio principal. Mañana es el ensayo general con los medios y tú ni siquiera has leído el discurso de apertura.

Damiano no se movió. Ni siquiera levantó la vista del plano arrugado.

—Léelo tú, Matías. O que lo haga el director de comunicaciones —respondió con una voz tan baja y ronca que pareció el rugido de un motor ahogado—. A mí solo me interesa que la aerodinámica del alerón trasero responda a los trescientos kilómetros por hora. El resto de la parafernalia me importa una mierda.

Matías soltó un suspiro de frustración, caminó hacia el escritorio y, con un movimiento rápido, le arrebató el papel de las manos.

—¡Estoy harto de tu maldito drama! —estalló Mati, perdiendo la paciencia—. Has creado una obra de arte sobre ruedas. El coche con el que soñábamos cuando éramos unos críos muertos de hambre en el taller del extrarradio está ahí abajo, listo para conquistar el mundo. Y tú estás aquí arriba, muriéndote en vida por una mujer a la que dejaste ir por tu estúpido orgullo.

Damiano se puso de pie con una lentitud peligrosa. Su imponente altura de más de un metro ochenta y cinco eclipsó la luz de la lámpara. Sus ojos grises centellearon con una furia salvaje.

—Ella me dejó a mí, Matías —siseó Damiano, dando la vuelta al escritorio para quedar a pocos centímetros de su socio. La tensión entre ambos era casi física, una descarga eléctrica en mitad de la oficina—. Me miró a la cara y me dijo que yo era demasiado equipaje. Me tiró el dinero en la mesa y me dejó claro que prefiere la normalidad de un universitario a un hombre que no puede ofrecerle nada real. No voy a rogarle. No voy a buscar a alguien que me ve como un juguete roto.

—¡Pues abre los ojos, imbécil! —replicó Matías, sin dar un paso atrás—. Conozco a la gente, Damiano, y sobre todo te conozco a ti. Hay algo que no encaja en esa ruptura. Scarlett no es una oportunista y tú lo sabes. Pero prefieres encerrarte en tu papel de rey de hielo herido antes de averiguar la verdad. Si dejas que el orgullo te gane esta carrera, vas a presentar el coche más rápido del mundo, pero vas a pasar el resto de tu vida conduciendo solo en la oscuridad.

Matías dio la vuelta y salió de la oficina, dando un portazo que hizo vibrar los paneles de cristal.

Damiano se quedó solo en la inmensidad de su despacho. Las palabras de su amigo quedaron flotando en el aire, perforando la coraza que con tanto esmero había reconstruido durante esas dos semanas. Se pasó una mano por el cabello oscuro, frustrado, desabrochando un botón más de su camisa mientras sentía que el aire volvía a faltarle en los pulmones. La atracción magnética, ese hilo invisible que lo unía a Scarlett a pesar del desprecio y la distancia, tiró de él con una violencia inusitada. El infierno de la distancia los estaba quemando a ambos, y la cuenta atrás para el gran día seguía su curso, amenazando con separarlos de forma definitiva.

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Lau
comenzando me gusta 🤭
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