La Chica que Compró al Príncipe Esclavo
Elena Valmont solo quería entregar un paquete, cobrar unas monedas y volver a casa.
Pero una noche terminó en una subasta clandestina… y compró a un esclavo condenado a morir al amanecer.
Lo que no sabía era que aquel hombre herido, silencioso y cubierto de cadenas no era un esclavo cualquiera, sino Adrien Asteria, el heredero perdido del imperio más poderoso del continente.
Desde ese momento, Elena queda atrapada en una guerra por el trono, perseguida por asesinos, nobles traidores y secretos enterrados durante años.
Salvarlo fue un acto de compasión.
Amarlo podría costarle la vida.
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CAPÍTULO 8 Una apuesta imposible
El patio permaneció en un incómodo silencio.
Lord Varek observaba a Elena como si hubiera encontrado un juguete nuevo con el que divertirse. Durante años había negociado con nobles ambiciosos, comerciantes codiciosos y mercenarios despiadados. Sin embargo, jamás había conocido a alguien tan obstinada como aquella muchacha.
—Muy bien, Elena Valmont —dijo finalmente mientras daba un pequeño aplauso—. Me has entretenido bastante durante esta mañana.
—No he venido a entretenerlo.
—Lo sé. Por eso es aún más divertido.
El noble comenzó a caminar lentamente alrededor de ella mientras continuaba hablando.
—Dime una cosa. ¿Sabes cuánto tiempo me tomó reunir la fortuna que poseo?
—No.
—Treinta años. Treinta largos años haciendo negocios que la mayoría de las personas considerarían moralmente cuestionables.
—Eso explica muchas cosas.
Algunos guardias soltaron pequeñas carcajadas. Lord Varek arqueó una ceja y sonrió divertido.
—Tienes más valor del que debería tener alguien en tu posición.
—Mi padre solía decir que el miedo no debe impedirnos decir la verdad.
—Tu padre debió de ser un hombre interesante.
—Lo era.
Lord Varek volvió la mirada hacia Adrien.
—Y ahora resulta que la hija de un hombre honesto quiere salvar al esclavo más problemático que he comprado en toda mi vida.
—No quiero salvar un esclavo. Quiero salvar una persona.
Aquellas palabras hicieron que Adrien la observara en silencio.
No era la primera vez que alguien pronunciaba palabras nobles delante de él. Pero sí era la primera vez que alguien parecía creerlas de verdad.
—Muy bien —continuó Lord Varek—. Te propongo un juego.
—¿Un juego?
—Una apuesta.
Elena frunció ligeramente el ceño.
—Lo escucho.
—Tienes tres días.
—¿Tres días?
—Exactamente tres días para reunir trescientas monedas de plata.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Eso es imposible.
—Precisamente por eso me parece una apuesta interesante.
—Nadie puede reunir semejante cantidad de dinero en tres días.
—Entonces supongo que el asunto termina aquí.
El noble hizo un gesto despreocupado con la mano, como si el problema ya estuviera resuelto.
—Espere. ¿Qué ocurrirá si consigo el dinero?
—Si lo consigues, te entregaré al esclavo y renunciaré a cualquier derecho de propiedad sobre él.
—¿Y si no lo consigo?
La sonrisa de Lord Varek desapareció lentamente.
—Entonces partirá conmigo al amanecer del cuarto día y jamás volverás a verlo.
Aquellas palabras fueron como un golpe directo al pecho de Elena.
Tres días.
Era una oportunidad ridícula.
Una oportunidad prácticamente imposible.
Pero seguía siendo una oportunidad.
—¿Por qué hace esto? —preguntó ella.
—Porque tengo curiosidad.
—¿Curiosidad?
—Quiero saber hasta dónde está dispuesta a llegar una muchacha que apenas conoce al hombre que pretende salvar.
Adrien soltó una pequeña risa irónica.
—No deberías aceptar.
—¿Por qué?
—Porque perderás.
—Eso todavía no lo sabemos.
—Yo sí lo sé.
Ella giró para observarlo directamente.
—¿Te rendiste hace mucho tiempo, verdad?
La pregunta tomó al joven completamente desprevenido.
—¿Qué?
—Cada vez que hablas de ti mismo, hablas como alguien que ya decidió que no merece ser salvado.
—Porque nadie merece sacrificar tanto por un desconocido.
—Eso no responde mi pregunta.
Adrien guardó silencio.
Había algo incómodo en la manera en que Elena lograba ver aspectos de él que prefería mantener ocultos.
—Escúchame bien —continuó él—. No sabes quién soy. No sabes las personas que me persiguen ni los problemas que arrastro. Si consigues comprar mi libertad, solo conseguirás atraer desgracias hacia ti y tu familia.
—Eso lo decidiré yo.
—No estás entendiendo.
—No. Creo que eres tú quien no está entendiendo.
Elena dio un paso hacia él.
—No me importa quién fuiste antes de terminar en estas cadenas. Lo único que veo frente a mí es un hombre herido al que todos han abandonado.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire durante algunos segundos.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Adrien una vez más.
Esta vez, Elena tardó algunos segundos en responder.
—Porque si un día mi hermano estuviera en tu lugar, me gustaría pensar que alguien intentaría ayudarlo.
Aquella respuesta golpeó al joven mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
No había intereses ocultos.
No había ambiciones políticas.
No había segundas intenciones.
Solo compasión.
Una compasión tan absurda que comenzaba a parecerle peligrosa.
—Entonces, ¿aceptas la apuesta? —preguntó Lord Varek.
Elena observó sus manos durante unos segundos.
Trescientas monedas de plata.
Tres días.
Era imposible.
Absolutamente imposible.
Pero la vida de un hombre estaba en juego.
—La acepto.
El noble sonrió ampliamente.
—¡Excelente! ¡Ya comenzaba a pensar que me había equivocado contigo!
Uno de los guardias negó con la cabeza.
—Está completamente loca.
—No —respondió Elena con una pequeña sonrisa—. Solo soy demasiado terca para rendirme fácilmente.
—Eso lo veremos dentro de tres días.
Lord Varek extendió la mano hacia uno de sus asistentes, quien inmediatamente le entregó un pequeño reloj de arena decorado con detalles dorados.
—El tiempo comienza ahora mismo.
La arena comenzó a caer lentamente.
Tres días.
Setenta y dos horas para conseguir una fortuna imposible.
Mientras Elena abandonaba el patio, una única pregunta ocupaba todos sus pensamientos.
¿Cómo iba a conseguir semejante cantidad de dinero?
Lo que ninguno de los presentes sabía era que aquella apuesta imposible no solo pondría a prueba su determinación.
También sería el primer paso para desenterrar uno de los secretos mejor guardados del continente.
Porque el hombre que intentaba salvar no era un simple esclavo.
Era alguien por cuya cabeza reinos enteros estarían dispuestos a iniciar una guerra.
Y Elena acababa de apostar su futuro por él.