Zadie fue una genio de la tecnología, una mujer de 24 años creadora de la inteligencia artificial más avanzada de su época, pero despreciada, ignorada y rechazada por un mundo que no entendía su genio ni su valor. Murió en un accidente mientras conectaba su propia conciencia con esa IA, y renació siglos atrás, en la antigua Macedonia, con un nuevo nombre: Zamira. Ahora, su mente y su cuerpo están integrados con esa tecnología, que le da conocimientos infinitos, habilidades sobrehumanas y la capacidad de analizar y dominar cualquier situación. Llega al palacio del príncipe Lixandro, un vampiro de sangre real, hermoso pero terriblemente frágil, viudo y padre soltero de trillizos: Lixan, Lucian y Luciana. Los tres son niños con poderes sobrenaturales, inteligencia desbordante y una fama de traviesos insoportables, que ha ahuyentado a todas las mujeres contratadas para ser su madre sustituta. Zamira acepta el contrato sin esperar amor, solo un lugar donde ser respetada.
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Cariño inesperado.
El silencio volvió al pasillo, pero ya no era el silencio frío y solemne que siempre reinaba en el palacio. Era un silencio cargado de emoción, de adrenalina que poco a poco se iba apagando y dejando paso al temblor contenido de quienes acaban de ver la muerte de cerca. Los cuerpos de los atacantes habían sido retirados rápidamente por los guardias, que habían llegado corriendo después de los ruidos de la pelea, atónitos al ver que el peligro ya había sido neutralizado y más atónitos aún al darse cuenta de quién lo había hecho. Las puertas se cerraron con llaves y hechizos reforzados, pero la sensación de amenaza seguía flotando en el aire, invisible pero palpable, como el eco de los golpes y las voces que aún resonaba en las paredes.
Zamira estaba de pie en el centro del pasillo, revisando con la mirada cada rincón, asegurándose de que no hubiera quedado ningún riesgo, con la mente todavía funcionando a toda velocidad analizando qué había pasado, cómo habían entrado, quiénes eran y qué fallos había en la seguridad del lugar. Su cuerpo no sentía cansancio, ni miedo, ni la tensión que debería haber dejado una pelea tan intensa; para ella, aquello había sido simplemente la aplicación de conocimientos, física, estrategia y reflejos entrenados. Pero al volver la vista hacia los tres niños, vio que para ellos había sido algo muy distinto.
Lucian estaba apoyado contra la pared, con la respiración agitada, las manos cerradas en puños y los ojos muy abiertos, brillantes por la impresión. Lixan estaba de pie, rígido, con el ceño fruncido, intentando procesar lo que había visto con su lógica habitual, pero fallando porque sus emociones, por una vez, eran más fuertes que su razón. Y Luciana… la pequeña Luciana, que siempre había sido la más dulce, la más astuta, la que siempre fingía, manipulaba o se mostraba invencible, estaba de pie en medio del grupo, temblando levemente, con la cara pálida y los labios apretados, con una expresión que nunca antes se había visto en ella: puro miedo real, sin trucos, sin actuaciones, sin defensas.
Fue ella la primera en moverse.
Dio un paso vacilante, luego otro, y de repente corrió hacia Zamira con toda la velocidad de sus pequeñas piernas, se lanzó contra ella y la abrazó con tanta fuerza, con tanta desesperación y necesidad, que casi le corta la respiración. Enterró la cara en la tela de su vestido, apretó los puños contra su cintura y comenzó a llorar, unos sollozos ahogados, fuertes y profundos, de esos que vienen desde el fondo del pecho, cuando el miedo ha sido demasiado grande y solo quieres sentirte a salvo.
—Tenía miedo… tenía mucho miedo —repetía la niña entre lágrimas, con la voz rota, sin ocultar nada, sin intentar parecer valiente ni dulce, solo siendo una niña pequeña que había visto hombres con armas querer hacerle daño—. Pensé que nos llevarían… pensé que te harían daño a ti también…
Zamira, que segundos antes se había enfrentado a cuatro enemigos armados sin dudar ni un segundo, sintió que algo se abría y se enternecía dentro de su pecho. Se agachó despacio, hasta quedar a su altura, y la rodeó con sus brazos con una ternura infinita, acariciando su cabello oscuro, dándole palmaditas suaves en la espalda, meciéndola suavemente tal como se mece a los bebés.
—Ya pasó, mi niña —le susurró al oído, con esa voz cálida y segura que lograba calmar cualquier tormenta—. Ya pasó. Están a salvo. Yo estoy aquí, y nadie, nadie en el mundo, va a volver a hacerles daño. Te lo prometo. Mírame: estoy bien, tú estás bien, tus hermanos están bien. Todo está bien ahora.
Luciana se aferró más fuerte a ella, como si quisiera fundirse en su abrazo, como si quisiera entrar en esa seguridad que irradiaba su cuerpo y quedarse allí para siempre. Durante toda su vida, la pequeña había usado el cariño como una herramienta: abrazaba para conseguir cosas, sonreía para engañar, fingía tristeza para que la protegieran. Nunca antes había abrazado a alguien por pura necesidad, por puro deseo de sentirse protegida, de sentirse amada sin condiciones. Nunca antes había encontrado a alguien que no solo le devolviera el abrazo, sino que le diera algo más: seguridad absoluta.
Al ver a su hermana así, rompiendo todas sus barreras y mostrándose tal cual era, Lucian no pudo aguantar más. Él, que siempre era movimiento, acción y travesura, que nunca se quedaba quieto ni mostraba debilidad, sintió que todo el valor que había intentado mantener se le escapaba de golpe. Corrió hacia ellas también y se unió al abrazo, metiéndose entre las dos, rodeando la cintura de Zamira con sus brazos fuertes de niño sobrenatural, escondiendo su cara en su hombro y dejando que las lágrimas también salieran de sus ojos.
—Eran muy malos… —murmuró con voz temblorosa—. Querían hacernos daño… querían llevarnos lejos… pero tú… tú te pusiste delante. Tú luchaste. Tú los ganaste a todos… Nadie había hecho eso nunca por nosotros. Nadie se había puesto delante para protegernos.
Zamira pasó un brazo por encima de él también, reuniéndolos a los dos contra su pecho, sintiendo sus cuerpecitos temblorosos, escuchando sus latidos acelerados, y sintió una emoción extraña, nueva para ella. En su vida anterior, siempre había estado sola. Había crecido sin cariño, sin abrazos, sin nadie que la mirara con amor. Había dedicado su vida a la lógica, a la ciencia, a las máquinas, creyendo que eso era lo único importante. Pero allí, en ese pasillo frío y antiguo, abrazando a dos niños que no eran suyos, que eran de una especie distinta, que habían nacido en otro tiempo y en otra realidad, entendió que había algo mucho más grande y poderoso que cualquier fórmula o inteligencia: el amor. Y la responsabilidad de ser quien les diera ese amor.
Levantó la vista hacia Lixan, que seguía de pie unos pasos más atrás, rígido, con la mirada baja, luchando contra sí mismo con todas sus fuerzas. Él era el mayor. Él era el genio. Él siempre había sido el líder, el protector de sus hermanos, el que creía que podía resolverlo todo solo con su mente. Había visto el peligro, había sentido su propia impotencia al darse cuenta de que sus cálculos no servían de nada contra armas y fuerza bruta, y había visto cómo una mujer que él al principio había subestimado había hecho lo que él no pudo: salvarlos. Su orgullo estaba herido, sí, pero mucho más fuerte que el orgullo era la gratitud, y mucho más fuerte que todo era esa sensación de alivio inmenso de seguir vivo, de ver a sus hermanos a salvo, de saber que ella estaba allí.
—Ven tú también, Lixan —le dijo Zamira con suavidad, extendiendo una mano hacia él—. Aquí hay sitio para todos. No tienes que ser fuerte siempre. No tienes que cargar con todo tú solo. Hoy yo cargo con ustedes. Hoy yo los cuido.
Eso fue lo que terminó de derribar el último muro que quedaba en él. Lixan levantó la vista, y en sus ojos ámbar brillaban lágrimas que no quería dejar caer, lágrimas de miedo, de alivio y de algo mucho más profundo. Dio los pasos cortos que lo separaban de ellos y, despacio, tímido por primera vez en su vida, se unió al abrazo, dejando que ella lo envolviera también, dejando de ser el niño genio y arrogante para ser simplemente un niño que necesitaba refugio.
Zamira tenía ahora a los tres trillizos abrazados a ella, aferrados como si ella fuera el único suelo firme en un mundo que acababa de tambalearse. Acariciaba la cabeza de Lixan, la espalda de Lucian y el cabello de Luciana, meciéndolos suavemente, susurrando palabras de calma, de amor, de seguridad, palabras que no eran de tutora a alumnos, sino de madre a hijos. Y en ese momento, se dio cuenta de algo maravilloso y doloroso a la vez: los amaba. Los amaba con toda su alma, con esa intensidad que solo alguien que ha estado toda la vida sin amor puede sentir cuando por fin lo encuentra.
Fue Luciana la que lo dijo, con la voz todavía ahogada por el llanto, con la cara apoyada contra su pecho, sin levantar la vista, sin darse cuenta de la importancia de lo que estaba diciendo, solo diciendo lo que su corazón le dictaba:
—No te vayas nunca… ¿vale, madre? No te vayas nunca.
Zamira se quedó inmóvil un instante, con el corazón latiéndole fuerte, emocionada hasta lo más profundo. Madre. La palabra resonó en el aire, dulce, pesada, perfecta.
Lucian, que seguía abrazado fuerte, asintió con la cabeza contra su hombro y repitió, como si fuera lo más natural del mundo:
—Sí… no te vayas nunca, madre.
Y Lixan, el orgulloso, el genio, el que siempre calculaba todo, levantó la cara para mirarla a los ojos, con una mirada llena de amor absoluto, de confianza ciega, y dijo con voz clara y firme:
—Madre. Ahora tú eres nuestra madre.
Detrás de ellos, apoyado en el marco de la puerta, Lixandro observaba todo en silencio, con lágrimas brillando en sus propios ojos, emocionado y conmovido hasta el alma. Había escuchado esa palabra, la que hacía tantos años que no se pronunciaba en ese palacio, la que había estado ausente en la vida de sus hijos desde que nacieron. Había visto cómo sus tres hijos, que nunca habían dejado entrar a nadie, que habían rechazado a todo el mundo, ahora llamaban madre a esa mujer que había llegado de la nada. Y entendió que no era una palabra dicha por costumbre, ni por error, ni por cariño momentáneo. Era la verdad.
Zamira los apretó más fuerte contra sí, besó la frente de cada uno de ellos, y respondió con voz llena de amor y determinación:
—Nunca. No me iré nunca. Mientras yo viva, estaré con ustedes. Los cuidaré, los guiaré y los amaré. Soy su madre ahora. Y nada, ni nadie, podrá separarnos.
En ese pasillo, bajo la luz tenue de las antorchas, se selló un vínculo más fuerte que la sangre, más fuerte que cualquier maldición, más fuerte que la propia muerte. Los niños que nunca habían tenido una madre, que nunca habían recibido amor verdadero, habían encontrado en ella todo lo que necesitaban. Y ella, que nunca había tenido nada propio, había encontrado a su familia, a su mundo, a su razón de ser.
Muy... creativos 🙄😒