¿Qué pasa cuando tu peor enemigo se convierte en el dueño de tus gemidos?
Seis años de rivalidad académica. Dos promedios perfectos compitiendo por el primer lugar de la facultad de ingeniería.
Todo el mundo sabe que Seo-jun (Grupo A) y Min-jae (Grupo B) se odian o eso es lo que creen
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Marcas De Propiedad
El pasillo principal del edificio de ingeniería estaba tan caótico como siempre a las siete de la mañana. Los estudiantes corrían de un lado a otro con planos enrollados bajo el brazo, computadoras portátiles abiertas en canal y termos de café bien cargados que apenas si evitaban el colapso mental de los presentes. El olor a humedad mezclado con cafeína barata era el sello distintivo de ese piso.
Min-jae estaba apoyado contra la fila de casilleros metálicos de color gris, justo al lado de la entrada de los laboratorios del Grupo B. Intentaba con todas sus fuerzas prestar atención a lo que Ji-hoon decía sobre el examen de simulación del próximo bloque, pero su mente se rehusaba a cooperar. Específicamente, su cuerpo entero estaba demasiado consciente de los sutiles estragos de la noche anterior. Le dolía un poco la espalda al apoyarse contra el metal frío, y sentía un calor constante oculto bajo el cuello alto de su chaqueta, estratégicamente cerrada hasta el tope para tapar las marcas que delataban la intensidad de Seo-jun.
—Andrés me dijo que si el código no compila a la primera con los parámetros del motor, estamos completamente fuera —continuaba Ji-hoon, agitando las manos de forma dramática frente a la cara de Min-jae—. Nos va a reprobar sin dudarlo, Min-jae. Ese viejo no tiene piedad con las funciones de transferencia. Oye... ¿me estás escuchando?
—Sí, claro. Código, compilar, el profesor es un dolor de cabeza. Lo tengo perfectamente registrado, Ji-hoon —respondió Min-jae, soltando un suspiro y desviando la mirada hacia las escaleras mecánicas que conectaban con el ala del Grupo A.
—Es que pareces un fantasma hoy —intervino Soo-ah, otra de sus compañeras de grupo, mientras se acomodaba las gafas—. Siempre eres el primero en sacar el circuito para revisarlo y hoy ni siquiera has abierto la mochila. ¿Te desvelaste estudiando o qué?
—Algo así —murmuró Min-jae, apretando los dientes cuando sintió un ligero pinchazo en la zona lumbar al cambiar de postura.
En ese preciso momento, el grupo de amigos del Grupo A apareció al final del pasillo. Venían haciendo el ruido habitual de quienes se creen dueños del piso. Y a la cabeza, liderando el grupo con su habitual aire de superioridad innata, venía Seo-jun. Traía una sudadera negra que Min-jae reconoció de inmediato, y venía riendo con fuerza de algún comentario absurdo que le hacía su mejor amigo, Tae-hyun.
Sin embargo, el ambiente pareció cambiar de densidad en un segundo. En cuanto Seo-jun cruzó el umbral del pasillo central y sus ojos oscuros recorrieron la multitud, se fijaron directamente en Min-jae.
La risa de Seo-jun disminuyó, pero su rostro no se endureció. No hubo el típico ceño fruncido ni la mandíbula tensa que solía mostrar cada vez que se cruzaban desde la preparatoria. En su lugar, sus labios se curvaron en una línea sutil, una mueca casi imperceptible para el resto, pero cargada de una complicidad tan pesada y ardiente que a Min-jae le dio un vuelco el corazón.
Min-jae, por puro orgullo, no desvió la mirada. En lugar de rodar los ojos, soltar un bufido despectivo o lanzarle un insulto silencioso como venía haciendo los últimos seis años, simplemente sostuvo el contacto visual. Con lentitud, enarcó una ceja, un gesto que mantenía el desafío de siempre pero que ahora escondía una invitación secreta.
Seo-jun lo recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose un microsegundo en el cuello alto de su chaqueta, y asintió levemente con la cabeza antes de girar hacia la puerta de su respectivo salón de clases.
El pasillo pareció quedar en un silencio incómodo para los que estaban alrededor de Min-jae. Ji-hoon se quedó con la palabra en la boca, con el brazo extendido a medio aire, mirando alternadamente a Min-jae y luego a la puerta de madera por donde acababa de desaparecer el enemigo jurado de su amigo.
—A ver, detengan todo —dijo Ji-hoon, bajando el brazo lentamente y frunciendo el ceño con una sospecha genuina—. ¿Qué demonios acaba de pasar aquí?
—¿De qué hablas? No pasó nada —preguntó Min-jae, intentando mantener la voz más neutral y aburrida posible mientras se acomodaba la correa de la mochila sobre el hombro.
—No me veas la cara de idiota, Min-jae —intervino Soo-ah, cruzándose de brazos y dándole una mirada analítica—. Seo-jun pasó a menos de dos metros de ti. Te vio directamente a los ojos. ¡Y no le dijiste que su algoritmo de cinemática inversa parecía programado por un principiante! Es más, ni siquiera te tensaste. Normalmente pareces un gato erizado a punto de soltar un zarpazo cuando ese tipo respira el mismo aire que tú.
—Solo... no tengo energía para perder el tiempo con él hoy. Es lunes, son las siete de la mañana y no he dormido bien —excusó Min-jae, sintiendo un calorcito traicionero y sumamente delatador subirle por las mejillas.
—No, no es solo el sueño —insistió Ji-hoon, dándole una vuelta completa para inspeccionarlo de pies a cabeza como si fuera un espécimen de laboratorio—. Te ves diferente. Tu aura está... no sé, extraña. Menos amargada que de costumbre cuando él está cerca. Y esa mirada con Seo-jun no fue la de "te voy a arrancar la cabeza en el promedio final". Fue algo más. ¿Pasó algo en la fiesta del sábado que no nos estás contando? ¿Se pelearon a golpes fuera de la casa o qué?
—¿A golpes? Sí, claro. Algo así —respondió Min-jae para sí mismo, recordando la forma en que Seo-jun lo había sujetado contra la pared de su habitación. Para evitar más preguntas, abrió su casillero con un golpe seco—. Dejen de inventar historias y mejor revisemos el reporte, que no pienso dejar que el Grupo A nos gane la nota esta semana.
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Mientras tanto, en el salón del Grupo A, la atmósfera para Seo-jun estaba lejos de ser pacífica. En cuanto cruzó la puerta y se sentó en su banco habitual al fondo del aula, Tae-hyun se dejó caer en el asiento de adelante, volteándose de inmediato y apoyando los brazos en el respaldo para encararlo con los ojos entrecerrados.
—Estás insoportable hoy, Seo-jun —soltó Tae-hyun sin anestesia.
—¿Ahora qué hice para romper tu paz mental? —Seo-jun sacó su computadora portátil, fingiendo una concentración absoluta mientras buscaba los archivos del diseño de la tarjeta de control automático.
—Miraste a Min-jae hace un momento en el pasillo. Y no intentes negarlo, porque iba a tu lado —Tae-hyun lo señaló con el dedo índice, acusador—. Llevo seis años aguantando tus quejas sobre él. Conozco de memoria cada uno de tus gestos de desprecio. Sé perfectamente cómo pones los ojos cuando estás planeando cómo superarlo en los exámenes. Y lo de hace un momento no fue desprecio, amigo.
Seo-jun soltó una risa ligera, intentando disimular el vuelco que le había dado el estómago al recordar la imagen de Min-jae con el cuello cubierto—. Estás alucinando por falta de cafeína, Tae-hyun. Solo fue un reconocimiento visual. Vamos en el mismo grado, compartimos el piso de laboratorios y tenemos una entrega hoy. Es lógica básica.
—¿Lógica básica? ¿Entre tú y el sabelotodo del Grupo B? —Tae-hyun soltó una carcajada tan ruidosa que un par de compañeros voltearon a verlos—. Por favor. Si el semestre pasado casi terminan en la oficina del director porque Min-jae te dijo en la cafetería, enfrente de todos, que tu diseño de control numérico era una basura ineficiente y tú le tiraste el café cerca de sus planos. Ustedes dos son dinamita pura. No se saludan, no se miran con calma. Se odian.
Seo-jun mantuvo la vista fija en la pantalla, observando las líneas de código de su simulación sin verlas realmente. Su mente voló hacia el recuerdo de ese mismo "enemigo" gimiendo bajo su cuerpo, con las manos enredadas en sus sábanas y los ojos empañados por el placer mientras se rendía por completo a su toque. El contraste entre la violenta opinión de sus amigos y la ardiente realidad de los dormitorios era tan absurdo que tuvo que morderse el labio para no sonreír de manera obvia.
—La gente madura, Tae-hyun. No podemos pasar toda la carrera universitaria actuando como niños de preparatoria —dijo Seo-jun, intentando usar su tono más maduro y corporativo.
—Maduraron mis calcetines, Seo-jun —refunfuñó su amigo, sin apartar la vista de sus expresiones—. Hay algo raro aquí. Tu cara no es la de alguien que va a entrar a una semana de exámenes finales. Estás demasiado relajado. Demasiado... satisfecho. Si me entero de que le hiciste algo a los códigos de Min-jae para sabotearlo, no te voy a defender ante el consejo.
—No saboteé nada de su trabajo, te lo aseguro —respondió Seo-jun con una sonrisa de lado que sus amigos interpretaron como malicia, pero que guardaba un significado completamente distinto—. Su trabajo está intacto.
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Las horas de clase pasaron con una lentitud exasperante para ambos. Entre ecuaciones diferenciales y teorías de control, ni Seo-jun ni Min-jae pudieron concentrarse del todo. Las palabras de sus amigos habían dejado una marca de realidad: ante el mundo exterior, seguían siendo los eternos rivales. Nadie entendería cómo el odio recalcitrante de seis años se había transformado en una necesidad carnal y posesiva en una sola noche.
A las dos de la tarde, el timbre que anunciaba el bloque de laboratorio conjunto sonó. Era la hora de la verdad. Ambos grupos debían ingresar al gran laboratorio central para la puesta en marcha de sus prototipos frente a los sinodales.
Cuando el Grupo B entró, Min-jae ya se había quitado la chaqueta debido al calor de los equipos, quedando solo en una playera negra de cuello redondo. Al sentarse frente a su mesa de trabajo, Ji-hoon, que estaba conectando el osciloscopio, se detuvo en seco y abrió la boca por completo.
—Min-jae... ¿qué tienes en la base del cuello? —preguntó en un susurro escandalizado, señalando la piel lateral donde se alcanzaba a ver una mancha violácea inconfundible.
Min-jae se congeló, llevando la mano instintivamente a la zona—. Nada. Me golpeé con la esquina de la alacena el sábado por la noche mientras buscaba algo de tomar a oscuras.
—¿Un golpe con la alacena tiene forma de mordisco? —Soo-ah se inclinó sobre la mesa, entrecerrando los ojos con una mirada implacable—. Eso es un chupón de aquí a la luna, Min-jae. ¿Con quién estuviste el fin de semana? Dijiste que te habías ido temprano de la fiesta porque te sentías mal.
Antes de que Min-jae pudiera inventar otra excusa absurda, la puerta del laboratorio se abrió y el Grupo A entró con paso firme. Seo-jun caminaba al frente, cargando la tarjeta universal de control que su equipo había desarrollado. Sus ojos buscaron inmediatamente la mesa de Min-jae, y la vista de la piel expuesta de su rival, adornada con las marcas claras de sus propios dientes, hizo que la mandíbula de Seo-jun se tensara por una razón muy diferente a la hostilidad.
Tae-hyun, que venía justo detrás de Seo-jun, notó cómo su amigo se quedaba mirando fijamente la mesa del Grupo B. Siguió la dirección de su mirada y descubrió la marca en el cuello de Min-jae. Luego, miró de reojo a Seo-jun, notando el brillo oscuro y posesivo en sus ojos.
—No puede ser... —murmuró Tae-hyun para sí mismo, uniendo las piezas de un rompecabezas que parecía completamente imposible—. No, no, eso sería una locura total. Ellos se odian. Se odian a muerte... ¿verdad?
Min-jae captó la mirada fija de Seo-jun y, lejos de intimidarse por la presencia de sus amigos o el escrutinio de los demás, le sostuvo el juego. Se acomodó el cabello hacia atrás, exponiendo aún más la marca con total deliberación, desafiando a Seo-jun a mantener la compostura en medio del laboratorio lleno de gente.
Seo-jun soltó una bocanada de aire, dejando la tarjeta sobre su propia mesa con un golpe un poco más fuerte de lo necesario. Las dudas sobre si esto complicaría sus vidas universitarias seguían latentes en el fondo de sus mentes, pero al mirarse en ese espacio público, rodeados de sospechas y murmullos, ambos entendieron que el peligro de ser descubiertos solo le añadía una capa extra de adrenalina a lo que habían comenzado. La competencia ya no era solo por la mejor calificación; ahora el juego se había vuelto mucho más interesante, sucio y privado.