Soraya es una estudiante común cuya vida se rompe cuando la deuda de su padre la vincula con un mundo peligroso dominado por intereses ocultos. Entre Víctor, su novio, y Sebastián, un hombre enigmático ligado a esa deuda, su realidad comienza a distorsionarse.
Lo que parece un triángulo amoroso pronto revela algo más profundo: fuerzas invisibles que intentan influir en su vida, definir quién es y controlar sus decisiones.
Cuando todo contacto con su pasado empieza a cortarse, Soraya descubre que no está eligiendo entre dos hombres, sino entre ser moldeada por otros o reconstruirse desde cero.
Al final, su mayor decisión no es amorosa… es identitaria: dejar de ser definida por todos para convertirse en sí misma.
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Capítulo 23: El asalto a la costa
El plan de Soraya funcionó demasiado bien. Las facciones criminales, cegadas por la desconfianza que ella sembró, comenzaron a eliminarse entre sí en las ciudades del norte, pero no todos los operativos eran peones fáciles de manipular. Un grupo de élite, liderado por un antiguo subordinado del Patriarca, comprendió que el rastro de la filtración digital no conducía a un servidor fantasma, sino a una ubicación física en la costa.
Sebastián lo supo antes de verlo. Los sensores de baja frecuencia que había instalado en los pinos se dispararon, pero no con el patrón de un animal. Fue un sonido sordo, una interrupción en el campo magnético.
—¡Abajo! —gritó Sebastián, lanzándose sobre Soraya justo cuando una ráfaga de disparos de alta potencia destrozaba la ventana del salón, haciendo añicos los cristales y llenando la sala de esquirlas de vidrio.
El refugio, antes un remanso de paz, se transformó en una zona de guerra en un segundo. Sebastián no se quedó quieto. Rodó por el suelo, rescatando un arma de su escondite bajo el suelo de madera y devolviendo el fuego hacia la oscuridad del bosque.
—¡Por la cocina! —ordenó, cubriéndola con una ráfaga precisa—. Tienes que llegar al garaje. Si logran rodear la casa, estaremos perdidos.
Soraya, con el corazón golpeándole las costillas, no obedeció a ciegas. Mientras se movía entre el caos, vio una bengala roja iluminar el cielo sobre el bosque. Había al menos seis atacantes rodeando la propiedad. Corrió hacia el garaje, pero se detuvo en seco al ver que la puerta principal estaba siendo forzada.
No se quedaría a esperar. Agarró un bidón de combustible que Sebastián guardaba para el generador y lo lanzó contra el porche de madera que los atacantes estaban cruzando. Disparó su propia arma, no al hombre que tenía delante, sino a la lámpara de gas que colgaba sobre la entrada.
El porche explotó en una llamarada furiosa. Los gritos de los atacantes se mezclaron con el rugido del fuego.
—¡Soraya! —la voz de Sebastián sonó desde el salón, estrangulada por el humo y el sonido de las balas.
Ella no respondió; corrió hacia él, ignorando el peligro. Encontró a Sebastián parapetado tras la barra de la cocina, enfrentándose a tres hombres que habían logrado entrar por la zona de servicio. La pelea fue brutal. Sebastián, moviéndose con la precisión de un depredador, eliminó al primero con un golpe seco, pero los otros dos lo obligaron a retroceder.
Soraya se abalanzó sobre uno de ellos con una silla de madera, golpeándolo con toda la fuerza de su desesperación. El impacto le dio a Sebastián la fracción de segundo necesaria para neutralizar al último atacante.
El salón estaba en llamas. El fuego, avivado por la cortina que el disparo inicial había encendido, comenzaba a devorar las paredes.
—¡Tenemos que irnos! —rugió Sebastián, arrastrándola hacia la puerta trasera mientras las vigas del techo crujían bajo el peso del incendio—. ¡El coche!
Salieron al exterior, pero el refugio estaba perdido. Tres vehículos negros bloqueaban el camino. Sin dudar, Sebastián corrió hacia el coche, con Soraya pegada a su espalda. Las balas silbaban sobre sus cabezas, levantando astillas de la grava.
—¡Sube! —le gritó él, empujándola al asiento del copiloto mientras encendía el coche en un giro de derrape que hizo chillar las ruedas.
Sebastián no tomó la carretera. Giró el volante bruscamente hacia la ladera del acantilado, bajando por un sendero estrecho y peligroso que conducía a la playa. Los perseguidores, sorprendidos por la maniobra, tardaron un segundo vital en seguirles.
El coche descendió por el terreno irregular a toda velocidad, saltando sobre las rocas. En la playa, la arena era su única esperanza. Sebastián aceleró al máximo, alejándose de los faros de sus atacantes mientras las olas rompían violentamente a su lado. La adrenalina era un fuego líquido recorriendo sus venas.
Se detuvieron tras un saliente de roca que los ocultaba desde la carretera superior. El silencio regresó, solo interrumpido por el jadeo de ambos y el sonido de los neumáticos de los atacantes buscando el rastro en la arena mojada.
Sebastián apagó las luces y el motor. En la oscuridad total, se miraron. Ambos estaban heridos, cubiertos de hollín y sangre, pero vivos.
—Nos quemaron la casa —dijo Soraya, con la voz temblorosa pero cargada de una extraña risa nerviosa.
—Sí —respondió Sebastián, acercándose a ella en el reducido espacio del coche—. Pero el lienzo sigue en blanco. Y mientras tú y yo estemos aquí, los pintaremos de nuevo.
La intensidad de lo que acababan de vivir los unió de una forma que ninguna charla romántica podría haber logrado. En ese coche, bajo la sombra de un acantilado y rodeados por la marea, la historia de amor dejó de ser una promesa para convertirse en una supervivencia compartida.