Liam Volkov es un CEO implacable que cree que el dinero puede comprarlo todo, excepto la salud de su único heredero, el pequeño Ian, quien padece una enfermedad cardíaca degenerativa. Desesperado y tras haber despedido a diez especialistas, se cruza con la Dra. Elena Ríos, una cardióloga brillante, extrovertida y sin filtros que no le teme a sus gritos ni a su fortuna.
Mientras la villana, Sabrina Valois (la ambiciosa prometida de Liam), planea la "muerte accidental" del niño para heredar la fortuna Volkov, Elena se convierte en el escudo de Ian. Pero en el proceso de salvar la vida del pequeño, Elena terminará operando el órgano más difícil de tratar: el corazón de piedra de su padre.
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capitulo 14
El encierro en la mansión Volkov no olía a hospital, sino a una soledad aristocrática y asfixiante. Elena estaba sentada en el borde de su cama, mirando fijamente la puerta de madera tallada que ahora servía como su celda. Habían pasado cuatro horas desde que los guardias la escoltaron a su habitación bajo las órdenes de un Liam que parecía haber olvidado cómo latía su propio corazón.
Sentía una impotencia que le quemaba la garganta. No era solo la acusación de robo lo que le dolía —ella sabía quién era y lo que valía—, sino la frialdad en los ojos de Liam. Aquel hombre que la había sujetado por la cintura, que le había llevado café en el silencio de la noche y que había confiado en ella para salvar a su hijo, se había evaporado tras una máscara de hielo social.
En el ala principal de la mansión, el ambiente era muy distinto. Liam estaba de pie en su despacho, rodeado de pantallas. A su lado, el jefe de seguridad de la familia proyectaba las grabaciones de las cámaras del pasillo y de la antecámara de la suite de Sabrina.
—Mire aquí, señor Volkov —dijo el guardia, señalando un punto borroso—. Se ve claramente a la doctora Ríos entrando a hurtadillas. Y aquí...
—la imagen saltaba a un ángulo de la habitación donde, debido a un "afortunado" reflejo del sol en un espejo, solo se veía a Elena inclinada sobre el tocador, guardando algo rápidamente en su bolsillo.
Lo que la cámara no mostraba era que Sabrina, con la ayuda de un contacto externo experto en sistemas, había editado los fotogramas. Habían eliminado los segundos exactos donde Sabrina, en medio del forcejeo fingido, le deslizaba el broche de esmeraldas en el bolsillo de la bata. Para un ojo externo, era la crónica de un robo perfecto.
Liam apretó los puños hasta que sus nudillos crujieron. Sentía una náusea física. La presión social de su estatus —el apellido Volkov, el compromiso estratégico con los Valois, la mirada inquisitiva de sus socios— lo empujaba a tomar la decisión lógica:
entregarla a la policía y borrar su nombre de su vida para evitar el escándalo. Pero algo en su pecho, un eco de la risa de Ian y de la voz de Elena cantando, se negaba a aceptar esa lógica.
—Déjenme solo —ordenó Liam. Su voz era un témpano que cortaba el aire.
Cuando la puerta se cerró, Liam se desplomó en su silla. Sobre el escritorio descansaba el frasco de vidrio ámbar que le había arrebatado a Elena. Lo miró con odio. ¿Era posible que una mujer con tanto fuego y entrega fuera solo una ladrona oportunista?
Mientras tanto, Elena no estaba llorando. Había pasado la fase del shock y había entrado en la fase de supervivencia. Sabía que si no probaba la verdad esa noche, Ian nunca despertaría de su letargo y ella terminaría tras las rejas por un crimen que no cometió.
Se levantó y empezó a registrar su propio maletín médico, el cual los guardias no habían confiscado por considerarlo simple "herramienta de trabajo". Tenía reactivos básicos, su kit de urgencias y algunas tiras reactivas. Pero necesitaba algo más para una prueba visual que nadie pudiera refutar.
Escuchó un leve rasguño en la puerta. Era Rosa, la cocinera, que se arriesgaba a todo por la mujer que la había defendido.
—¿Doctora? ¿Está despierta? —susurró la anciana por la rendija de la trampilla de servicio.
—¡Rosa! Gracias a Dios. Necesito que me hagas un favor. Es peligroso, pero es la única forma de salvar a Ian. Necesito una manzana, un poco de almidón de la despensa y, si puedes... necesito que busques el frasco ámbar. Liam debe haberlo dejado en su despacho.
—El señor salió a caminar al jardín para despejarse, el despacho está solo ahora que los guardias cambiaron de turno —susurró Rosa—. Espere, mi niña.
Diez minutos después, Rosa deslizó una bandeja pequeña. Allí estaba la fruta, el almidón y, milagrosamente, el frasco ámbar que ella había logrado recuperar de la mesa de Liam mientras "limpiaba" las copas de cristal.
Elena se puso a trabajar. Sus manos se movían con la destreza de una alquimista. Sabía que los inhibidores cardíacos de origen glucósido, como la digitalis o compuestos similares usados para inducir bradicardias extremas, tenían reacciones químicas específicas al contacto con ciertos ácidos y reactivos de yodo que ella llevaba para desinfectar heridas.
Liam regresó del jardín con la mente nublada. Estaba decidido a llamar a sus abogados. Pero antes, algo lo impulsó a subir a la habitación de Elena. No sabía si era para gritarle o para buscar, desesperadamente, una última pizca de la mujer que le había devuelto la esperanza.
Abrió la puerta de la habitación de Elena con su llave maestra. La encontró arrodillada en el suelo, rodeada de platos con extrañas mezclas de colores. Ella no se inmutó al verlo; ni siquiera se levantó.
—Vete, Liam. Si vienes a decirme que soy una decepción, llega tarde. Ya me lo dijeron tus cámaras editadas —dijo ella, sin levantar la vista de un recipiente donde una solución se estaba volviendo de un azul violáceo intenso.
—Elena, tengo las pruebas del robo. Te vi en las cámaras —dijo Liam, aunque su voz carecía de la convicción de antes al verla tan concentrada, tan... pura en su labor—. ¿Qué demonios estás haciendo en el suelo?
—Estoy haciendo ciencia, Liam. Algo que tú y tus millones de dólares parecen haber olvidado en favor de las apariencias —Elena se puso de pie, sosteniendo un pequeño tubo de ensayo con manos firmes—. Me acusas de ladrona por un broche que tu prometida me plantó, pero te niegas a ver el intento de asesinato que ocurre bajo tu propio techo. Mira esto.
Elena vertió unas gotas de la solución del frasco ámbar en un plato que contenía la mezcla de almidón y yodo. Instantáneamente, la mezcla burbujeó y cambió de color a un negro amarillento, desprendiendo un olor acre, casi metálico.
—Si esto fuera una vitamina, como dice Sabrina, la reacción sería neutra o rosácea por los azúcares y excipientes —explicó Elena, acercándose a Liam hasta que sus pechos casi se tocaban. Su mirada era puro fuego, una mezcla de dolor y desafío—. Pero este color... este negro... es una reacción de alta concentración a los glucósidos cardíacos. Liam, esto es un inhibidor. Es veneno para alguien con la válvula de Ian. Lo que hay aquí dentro es lo que se usa para inducir paros cardíacos controlados en cirugías experimentales. Si Ian toma una dosis más, su corazón se detendrá por completo.
Liam miró el plato. El olor era innegable, y la pasión científica de Elena era tan genuina que le dolió el pecho. Sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—Sabrina me juró que eran sus suplementos personales... —intentó decir Liam, pero su voz se quebró. Se sintió como el hombre más estúpido y ciego del mundo.
—¡Maldita sea, Liam! ¡Deja de ser un CEO y sé un padre de una vez! —Elena lo agarró por las solapas de la camisa, sacudiéndolo con una fuerza que lo sorprendió—. Las cámaras pueden editarse. El dinero puede comprar silencios y falsos testimonios. Pero la química no miente. Tu prometida está matando a tu hijo poco a poco para quedarse con el control absoluto de tu herencia y de tu vida. ¿Vas a dejar que termine el trabajo porque te da miedo el escándalo social?
Liam la miró a los ojos. Vio las ojeras de Elena, vio su desesperación por un niño que no era suyo, y comparó esa imagen con la de Sabrina, que en ese momento probablemente estaba brindando por su victoria. El muro de hielo que Liam había construido alrededor de su corazón se hizo añicos.
—¿Puedes probar esto ante un laboratorio oficial?
—preguntó Liam, su voz volviéndose profunda, peligrosa y cargada de una determinación letal.
—Dame dos horas en un centro de análisis de verdad y tendré un informe que la mandará a prisión por el resto de sus días —respondió Elena, sin soltarlo.
Liam tomó una decisión. En ese instante, eligió. Eligió la verdad, eligió a su hijo y, aunque no lo dijo en voz alta, eligió a Elena. La atrajo hacia él en un gesto impulsivo, apoyando su frente contra la de ella.
—Salgamos de aquí —susurró Liam—. Mi helicóptero personal está listo en la plataforma trasera. Vamos a ese laboratorio. Y Elena... si esto es verdad, juro que nadie volverá a tocarte, y yo mismo me encargaré de que Sabrina Valois desee no haber nacido.
Elena asintió, sintiendo que por fin el aire volvía a sus pulmones. No era solo la victoria profesional; era ver que el hombre que ella empezaba a amar finalmente había roto sus cadenas.
Salieron de la habitación en silencio, evitando a los guardias de seguridad que respondían a Sabrina. Liam le tomó la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza que decía más que mil disculpas. En los pasillos de la mansión, Sabrina observaba desde las sombras del segundo piso, dándose cuenta de que su trampa se estaba desmoronando. Pero Elena y Liam ya no miraban atrás. Corrieron hacia la plataforma, dos almas unidas por un niño y una verdad que estaba a punto de estallar en el cielo nocturno.
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Demuestra que es una persona fiel a sus principios y a sí misma.
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