Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.
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Solo nosotros dos Capítulo 24: Las huellas que dejamos
Un sábado por la tarde, mientras Luca ayudaba a limpiar el cuarto de los recuerdos, encontró una caja vieja que estaba guardada en el fondo del armario, cubierta de polvo. Al abrirla, salieron papeles arrugados, las primeras recetas médicas, el primer dibujo que Mateo hizo cuando apenas se conocían, y una libreta de tapas azules que Lucas había empezado a escribir hacía muchos años.
—¿Qué es esto? —preguntó el niño, levantando la libreta.
Mateo la tomó con cuidado, acariciando la tapa desgastada.
—Es lo que escribí cuando apenas nos estábamos conociendo —dijo Lucas, sentándose junto a ellos—. Escribía todo lo que sentía, todo lo que soñaba, todo lo que tenía miedo de decir en voz alta.
Abrieron la libreta juntos. Las primeras páginas decían: “Hoy vi a un chico bajo la lluvia. Se llama Mateo. Siento que lo conozco de siempre, aunque sea la segunda vez que hablamos. Espero que me deje quedarme en su vida”. Más adelante aparecían frases como: “Tengo miedo de no ser suficiente para él, de no saber cuidarlo como se merece”, y luego, mucho después: “Hoy nos dijo que podría llevar nuestro bebé. El corazón se me salió del pecho de alegría. No sé cómo lo haremos, pero lo haremos juntos. Solo nosotros dos”.
Luca escuchaba todo con los ojos muy abiertos.
—¿De verdad tenían tanto miedo? —preguntó.
—Muchísimo —admitió Mateo—. No sabíamos si el mundo nos dejaría ser felices, si podríamos tenerte, si nos equivocaríamos en el camino. Pero cada miedo lo convertimos en un paso más. Cada duda la hablamos, cada dificultad la superamos agarrados de la mano.
Más tarde, mientras Luca salía a jugar al jardín, Lucas cerró la libreta y la puso en las manos de Mateo.
—Todas esas palabras son tuyas también —le dijo—. Todo lo que escribí fue pensando en ti, en lo que queríamos construir.
Pero esa semana también llegó una noticia que les hizo mirar atrás con gratitud: la escuela donde estudiaba Luca quería poner una placa en el pasillo principal, con las frases que él había dicho en la feria, para que todos los niños aprendieran que hay muchas formas de ser familia.
—¿De verdad quieren hacerlo? —preguntó Mateo cuando se lo contaron.
—Sí —le dijo la directora—. Porque su historia nos enseñó que lo más importante no es cómo es la familia, sino cuánto amor hay dentro de ella.
El día que descubrieron la placa, Luca se puso muy contento. Pero Mateo se quedó mirando las letras un buen rato, pensando en todo lo que habían recorrido: desde el chico que caminaba con miedo por las calles, hasta el hombre que ahora veía cómo su historia ayudaba a otros.
—¿Sabes qué es lo más bonito? —le dijo Lucas mientras volvían a casa—. Que no hemos dejado huellas grandes, ni famosas. Hemos dejado huellas pequeñas, en el corazón de la gente que nos conoce, en ti, en Luca, en quienes necesitaban ver que también se puede ser feliz siendo uno mismo.
—Y la huella más grande es la que tenemos entre nosotros —agregó Mateo, tomándole la mano—. La que empezamos ese día bajo la lluvia, y que nadie podrá borrar nunca.
Esa noche, antes de dormir, Mateo escribió una última frase en la libreta de Lucas: “El camino nunca es fácil, pero se vuelve hermoso cuando lo recorres con la persona que amas. Todo lo que somos, todo lo que tenemos, lo construimos juntos: solo nosotros dos”.