En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 15: El libro de las maldiciones.
La noche avanzaba, pero la sensación de peligro no disminuía; al contrario, parecía haberse instalado en cada rincón de Mar Azul, esperando el momento justo para atacar. Después de esa discusión donde el amor y el odio se habían mezclado hasta doler, Lyssa y Christhian habían regresado a la posada, no porque estuvieran a salvo allí, sino porque necesitaban un lugar cerrado para intentar comprender lo que estaba pasando. Sabían que Serena no descansaría, que su poder seguía fluyendo bajo la luna llena, y que cada minuto que pasaba los acercaba más al momento definitivo.
Lyssa se sentó frente a la mesa de madera, con la luz de una vela temblando entre sus manos. Frente a ella estaba la caja que su madre le había dejado, esa que guardaba todos los secretos de su familia. Christhian permanecía de pie cerca de la ventana, vigilando la oscuridad, con los brazos cruzados y la expresión tensa, como si esperara que las sombras cobraran vida en cualquier momento.
—Hay algo más —dijo Lyssa en voz baja, mientras sus dedos recorrían los documentos y cuadernos que ya había revisado—. Mi madre escribió que aquí estaba todo. Dijo que nuestra antepasada no solo creó la maldición… que también escribió la forma de deshacerla.
Rebuscó en el fondo de la caja, entre papeles amarillentos y cartas atadas con cintas desgastadas, hasta que sus dedos tocaron algo duro, rígido y frío. Lo sacó con cuidado: era un libro pequeño, de tapas oscuras, casi negras, hechas de un material que parecía piel vieja, y con letras grabadas que apenas se distinguían, pero que al contacto le provocaron un escalofrío idéntico al que sentía cuando estaba cerca del mar.
—¿Qué es eso? —preguntó Christhian, acercándose lentamente, atraído como un imán, con los ojos fijos en el objeto.
—El libro de las maldiciones —respondió Lyssa, reconociendo el nombre en la portada, escrito con tinta que había perdido su color, pero no su fuerza—. Lo escribió Marina de la Vega… la mujer que empezó todo.
Lo abrió con mucho cuidado, temiendo que se deshiciera al tocarlo. Las páginas eran gruesas, ásperas, y olían a humedad, a tiempo y a magia antigua. La letra era fina, inclinada, a veces nerviosa, otras veces dura y decidida. A medida que Lyssa leía en voz baja, Christhian se sentó a su lado, inclinándose para ver también, y el aire en la habitación se volvió más denso, cargado de la historia que salía de aquellas hojas.
«Aquí dejo escrito lo que he hecho, para que nadie olvide, y para que algún día, si es posible, lo que rompí pueda ser reparado», decía el comienzo.
«Hace ya muchos años, vivía entre nosotras una mujer hermosa y orgullosa llamada Serena. Amó con toda su alma, pero fue traicionada y abandonada. Su dolor fue tan grande que su corazón se llenó de rabia y deseo de venganza. Yo era su amiga, y por ayudarla, por darle lo que me pedía para cambiar su destino, cometí el error que nos condenaría a todas. Le enseñé los secretos antiguos, le escribí los conjuros para robar poder al mar, para ser más fuerte que cualquier hombre, para que nadie pudiera volver a hacerle daño.»
Lyssa levantó la vista un instante. La historia que conocían cobraba sentido completo. Serena no había nacido así; la habían convertido. Y su familia tenía la culpa directa. Siguió leyendo, con el corazón golpeando fuerte.
«Pero el poder que le di era salvaje, antiguo, y no se deja dominar fácilmente. Ella quiso más de lo que debía. Quiso ser inmortal. Quiso que todo el que la mirara la amara. Quiso que nadie pudiera dejarla nunca. Y al tomarlo todo, al cambiar su forma y su esencia, se convirtió en lo que hoy es: hermosa, sí, pero también cruel, posesiva y eterna. El mar la reclamó como suya, y ella reclamó todo lo que tocaba.»
Christhian apretó los puños sobre la mesa.
—Ella misma me dijo que me había elegido para no estar sola —murmuró con amargura—. Que yo era su compañía. Nunca fue amor… fue soledad y posesión.
Lyssa siguió pasando páginas, buscando lo más importante: el final, la solución. Y allí estaba, bajo un título que hizo que se le helara la sangre: «Del lazo que une y de cómo romperlo».
«Al ver lo que había causado, intenté detenerla, pero ya era demasiado tarde. Su poder era mayor que el mío. Sin embargo, supe que lo que yo había unido con magia, solo podía ser deshecho por quienes llevan mi sangre y por quienes llevan la marca de ella. Porque al intentar frenarla, creé también el vínculo eterno: unir a dos almas, una de mi estirpe y otra de la tierra que ella ama, para que siempre hubiera una posibilidad de equilibrio. Ellos serían su debilidad, y también su mayor tesoro.»
Lyssa miró a Christhian. Ambos entendieron al instante. Eran ellos. Eran esas dos almas. Lo que habían vivido, lo que sentían, todo estaba escrito hacía siglos.
«Para romper la condena, para devolverle su alma a ella y la libertad a todos los que ha tomado, hay solo un camino. No es fácil, ni seguro, y exige un precio alto, porque la magia antigua nunca da nada sin cobrar.»
La respiración de ambos se detuvo. Lyssa leyó despacio, palabra por palabra, lo que parecía ser la única salida, pero que sonaba como una sentencia de muerte.
«El lazo que une a los dos marcados debe ser llevado hasta el final. El amor que ha nacido entre ellos, aunque sea odiado y temido, es la única fuerza capaz de vencerla. Porque ella se alimenta del dolor, de la sumisión y del miedo… pero se debilita ante el amor verdadero, libre y entregado. Solo cuando los dos marcados elijan estar juntos por encima de todo, incluso por encima de su propia vida, el hechizo se romperá.»
Christhian apartó la mirada, con una expresión de horror.
—¿Por encima de la propia vida? —repitió con voz ronca—. ¿Qué significa eso?
Lyssa pasó la página, temblando, y leyó la explicación, las palabras que Marina de la Vega había escrito con lágrimas y remordimiento:
«Para que uno sea libre, el otro debe estar dispuesto a darlo todo. No basta con luchar, no basta con amar. El precio para romper lo que se creó con tanto mal es igual de grande: o bien ambos pagan con su vida para que el resto sea libre… o bien uno de los dos debe entregarse voluntariamente a ella para siempre, renunciando a todo, para que el otro pueda irse y salvar a los demás.»
El silencio en la habitación fue absoluto, pesado, lleno de significados terribles. Dos opciones, ambas horribles. O morir juntos, o sacrificarse uno solo para salvar al otro.
—No puede ser —susurró Christhian, negando con la cabeza, poniéndose de pie de golpe, incapaz de quedarse quieto—. No puede ser que la única salida sea perderte a ti, o perdernos a los dos. Yo ya sabía que estaba condenado, Lyssa. Acepté mi destino hace mucho tiempo. Pero tú… tú viniste buscando a tu madre, buscando la verdad… no vine aquí para que tengas que morir o quedarte encerrada por mi culpa.
Lyssa cerró el libro lentamente, como si al cerrarlo pudiera cerrar también esas palabras terribles, pero sabía que ya estaban grabadas en su mente y en su alma. Lo miró, y en sus ojos ya no había dudas, ni rabias, ni discusiones. Solo había una certeza dolorosa.
—Lo que dice aquí… explica todo —dijo ella con suavidad, acercándose a él, poniendo las manos sobre su pecho, sintiendo los latidos rápidos de su corazón—. Por eso ella nos odia juntos. Por eso nos tortura, nos hace dudar, nos hace sentir amor y odio al mismo tiempo. Ella sabe que, si llegamos a amarnos de verdad, sin miedos, sin dudas… su poder se acaba. Y por eso nos da estas opciones horribles. Quiere que nos destruyamos entre nosotros. Quiere que el miedo nos separe antes de que entendamos que somos su única debilidad.
Christhian le tomó las manos entre las suyas, apretándolas con fuerza, mirándola con desesperación y amor.
—Entonces yo ya sé lo que voy a hacer —dijo él con voz firme, aunque se le quebraba por dentro—. Ya he vivido una vida entera de sufrimiento. Ya no tengo nada que perder. Pero tú… tú tienes una vida fuera, tienes a tu madre a quien salvar, tienes derecho a ser libre. Si hay que pagar un precio… yo lo pagaré. Me quedaré con ella para siempre, si es necesario. O daré mi vida. Pero te sacaré de aquí, Lyssa. Cueste lo que cueste.
Ella negó con la cabeza rápidamente, con lágrimas en los ojos, y lo abrazó con fuerza, escondiendo su cara en su pecho.
—¿Crees que te dejaré hacerlo? —susurró contra su ropa—. ¿Crees que ahora que sé que mi familia causó todo esto, te dejaré cargar tú solo con el precio? Si el amor es la fuerza que nos puede salvar… entonces no voy a elegir salvarme yo. Ni voy a dejar que te sacrifiques tú.
Levantó la vista, mirándolo a los ojos con determinación absoluta, la misma que había llevado a su antepasada a crear todo esto, pero usada ahora para intentar arreglarlo.
—Tenemos que encontrar otra forma —dijo ella—. Marina escribió que estas eran las opciones, pero ella también escribió que el amor es más fuerte. Si ella pudo crear magia nueva hace siglos… nosotros podemos cambiar las reglas ahora mismo. No vamos a morir. Y no vamos a entregarnos. Vamos a usar este vínculo, este amor que nos duele y nos une, para vencerla. Y le vamos a demostrar que el amor no es un precio que hay que pagar… sino la única llave que puede abrir cualquier puerta, incluso la de su prisión.
Fuera, el mar rugía más fuerte que nunca, y la luna llena brillaba con esa luz roja que presagiaba el final de la noche. Pero dentro de esa habitación, frente a ese libro antiguo de maldiciones, Lyssa y Christhian entendieron algo definitivo: su destino estaba escrito, sí… pero ellos serían quienes decidieran cómo cumplirlo. Y si el precio era alto, lo pagarían juntos, unidos, tal como lo estaban ahora, dispuestos a enfrentarse a la propia muerte con tal de no separarse.