Todo Por Mi Infancia
Una infancia arrebatada, una verdad oculta y una batalla que dura toda la vida. Isaac cuenta su camino desde la inocencia hasta la madurez, enfrentando pérdidas irreparables, traiciones y peligros que amenazan con acabar con todo lo que ama. Una historia de amor, lealtad y esperanza: porque incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay motivos para seguir adelante.
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Capítulo 1: Los 6 años
Me llamo Isaac. Tengo 17 años ahora, pero esta historia parte cuando tenía 6. Y no, mi infancia no fue buena.
Soy el mayor de tres hermanos. Todos por parte de mi mamá. No compartimos papá entre todos, pero en mi casa nadie preguntaba. Éramos cuatro contra el mundo, y yo era el que tenía que entender primero.
A los 6 vivíamos en una casa chica , con las paredes manchadas de humedad. Mi mamá trabajaba todo el día limpiando casas ajenas. Mis dos hermanos chicos eran mi responsabilidad cuando ella no estaba. Mi hermano Tomás tenía 4 y mi hermana Luna tenía 2.
Ese año entendí que ser el mayor significa comer último. Si alcanzaba para pan, yo tomaba solo un pedazo. Si había leche, yo tomaba agua. No era por héroe. Era porque si Tomás o Luna lloraban de hambre, yo no aguantaba.
Me acuerdo de mi mochila. Era azul, pero ya desteñida. Me la había pasado un primo. Un día se me rompió un cuaderno y no había plata pa' otro. Así que arranqué hojas de atrás y las pegué con engrudo que hizo mi mamá con harina. En el colegio se rieron. El profe me dijo "flojito". Yo no dije nada. Aprendí que explicar duele más que aguantar.
Mi papá todavía vivía con nosotros ese año. Pero era como un mueble que gritaba. Llegaba enojado, tomaba, y se iba. No pegaba, pero su silencio pesaba más que los golpes. A los 6 yo ya sabía contar los días en que no estaba, porque esos días mi mamá respiraba mejor.
El primer problema que resolví solo fue cuando Tomás se cayó y se abrió la ceja. Sangraba harto. Mi mamá estaba trabajando. Yo, con 6 años, le puse un trapo limpio, lo apreté fuerte y le dije que soplara como dragón pa' que no le doliera. Lo llevé a la posta caminando, tomados de la mano. La enfermera me miró raro, pero nos atendió. Esa noche entendí que nadie iba a venir a salvarnos si yo no movía los pies.
En las noches sin luz, yo les inventaba cuentos a Tomás y Luna. No de príncipes. De cabros que encontraban monedas en la calle y compraban pan. Ellos se reían. Yo me quedaba despierto mirando el techo, pensando cómo conseguir esas monedas de verdad.
A los 6 años no jugaba. Sobrevivía. Y prometí que si alguna vez podía cambiar algo, iba a cambiarlo todo. Porque ser el mayor no se elige. Se aguanta.
Mi mamá llegaba cansada y yo le quitaba la bolsa de las manos. Le servía té de hierbas, porque era lo único caliente que teníamos a veces. Ella me miraba y me decía "gracias, mi grande". Yo tenía 6, pero ella me hablaba como si tuviera 20. Eso me hacía sentir importante y viejo al mismo tiempo.
Tomás y Luna dormían juntos en una colchoneta en el suelo. Yo me quedaba despierto pa' taparlos si hacía frío. Una vez se metió un ratón y Luna gritó. Yo lo saqué con una escoba, temblando, pero sin gritar. Si yo tenía miedo, ellos tenían miedo el doble. Así que aprendí a esconder el susto.
En el colegio me daban desayuno gratis. Yo me comía la mitad y guardaba la otra mitad en una bolsa de nylon, en la mochila. En la tarde, cuando salíamos, partía el pan en tres y se lo daba a mis hermanos. Decía que ya había comido. Era mentira, pero era la única forma de que no pasaran hambre esa tarde.
A los 6 también entendí qué era la soledad. No la de estar solo en una pieza. La de cargar cosas que los adultos no cargaban por ti. Era ver a mi mamá contar monedas en la mesa de la cocina y hacer como que no miraba. Era ver a mi papá irse sin despedirse. Era saber que si yo me quebraba, nadie me iba a pegar con cinta.
Por eso ese año me hice una promesa más chica, pero más real: voy a ser fuerte. Aunque me tiemble todo. Aunque tenga hambre. Aunque tenga miedo. Porque Tomás y Luna me miran a mí. Y yo no los puedo fallar.