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LA PROMETIDA DEL ENEMIGO

LA PROMETIDA DEL ENEMIGO

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / Hombre lobo / CEO
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Ocampo

Bienvenidos a La Prometida del Enemigo. 🖤

Dos familias enfrentadas. Un matrimonio arreglado. Un secreto oculto durante años.

Lo que comienza como una unión por obligación se convertirá en una historia de amor, traición, poder y venganza. Nada es lo que parece, y cada capítulo revelará una nueva verdad.

¿Están listos para descubrir quién es realmente la prometida del enemigo?

NovelToon tiene autorización de Giulian Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11 – El reloj de las 8:17

La grieta apenas era visible.

Tan fina que cualquiera habría pensado que era una simple imperfección de la madera.

Pero Valeria no podía dejar de mirarla.

—¿Pasa algo? —preguntó Adrián al notar que ella se había detenido frente al viejo reloj.

Valeria dudó unos segundos.

No estaba segura de lo que había visto.

—Creo... que ese reloj acaba de moverse.

Adrián observó las agujas inmóviles.

Marcaban exactamente las 8:17.

Las mismas que aparecían una y otra vez en las notas anónimas.

—Debe ser tu imaginación.

Ella negó lentamente.

—No.

Estoy segura de que escuché un ruido.

Víctor se acercó con gesto serio.

—Ese reloj lleva más de veinte años sin funcionar.

—¿Nunca intentaron repararlo? —preguntó Valeria.

El patriarca respondió sin apartar la vista del reloj.

—Algunas cosas es mejor dejarlas como están.

Aquella respuesta despertó aún más curiosidad en Valeria.

¿Por qué un simple reloj era tan importante para esa familia?

Más tarde, cuando todos abandonaron el despacho, Valeria caminó por los jardines para despejar su mente.

El aire fresco de la noche la ayudaba a ordenar sus pensamientos.

—¿Puedo acompañarte?

Era Adrián.

Ella sonrió apenas.

—Mientras no empieces a decirme que vuelva a la habitación...

—No lo haré.

Caminaron en silencio.

Por primera vez desde la boda, aquel silencio no resultaba incómodo.

Solo se escuchaba el sonido del agua de la fuente y el canto lejano de algunos grillos.

—¿Siempre sos tan desconfiado? —preguntó Valeria.

Adrián sonrió de lado.

—¿Siempre hacés preguntas difíciles?

Ella soltó una pequeña risa.

—No respondiste.

Él respiró hondo.

—Aprendí a ser así.

—¿Por culpa de tu familia?

Adrián tardó varios segundos en contestar.

—Digamos que crecer aquí me enseñó que confiar demasiado puede salir muy caro.

Valeria lo miró con atención.

Era la primera vez que él hablaba un poco sobre sí mismo.

No dio detalles.

Pero aquella pequeña confesión bastó para comprender que el hombre frío que todos conocían también cargaba con heridas.

Al regresar a la mansión encontraron a Ernesto esperándolos.

—Señor Adrián.

—¿Qué ocurre?

—Uno de los jardineros encontró algo enterrado cerca del invernadero.

Los tres caminaron rápidamente hasta el lugar.

Un pequeño grupo de empleados rodeaba un viejo cofre de madera cubierto de tierra.

Parecía llevar muchos años oculto.

—¿Lo abrieron? —preguntó Adrián.

—No, señor.

Esperábamos sus instrucciones.

Valeria observó el cofre.

En la tapa había un símbolo tallado.

Era exactamente el mismo que había visto en el colgante de plata y en el sello del sobre encontrado en la torre.

Sintió un escalofrío.

—Ese símbolo otra vez...

Adrián también lo reconoció.

—Llévenlo al despacho.

Nadie lo abrirá aquí.

Los guardias levantaron cuidadosamente el pequeño cofre.

Mientras se alejaban, Valeria notó algo que los demás no vieron.

Debajo del lugar donde había estado enterrado sobresalía una esquina de tela.

Se agachó con cuidado.

Era un pequeño pañuelo blanco, antiguo y delicadamente bordado.

En una de sus esquinas había dos iniciales:

V. R.

Valeria frunció el ceño.

No entendía por qué, pero al tocar aquella tela sintió una emoción imposible de explicar.

Como si un recuerdo muy lejano intentara abrirse paso en su memoria...

Y justo cuando estaba por mostrarle el pañuelo a Adrián, una voz desconocida resonó detrás de ellos.

—No deberías tocar cosas que estuvieron enterradas tanto tiempo...

Porque algunas jamás debieron volver a salir a la luz.

Valeria se giró de inmediato.

A pocos metros de ella estaba un anciano de cabello completamente blanco. Vestía el uniforme de jardinero y sostenía una pala entre las manos. Su rostro estaba surcado por arrugas profundas y sus ojos transmitían una mezcla de preocupación y nostalgia.

—¿Usted dijo eso? —preguntó Valeria.

El hombre asintió lentamente.

—Sí, señora.

Adrián dio un paso al frente.

—¿Quién es usted?

Ernesto apareció detrás de ellos.

—Señor, él es Don Ricardo. Trabaja en los jardines desde antes de que usted naciera.

Adrián lo observó con atención.

—¿Por qué dijo que algunas cosas no debieron salir a la luz?

Don Ricardo bajó la mirada.

—Porque esta tierra guarda demasiados recuerdos.

Valeria sostuvo el pañuelo entre sus manos.

—¿Conoce esto?

El anciano empalideció apenas lo vio.

—¿Dónde lo encontró?

—Debajo del cofre.

Don Ricardo respiró hondo.

—Hace muchos años... ese pañuelo pertenecía a una mujer que venía seguido a los jardines.

—¿Quién era?

El jardinero negó con tristeza.

—No puedo decirlo.

—¿Por qué?

—Porque hice una promesa.

Adrián frunció el ceño.

—¿A quién?

El anciano levantó la vista, pero antes de responder miró discretamente hacia la mansión.

Como si temiera que alguien pudiera escucharlo.

—Hay promesas que ni el paso del tiempo permite romper, señor.

El grupo regresó al despacho con el pequeño cofre.

Víctor ya los esperaba.

Su mirada se detuvo inmediatamente en el barro que aún cubría la madera.

—¿Lo encontraron en el invernadero?

—Sí —respondió Adrián.

—¿Alguien lo abrió?

—No.

Víctor asintió con aprobación.

—Bien.

Apoyaron el cofre sobre el escritorio.

Todos permanecieron alrededor en absoluto silencio.

Valeria no podía apartar la vista del extraño símbolo tallado en la tapa.

Era el mismo que aparecía una y otra vez desde su llegada a la mansión.

—Abrilo —ordenó finalmente Víctor.

Adrián introdujo una pequeña herramienta entre la tapa y la cerradura.

Con un leve chasquido, el viejo mecanismo cedió.

La tapa se abrió lentamente.

Dentro no había joyas.

Ni dinero.

Solo una caja de música, una llave antigua y un sobre amarillento atado con una cinta azul.

Valeria sintió un escalofrío.

Todo parecía demasiado personal.

Demasiado cuidadosamente guardado.

Adrián tomó primero la caja de música.

Al darle cuerda, una melodía suave comenzó a llenar el despacho.

Era una canción hermosa.

Extrañamente familiar.

Valeria cerró los ojos por un instante.

Una imagen fugaz cruzó su mente.

Un jardín.

Una mujer riendo.

Un columpio moviéndose con el viento.

Abrió los ojos sobresaltada.

La visión había desaparecido.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián.

Ella tardó unos segundos en responder.

—Sí... creo que sí.

No quiso contar lo que había sentido.

Ni siquiera ella podía explicarlo.

Víctor tomó el sobre con cuidado.

La cinta azul estaba gastada por los años.

En el frente solo había una inscripción escrita a mano.

"No abrir hasta que llegue el momento."

El patriarca permaneció inmóvil.

Isabella lo observó con preocupación.

—Víctor...

Él dejó el sobre nuevamente sobre la mesa.

—Todavía no.

Camila soltó una risa irónica.

—¿En serio? Después de todo lo que está pasando, ¿todavía pensás esperar?

Víctor la miró con dureza.

—Hay decisiones que me corresponden solo a mí.

Camila desvió la mirada, claramente molesta.

Valeria notó ese gesto.

Cada vez estaba más convencida de que Camila sabía mucho más de lo que demostraba.

La reunión terminó entrada la noche.

Valeria regresó a su habitación con el pañuelo cuidadosamente guardado entre sus pertenencias.

Antes de acostarse volvió a observar las iniciales bordadas.

V. R.

—¿Quién sos...? —susurró.

En ese momento alguien golpeó suavemente la puerta.

Era Lucía.

—Perdón por la hora, señora.

—No te preocupes. ¿Qué pasó?

La joven parecía nerviosa.

Miró hacia el pasillo antes de hablar.

—Mientras limpiaba el ala antigua de la casa... encontré esto.

Le entregó una pequeña llave de bronce.

Valeria la reconoció de inmediato.

Era idéntica a la que aparecía dibujada en el viejo plano encontrado en la torre.

—¿Dónde estaba?

—Detrás de un cuadro.

Nadie la había visto.

Valeria tomó la llave con cuidado.

—Gracias, Lucía.

Y por favor... no le cuentes a nadie que me la encontraste.

La empleada dudó un instante.

Después asintió.

—Puede confiar en mí.

Cuando Lucía salió de la habitación, Valeria volvió a cerrar la puerta.

Colocó la llave sobre la mesa de noche, junto al pañuelo y la fotografía antigua.

Sin darse cuenta, acababa de reunir tres piezas del mismo misterio.

Pero había alguien observando desde el otro lado de la puerta entreabierta.

Una figura permanecía inmóvil en el pasillo.

No intentó entrar.

Solo sonrió levemente.

Y antes de desaparecer en la oscuridad, murmuró en voz tan baja que nadie pudo oírla:

—Cada vez estás más cerca de la verdad, Valeria...

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