Su primer destino fue servir a la corona. murió por ello. Ahora, con su segunda oportunidad, Auren cumplirá su sueño y conocerá lo que es el amor
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Capitulo 17
Los días posteriores al incendio transcurrieron con una calma extraña.
La ciudad seguía con su ritmo habitual, los comerciantes abrían sus negocios desde temprano y las calles del distrito comercial poco a poco recuperaban el bullicio de siempre. Sin embargo, cada vez que Auren pasaba cerca del terreno donde antes se alzaba La Tijera de Oro, el silencio volvía a instalarse dentro de ella.
Las ruinas seguían allí.
Algunos obreros habían retirado parte de la madera quemada, pero el lugar continuaba siendo un recuerdo doloroso de todo lo que había perdido.
Auren iba todas las mañanas.
No sabía exactamente por qué.
Tal vez porque aún le costaba aceptar que el edificio ya no existía.
Tal vez porque necesitaba despedirse de aquel capítulo de su vida.
Martin y Elena nunca intentaron impedírselo.
La acompañaban desde cierta distancia, esperando pacientemente hasta que ella decidía regresar a casa.
Una tarde, mientras compartían una comida sencilla alrededor de la vieja mesa de madera, el ambiente permanecía inusualmente silencioso.
Auren apenas había probado el pan.
Miraba el plato sin verdadero interés.
Elena dejó lentamente la taza sobre la mesa.
Intercambió una mirada con Martin.
Él comprendió inmediatamente.
Habían hablado de aquello durante dos noches enteras.
Era momento de decirlo.
Martin aclaró suavemente la garganta.
—Auren.
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
El hombre permaneció unos segundos pensando cómo comenzar.
Finalmente habló con sinceridad.
—Tu madre y yo tomamos una decisión.
Auren notó la seriedad en su voz.
—¿Ocurrió algo?
Elena negó despacio.
—No.Precisamente queremos evitar que ocurra.
La joven frunció ligeramente el ceño.
Martin apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Nos iremos del reino.
Auren quedó completamente inmóvil.
—¿Qué...?
—Nos marcharemos.
Ella creyó haber escuchado mal.
—¿Dejar el reino?
—Sí.
El silencio volvió a extenderse.
Auren observó a sus padres alternativamente.
Ninguno parecía dudar.
Comprendió que hablaban completamente en serio.
—¿Por qué?
Martin respondió sin rodeos.
—Porque aquí ya no tendremos paz.
Ella bajó lentamente la mirada.
—Todo esto ocurrió por mi culpa.
Elena negó inmediatamente.
—No vuelvas a decir eso.
—Si yo no hubiera rechazado...
—Auren.
La voz de Martin fue firme. Ella volvió a levantar la cabeza.
—No nos iremos por miedo. Nos iremos porque no pensamos entregar nuestra tranquilidad a un hombre como ese.
La joven permaneció en silencio.
Martin continuó.
—Hoy incendió un taller. Mañana puede buscar otra manera de presionarte.
No sabemos hasta dónde está dispuesto a llegar.
Y nosotros tampoco pensamos quedarnos esperando para averiguarlo.
Elena tomó con cariño la mano de su hija.
—Vivimos muchos años felices. Construimos un hogar. Criamos a una hija maravillosa. Si tenemos que empezar otra vez, lo haremos. No nos asusta trabajar. Ya lo hicimos antes.
Auren sintió un nudo en la garganta.
—Pero perderán todo por mi culpa.
Martin sonrió con paciencia.
—¿Qué todo?
Ella abrió ligeramente la boca.
No encontró respuesta.
El hombre continuó.
—Nuestra casa es pequeña. Nuestros muebles son sencillos. Nuestro dinero nunca fue abundante. Todo eso puede recuperarse.
Después señaló primero a Elena y luego a Auren.
—Nuestra familia está sentada en esta mesa.
Mientras eso no cambie, seguimos teniéndolo todo.
Las lágrimas comenzaron a llenar nuevamente los ojos de Auren.
Elena acarició suavemente su mano.
—No queremos que cada vez que salgas de casa tengas miedo de encontrarte con ese hombre. No queremos que vivas esperando cuál será su siguiente movimiento. No queremos verte apagándote poco a poco.
Auren bajó la cabeza.
Sabía que tenían razón.
Desde el incendio apenas podía dormir.
Cada ruido durante la noche la hacía abrir los ojos.
Cada carruaje que pasaba frente a la casa aceleraba su corazón durante unos segundos.
Había intentado ocultarlo.
Sus padres lo habían notado desde el principio.
Martin volvió a hablar.
—Recuerdo algo que dijiste cuando eras niña.
Ella levantó ligeramente la mirada.
—¿Qué cosa?
—Que solo querías una vida tranquila.
El hombre sonrió.
—Pues iremos a buscarla.
Elena dejó escapar una pequeña risa.
—Y esta vez procuraremos elegir un lugar donde nadie quiera incendiar talleres.
Auren terminó sonriendo entre lágrimas.
Aquella broma sencilla alivió un poco el peso que llevaba encima.
Respiró profundamente.
—¿Ya pensaron adónde iremos?
Martin asintió.
—Al otro lado de la frontera. Tengo a un viejo amigo que emigró hace muchos años. Nos escribió varias veces invitándonos. Quizá llegó el momento de aceptar su invitación.
Auren permaneció pensativa.
Abandonar el reino significaba dejar atrás todo.
Los recuerdos buenos.
Los malos.
La tumba de Ernest.
Las calles donde aprendió a crecer.
El taller.
Greta.
Sus antiguas empleadas.
Todo.
Sintió tristeza.
Pero también una inesperada sensación de alivio.
Tal vez alejarse era exactamente lo que necesitaban.
Miró nuevamente a sus padres.
—¿De verdad están seguros?
Martin respondió sin vacilar.
—Completamente.
Elena sonrió.
—¿Y tú?
Auren permaneció unos segundos en silencio.
Después asintió lentamente.
—Sí. Creo que ya es hora de dejar este lugar atrás.
Aquella misma tarde comenzaron los preparativos.
La casa era pequeña.
No poseían demasiadas pertenencias.
Guardaron únicamente aquello que realmente necesitaban.
Auren abrió una pequeña caja de madera donde conservaba los recuerdos más importantes de su vida.
Las tijeras doradas que Ernest le regaló.
El dedal ennegrecido rescatado entre las cenizas.
Algunos bocetos que casualmente había llevado a casa días antes del incendio.
Los sostuvo unos segundos.
Después los acomodó cuidadosamente dentro del equipaje.
Elena apareció en la puerta.
—¿Lista?
Auren cerró la caja.
—Sí.
La mujer observó las tijeras.
Al día siguiente visitaron por última vez el terreno donde estuvo La Tijera de Oro.
Auren permaneció varios minutos contemplándolo.
No lloró.
Simplemente observó.
Después hizo una pequeña inclinación de cabeza.
Era suficiente.
Al girarse, encontró a Greta esperándola.
La mujer cruzó los brazos.
—Sabía que vendrías.
Auren sonrió apenas.
—Siempre adivinas mis planes.
—¿Por que no?
Greta dio unos pasos hacia ella.
—Escuché que te marchas.
—Sí.
Hubo un breve silencio.
Greta respiró profundamente antes de abrazarla.
—Entonces ve. No mires atrás. Construye otro taller. Hazlo aún mejor. Y cuando seas famosa en ese nuevo país...
Sonrió con picardía.
—No olvides invitarme.
Auren dejó escapar una pequeña risa.
—Jamás podría olvidarte.
Greta le entregó un pequeño paquete envuelto en tela.
—Ábrelo cuando cruces la frontera.
—¿Qué es?
—Si te lo digo ahora, perderá la gracia.
Las dos volvieron a abrazarse.
No hicieron falta más palabras.
Las despedidas siempre eran difíciles.
Horas después, un carruaje sencillo abandonó la ciudad.
Dentro viajaban Martin, Elena y Auren.
Ninguno habló durante el primer tramo del camino.
Cada uno observaba por la ventana los paisajes que habían formado parte de su vida durante tantos años.
Al acercarse a la frontera, el carruaje disminuyó la velocidad.
Los guardias revisaron rápidamente la documentación.
Después levantaron la barrera de madera.
—Buen viaje.
Martin agradeció con una inclinación de cabeza.
El carruaje volvió a avanzar.
Las ruedas cruzaron lentamente el límite entre ambos países.
Auren giró la cabeza por última vez.
A lo lejos apenas podía distinguir las montañas que rodeaban el reino donde había nacido dos veces.
Respiró profundamente.
Después abrió el pequeño paquete que Greta le había entregado.
Dentro había una cinta métrica nueva y una nota escrita con su letra desordenada.
“Donde vuelvas a coser, también estará un pedazo de nuestra familia"
Auren sonrió mientras una lágrima recorría lentamente su mejilla.
Guardó la nota junto a las tijeras doradas y volvió a cerrar la caja con cuidado.