Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 16 El rostro lastimado de doña Alicia
Doña Alicia estaba en la cocina, sentada en un taburete de madera, con un trapo húmedo sobre la cara.
La nariz había dejado de sangrar, pero el labio partido aún goteaba un hilo rojo que ella secaba con el dorso de la mano.
Un ojo se le estaba hinchando, amoratándose en los bordes.
Sabina entró sin hacer ruido. Se acercó a la cocinera, le levantó la barbilla con dos dedos y giró su rostro hacia la luz de la lámpara. Examinó los moretones, la hinchazón, los cortes.
—Te dio duro ese maldito —dijo, con una frialdad que apenas ocultaba su furia.
—No es nada, señora —respondió doña Alicia, intentando sonreír, pero el gesto le arrancó un gemido de dolor—. Ya me ha pasado antes con hombres así. Se me quita en unos días.
—No es nada —repitió Sabina, con amargura—. Claro que no es nada. Como no es nada que un tipo de esos entre a mi casa, golpee a la mujer que cuida de mi hermano, e intente llevarse a un niño. Todo muy normal.
Se apartó, fue a un armario y sacó una botella de alcohol de caña y un paño limpio. Mojó el paño y se lo tendió a doña Alicia.
—Límpiate bien. El alcohol desinfecta, aunque arda.
La cocinera obedeció, haciendo muecas de dolor mientras el líquido le quemaba las heridas.
—Señora —dijo después de un momento, bajando la voz—. Escuché algo que no me gustó.
—Dime.
—Mientras ese hombre me golpeaba, su esposa, su hermana, hablaba con el niño. Le decía que tenía que irse con ellos porque usted no era su verdadera hermana, que usted lo había robado, que las tierras de su padre... de su padre biológico, decía... le correspondían a un varón. Y que usted no era nadie para reclamarlas.
Sabina apretó los puños. Las uñas se le clavaron en las palmas.
—¿Algo más?
—Dijo algo de un documento. Que sus hermanos, los varones, los que viven en la capital, ya habían firmado algo. Un desistimiento, creo. O una cesión. No entendí bien. Pero ella decía que ahora solo faltaba tener al niño para reclamar las tierras de su padre. Y que después... después el niño podría ir a un internado. O a un orfanato.
Sabina guardó silencio durante varios segundos. Su rostro era una máscara inexpresiva, pero en su interior bullía un volcán.
—Gracias, doña Alicia —dijo al fin—. Gracias por proteger a Abel.
—No me lo agradezca, señora. Ese niño es un sol. Yo daría la vida por él.
—Ya veo que sí. Pero no hará falta. Yo me encargaré de que nunca vuelvan a ponerle un dedo encima.
Doña Alicia asintió, aunque en sus ojos había una sombra de duda. Conocía a Sabina desde que llegó a la finca.
Sabía de lo que era capaz. Pero también sabía que los Roca eran muchos, que tenían contactos en la ciudad, abogados, dinero. Y que Sabina, a pesar de su fortuna, estaba sola.
*_*
El sol se había puesto hacía una hora. La luna no había salido aún, y la oscuridad envolvía la casona como un manto pesado.
Sabina estaba en la biblioteca, repasando los papeles de la herencia, buscando algún resquicio legal por donde su hermana pudiera colarse.
Fue entonces cuando escuchó el ruido.
Ruedas. Cascos de caballo. El crujido de una carreta acercándose por el camino de tierra.
Sabina se levantó de inmediato y fue a la puerta principal. No encendió ninguna lámpara. Prefirió la oscuridad.
Asomó la cabeza y vio una silueta familiar: una carreta pequeña, tirada por un solo caballo, con una lona a rayas que cubría la carga.
—No puede ser —murmuró.
La carreta se detuvo frente a la casona.
Una mujer regordeta, de cabello canoso recogido en un moño y una sonrisa enorme que iluminaba la noche, bajó del pescante con una agilidad impropia de su edad.
Llevaba un vestido de flores descolorido, un delantal de cuadros y unas alpargatas viejas.
En una mano sostenía una canasta de mimbre, y en la otra, un bastón que usaba más para adornar que para apoyarse.
—¡Mi niña! —exclamó, caminando hacia la puerta con los brazos abiertos.
Sabina salió al encuentro. Por primera vez en todo el día, su rostro se suavizó. La máscara de la viuda Montenegro, esa armadura que usaba para enfrentar al mundo, se resquebrajó apenas un instante.
—Tía Martina —dijo, y su voz sonó más dulce, más joven, casi como la de una niña.
Se abrazaron en el umbral. La mujer mayor apretó a Sabina contra su pecho con una fuerza que desmentía su edad. Olía a canela, a tierra mojada y a tabaco de hoja.
—Ya me enteré de todo —dijo Martina, separándose para mirar a su sobrina a los ojos—. Mercedes vino a la capital a presumir que iba a recuperar las tierras de su padre. Como si esas tierras les importaran a alguno de ustedes. Pero yo no me quedé quieta. Agarré mi carreta y me vine. Tardé tres días, pero aquí estoy.
—¿Cómo te enteraste tan rápido? —preguntó Sabina, aún sorprendida.
—El pueblo habla, mi niña. Y yo tengo orejas hasta en los pozos de los puercos. Además, tu hermana es tan estúpida que fue a celebrar con mis vecinas. Creyó que yo estaba dormida. Pero Martina Roca no duerme cuando hay peligro en su familia.
Sabina sonrió. Era una sonrisa pequeña, apenas un esbozo, pero genuina.
—Pasa, tía. Doña Alicia está en la cocina. Aunque hoy no es el mejor día para visitas.
—Por eso mismo vine —dijo Martina, entrando con la canasta al hombro—. Porque cuando las cosas están mal es cuando la familia debe aparecer. No cuando todo es fiesta y flores.
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