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La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

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Capítulo 3: Promesas sin firmar

El lunes llegó más lento que nunca. César pasó el domingo entero mirando la tarjeta de presentación como si fuera un mapa del tesoro. La había puesto sobre la mesa de la cocina, junto al salero y la taza rota que Laura usaba para guardar los cubiertos. Cada vez que pasaba por el lado, la rozaba con la yema de los dedos para asegurarse de que era real.

Laura notó su nerviosismo. Lo vio dar vueltas por la casa, afinar la guitarra tres veces, ensayar en voz baja mientras lavaba los platos. No preguntó. Ella había aprendido hace años que las preguntas a veces duelen más que las mentiras. Pero esa noche, antes de dormir, le dijo: "Hijo, lo que sea que tengas en la cabeza, que no te dé miedo. El miedo es mal consejero."

César durmió con esas palabras en los oídos.

El lunes a las ocho de la mañana, con el primer sol asomando entre las láminas de zinc, caminó hasta la tienda de la esquina donde don Pepe tenía un teléfono público. Marcó el número de la tarjeta con los dedos sudorosos. Sonó tres veces. Contestó una voz femenina, seca y eficiente: "Melodía Records, buenos días, ¿con quién hablo?"

"Soy César Mora. El señor Mauricio Vega me dijo que llamara el lunes. Por lo de la audición."

Un silencio breve. Teclas de computador. Luego la voz femenina dijo: "Un momento, por favor."

Pasaron treinta segundos eternos. Al otro lado, alguien levantó el teléfono. Era Mauricio. Su voz sonaba más cálida que en la audición, como si hubiera estado esperando esa llamada. "¡César! Qué bueno que llamaste. Mira, quiero que vengas a la oficina el miércoles. Tenemos que hablar de algo importante. ¿Puedes?"

César sintió el corazón en la garganta. "Sí, claro. ¿A qué hora?"

"Diez de la mañana. Te espero."

Colgaron. César pagó los tres pesos de la llamada con la mano temblorosa y salió de la tienda caminando en el aire. El miércoles. Tenía dos días. Dos días para conseguir el dinero del pasaje otra vez. Dos días para pedir permiso en el mercado. Dos días para decirle a su madre que tal vez, solo tal vez, las cosas iban a cambiar.

El martes en la noche, Laura lo encontró sentado en el borde de la cama, repasando las cuerdas de la guitarra con un trapo viejo. Se sentó a su lado. "Hijo, ¿vas a decirme qué pasa o me voy a morir sin saber?"

César respiró hondo. Le contó todo: la audición, la canción, la tarjeta, la llamada, la cita del miércoles. Laura escuchó en silencio, con las manos cruzadas sobre el regazo. Cuando él terminó, ella se quedó mirando la pared descascarada. Por un momento, César temió que fuera a decirle que dejara de soñar, que eso no era para gente como ellos, que se centrara en trabajar.

Pero Laura dijo: "¿Cuánto cuesta el pasaje?"

"Ciento veinte pesos, ida y vuelta."

Ella se levantó, fue a la cocina, levantó la olla de arroz y debajo había una bolsa de plástico anudada. Desató los nudos con lentitud, como quien desempaca un recuerdo. Sacó billetes arrugados y monedas oxidadas. Los contó dos veces. Luego se los tendió a César.

"Son ciento treinta. Te sobran diez para comer algo."

César negó con la cabeza. "Mamá, eso es lo de la luz, lo de las medicinas de Sofía..."

Laura puso los billetes en su mano y cerró los dedos de él sobre ellos. "La luz puede esperar. Las medicinas de Sofía ya las pagué con lo que me prestó doña Clara. Esto es para ti. Ve y demuéstrales de qué estás hecho."

César sintió un nudo en la garganta. Abrazó a su madre con fuerza, como no lo hacía desde que era niño. Laura le acarició el pelo y le dijo: "Ahora ensaya, que no vayas a desafinar delante de esos señores."

El miércoles a las nueve y media, César ya estaba frente al edificio blanco de Melodía Records. Llegó temprano por miedo a perder el autobús, al tráfico, a su propio terror. Se quedó mirando el letrero azul durante media hora, respirando hondo, repasando las letras de sus canciones en la cabeza. A las diez en punto, empujó la puerta de vidrio.

La recepción era más pequeña de lo que imaginaba. Una mujer joven, la misma de la llamada, lo miró por encima de sus gafas. "¿César? Pasa, Mauricio te espera." Lo guió por un pasillo estrecho, flanqueado por fotos de artistas que César no conocía. Llegaron a una oficina con ventanas que daban a la calle. Mauricio estaba detrás de un escritorio de madera oscura, con una taza de café humeante en la mano. Había otro hombre sentado en un sillón de cuero. Era el de la barba de la audición, el que había estado mirando el teléfono. Su nombre, supo después, era Ramiro.

"Pasa, siéntate", dijo Mauricio, señalando una silla frente al escritorio. César se sentó, con la guitarra apoyada en sus piernas. Las manos le sudaban.

Mauricio lo miró con esos ojos que parecían sonreír incluso cuando no lo hacían. "César, voy a ser directo. Me gustó lo que escuché el sábado. Me gustó mucho. Pero aquí no se trata solo de talento. Esto es un negocio. Y los negocios requieren compromiso."

César asintió, aunque no entendía del todo.

"Te ofrezco un contrato de desarrollo artístico. Son seis meses. Nosotros te damos entrenamiento vocal, clases de imagen, acceso a nuestro estudio de grabación, y te ayudamos a producir un demo profesional. Al final de los seis meses, si todo sale bien, firmamos un contrato discográfico formal."

El corazón de César latía tan fuerte que creyó que iba a romperse. "¿Y yo qué tengo que hacer?"

Mauricio sonrió. "Tú solo tienes que hacer lo que sabes: cantar. Y confiar en nosotros."

Ramiro habló por primera vez. Su voz era más grave, más seria. "Hay una cláusula de exclusividad. Durante los seis meses, no puedes presentarte en ningún otro lugar sin nuestra autorización. Ni en bares, ni en fiestas, ni en la calle. Tu música nos pertenece mientras dure el contrato."

César parpadeó. No le sonó bien, pero pensó que era normal. Las reglas de los negocios, decían. Él no sabía de negocios.

Mauricio deslizó un documento por el escritorio. Era un pliego de varias páginas, con letra pequeña, lleno de términos que César no entendía. "Léetelo con calma. Pero te adelanto que no hay ningún truco. Es un contrato estándar. La mayoría de los artistas empiezan así."

César lo tomó con manos temblorosas. Miró la última página, donde decía "Cantidades y regalías". Había números, porcentajes, algo llamado "recuperación de inversión". No entendía la mitad. Pero al final, decía que él recibiría un anticipo de mil pesos al firmar. Mil pesos. Eso era más de lo que su madre ganaba en un mes.

Mil pesos podían comprar la medicina de Sofía, pagar la luz atrasada, comprar zapatos nuevos para Camila, arreglar la ventana rota. Mil pesos eran un sueño dentro del sueño.

"¿Puedo llevármelo a mi casa para leerlo?", preguntó César, con una timidez que sonó a disculpa.

Mauricio y Ramiro intercambiaron una mirada rápida. Mauricio negó con la cabeza, pero con una sonrisa amable. "Lo siento, César. El contrato es confidencial. No puede salir de la oficina. Pero te lo explico yo mismo. ¿Confías en mí?"

César miró los ojos de Mauricio. Eran ojos que prometían cosas. César había aprendido a desconfiar de las promesas, porque las promesas en El Rincón siempre se las llevaba el viento. Pero mil pesos pesaban más que cualquier desconfianza.

"Está bien", dijo, con la voz quebrada. "Firmo."

Mauricio le tendió un bolígrafo plateado. César lo tomó. En la última página, en la línea punteada, escribió su nombre con una letra que le pareció ajena. No sabía que en ese momento, con ese trazo torpe, acababa de vender algo que nunca había tenido: su libertad.

Mauricio le dio la mano. "Bienvenido a Melodía Records, César. Vas a ser una estrella."

César sonrió. En su bolsillo, los mil pesos crujían como hojas secas. No leyó nunca la cláusula pequeña, la que decía que Melodía Records recuperaría primero toda su inversión antes de pagarle un solo peso a César. No leyó la que decía que las canciones que él escribiera pasarían a ser propiedad de la disquera. No leyó la que decía que si no cumplía, tendría que pagar una indemnización equivalente a diez veces el anticipo.

Solo pensó en su madre, en las arepas envueltas en aluminio, en la nota de veinte pesos. Solo pensó que todo iba a cambiar.

Y tenía razón. Pero no como él creía.

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