Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.
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CAPÍTULO 14: Protección Posesiva
El Gran Salón del Palacio de las Sombras resplandecía bajo la luz dorada de miles de candelabros de cristal de Bohemia, suspendidos de la alta bóveda de piedra. El ambiente, saturado con la fragancia de las rosas negras y un matiz de vino especiado, emanaba una opulencia aristocrática y decadente. La música de una orquesta de cuerda —compuesta por músicos inmortales cuyo arte había sido perfeccionado a lo largo de siglos— llenaba el aire con un vals lento, majestuoso y sombrío.
Tras la aplastante victoria dialéctica de Elena sobre Lord Malakor y el Consejo, Alistair no se había satisfecho solo con la retirada de los nobles. Para consolidar su dominio y aplastar cualquier vestigio de rebelión en las sombras, el Gran Monarca había decretado la celebración inmediata del Baile de la Luna de Sangre, la gala más exigente y cerrada de la aristocracia vampírica.
Cientos de nobles procedentes de todas las casas del continente abarrotaban la pista de baile de mármol negro. Las damas de la alta estirpe vestían encajes oscuros y corsés rígidos que acentuaban una palidez extrema, casi cadavérica, mientras que los lores lucían trajes de terciopelo bordado con dagas de gala en los cinturones.
Sin embargo, el centro de gravedad de todo el salón no estaba en la pista ni en los palcos elevados.
En el estrado principal, al pie del trono de mármol negro, Elena Rossi atraía cada mirada de la estancia.
Su atuendo era una provocación de belleza, dignidad y poder. Alistair había encargado personalmente su vestido para esa noche: una creación de alta costura en raso de seda de color rojo carmesí intenso, el tono de la sangre real. El diseño abrazaba sus formas con un ajuste impecable: el escote amplio en forma de corazón dejaba al descubierto los hombros sonrosados y la piel firme de su pecho, mientras que el talle ceñido resaltaba la curvatura generosa de su cintura. A partir de sus caderas anchas y sensuales, la tela caía en una falda pesada que se abría a un lado con una hendidura atrevida, revelando el andar firme de su pierna y el encaje de sus medias de seda.
En su cuello, sobre la piel donde la marca suave de la mordida de Alistair permanecía perceptible como un sello indeleble, refulgía la Lágrima del Abismo: un collar de diamantes negros y un rubí de tamaño descomunal que pertenecía a la corona ancestral de la casa Vance.
Elena sostenía una copa de cristal con champán helado, manteniendo la postura erguida y la mirada tranquila mientras sentía las murmuraciones sofocadas de las damas nobles a pocos metros de distancia.
—Mirad cómo exhibe su carne sin el menor pudor —susurraba la condesa Seraphina de la casa del Este, una vampiresa de figura extremadamente delgada y rostro afilado como una navaja—. Una humana ordinaria, sin recato, vestida con las joyas de la corona... Es una aberración.
Elena no se inmóvil ni pestañeó. Dio un sorbo pausado a su copa, encontrando la mirada de la condesa y sosteniéndola con una calma tan aplastante que la mujer tuvo que fingir interés en su abanico de plumas negras.
La entrada del Gran Monarca
De pronto, el murmullo de la sala cayó en un silencio repentino y pesado.
Alistair avanzaba desde la galería privada hacia el estrado. El rey vestía un traje de gala militar de terciopelo negro noche, con charreteras de oro puro, una banda carmesí cruzando su torso de hombro a cadera y la empuñadura de su espada de rubí destellando bajo la luz de los candelabros.
Su presencia era una fuerza de la naturaleza. Sus ojos ámbar, encendidos por una luz brillante y posesiva, no se desviaron ni un milímetro hacia los nobles que se inclinaban a su paso. Su objetivo era único y absoluto: la mujer vestida de rojo carmesí que lo aguardaba junto al trono.
Alistair se detuvo a un paso de Elena. La diferencia de estatura y la solidez de sus hombros anchos creaban un encuadre imponente a su alrededor, aislándola eficazmente del resto del salón.
—Estás tan hermosa que la existencia de este palacio se queda corta para contenerte, mi reina —murmuró el rey, su voz de barítono acariciando los oídos de la joven con una vibración cálida.
—Los buitres siguen revoloteando, Alistair —respondió Elena con una sonrisa seductora, inclinando la cabeza hacia la pista—. Parece que la lección del Consejo no ha calado en todos los rincones.
Alistair esbozó una curva de labios oscura, cargada de una dominación peligrosa.
—Los buitres necesitan recordatorios constantes de quién es el dueño del cielo —dijo el monarca, tomando la copa de cristal de las manos de Elena y entregándosela a un sirviente sin quitarle la mirada de encima—. Y esta noche, les dejaré claro que tocarte o siquiera pensar en faltarte al respeto es un boleto directo a la nada.
El rey le ofreció su mano de dedos largos y firmes.
—Concédeme este vals, Elena.
—Será un placer, mi rey.
El vals de la dominación
Alistair la tomó de la mano y la guió hacia el centro de la pista de mármol negro. Al instante, las parejas de vampiros nobles que bailaban se apresuraron a abrir espacio, retirándose hacia los bordes del salón en una reverencia forzada, dejando el centro de la sala exclusivamente para el monarca y su mujer.
La orquesta atacó los acordes iniciales de un vals menor, una pieza dramática, intensa y rápida.
Alistair no esperó. En envolvió la cintura de Elena con su brazo derecho, pegándola a su cuerpo con una firmeza tan abrumadora que el aliento de la joven se cortó en un suspiro suave. Su mano izquierda ató los dedos de Elena, mientras su pecho de mármol chocaba contra la plenitud del torso de la joven.
Comenzaron a moverse.
El baile de Alistair no era una mera danza social; era una exhibición de poder sobrehumano y posesión absoluta. Se desplazaban sobre la obsidiana con una velocidad y una fluidez etérea que desafiaba la física. La falda de raso carmesí de Elena se agitaba en el aire como una bandera de fuego, abriéndose en la hendidura para revelar la elegancia de sus piernas mientras Alistair la hacía girar con una precisión impecable.
Cada movimiento del rey estaba diseñado para marcar territorio.
Su mano en la espalda baja de Elena no permanecía estática: sus dedos se hundían con una presión posesiva en la carne suave de su cadera, amoldando las formas exuberantes de la joven contra la solidez de sus muslos. Alistair la inclinaba hacia atrás en giros profundos, sosteniéndola sobre el abismo del suelo de mármol únicamente con la fuerza de su brazo, obligándola a confiar ciegamente en su poder mientras la mirada de todos los nobles quedaba clavada en la pareja.
—Míralos, Elena —susurró Alistair contra su oído mientras giraban a una velocidad vertiginosa—. MIRA cómo tiemblan ante ti. Vienen de casas milenarias, pero ninguno de ellos tiene la fuerza de alma que tú posees.
Elena, embriagada por la velocidad, el perfume de Alistair y la electricidad que corría por sus venas, apretó los hombros del rey, echando la cabeza hacia atrás.
—Que miren todo lo que quieran —respondió ella, los ojos avellana encendidos de un éxtasis orgulloso—. Solo me importa el hombre que me sostiene.
Alistair dejó escapar un gruñido ahogado de satisfacción. En mitad de la pista, detuvo el giro bruscamente, cambiando el ritmo de la música con la sola autoridad de su movimiento.
Atrajo a Elena hacia su rostro. Frente a los cientos de invitados, el monarca inclinó la cabeza y pegó sus labios a la garganta de la joven, justo encima del collar de diamantes y la marca de su mordida. Lamió la piel sonrosada con una lentitud provocadora, provocando un temblor de placer en el cuerpo de Elena que todos los presentes pudieron presenciar.
Un jadeo colectivo de asombro y escándalo corrió por las galerías del salón. Para la aristocracia vampírica, una muestra de afecto y reclamo de sangre tan explícita en un baile oficial era una declaración de pertenencia absoluta, un acto sagrado que sellaba el destino de la mujer como consorte intocable.
La marca ante la aristocracia
Alistair ascendió lentamente por el cuello de Elena hasta detenerse a escasos milímetros de sus labios hinchados. Sus ojos ámbar brillaban con una luz luminosa, salvaje y dominante.
—A partir de esta noche —proclamó la voz de Alistair, elevándose por encima de la orquesta con una resonancia sobrenatural que retumbó en cada rincón del Gran Salón—, que no quepa la menor duda en ninguna de las casas del reino.
El silencio en el salón era tan denso que se podía escuchar el chisporroteo de las velas.
—Elena Rossi no es una invitada en mi palacio —continuó el Gran Monarca, manteniendo a la joven aprisionada contra su pecho en un abrazo de acero—. Es la reina de mi vida, la dueña de mi trono y la única depositaria de mi sangre. Quien la mire con desprecio, me desafía a mí. Quien intente tocarla, conocerá la muerte definitiva a manos de mi espada. Mi corazón, mi reino y mi eternidad le pertenecen a ella y solo a ella.
Para rematar su juramento público, Alistair sujetó la nuca de Elena con su mano grande y reclamó sus labios en un beso abrasador, profundo y posesivo.
No fue un beso de cortesía regia. Fue una toma de posesión en toda regla: la lengua del rey invadió la boca de Elena con una voracidad que dejó a la joven sin aliento, obligándola a aferrarse a su solapa mientras el cuerpo firme del vampiro la aplastaba suavemente contra su anatomía frente a la mirada atónita de la aristocracia inmortal.
Elena respondió al beso con la misma intensidad, entregándose al reclamo de su rey y demostrando a toda la Corte que no era una víctima dócil, sino una consorte dispuesta a compartir el fuego de su soberano.
Cuando Alistair rompió el beso, Elena respiraba agitadamente, con las mejillas sonrosadas por la pasión y los labios carnosos brillantes.
Alistair la miró con una mezcla de orgullo y devoción feroces. Giró la cabeza hacia la pista, paseando la mirada por los rostros pálidos de los nobles.
Uno a uno, comprendiendo la magnitud del mensaje y el peligro de desafiar al monarca, los lores y las damas de las casas más antiguas comenzaron a doblar la rodilla. La condesa Seraphina, los generales de la guardia y los diplomáticos del Este se inclinaron en una reverencia profunda y unánime hacia la mujer vestida de rojo carmesí.
La victoria de la reina
Alistair condujo a Elena de regreso al estrado, caminando con la parsimonia de un conquistador que acaba de reclamar su territorio.
Al llegar al trono de mármol negro, el rey se sentó con una elegancia imponente. Pero en lugar de indicar a Elena que ocupara la silla contigua, tiró suavemente de su mano, acomodándola de nuevo directamente sobre su regazo, en una repetición de la dominación del Consejo que ahora se consolidaba ante todo el reino.
La falda de raso carmesí se desparramó sobre las piernas del rey y la piedra del estrado. Alistair apoyó su mano sobre la curva generosa de la cadera de Elena, posesivo y protector, mientras descansaba su barbilla en el hombro de la joven.
Elena reclinó la espalda contra el pecho del vampiro, sintiendo el latido firme de su corazón y el calor reconfortante de sus brazos envolviéndola.
—¿Satisfecho, mi rey? —murmuró ella con una sonrisa astuta, tomando un sorbo de una nueva copa de champán que Alistair le ofreció.
—Satisfecho por hoy, mi dulce tentación —respondió Alistair, besando la curva de su hombro desnudo—. Has doblegado a la Corte con tu sola presencia. Ahora todos saben que la verdadera majestad no reside en la frialdad de la sangre antigua, sino en el fuego de la mujer que ha logrado domar al monstruo.
Elena apoyó la mano sobre la de Alistair en su cadera, contemplando el salón lleno de nobles inclinados, sabiendo que la protección posesiva del rey no era una prisión, sino el escudo inquebrantable bajo el cual construirían su imperio eterno.