Scarlett Harrington lleva tres años casada con Ethan Collins. Durante todo ese tiempo creyó tener el matrimonio perfecto, construyendo un hogar junto al hombre que amaba y en quien confiaba plenamente.
Sin embargo, todo cambia el día que regresa antes de lo previsto de un viaje de negocios para sorprender a su esposo. La sorpresa termina siendo para ella cuando encuentra a Ethan en la cama con su propia mejor amiga. En un solo instante, el amor, la confianza y los sueños que había construido se hacen pedazos.
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Capitulo 13
Ethan recorrió cada rincón de la casa, revisando cajones, armarios y rincones donde ella solía guardar sus cosas, buscando alguna pista, una nota, un número, cualquier cosa que le indicara hacia dónde había ido. Pero todo estaba limpio, ordenado… y vacío. No había dejado ni un solo rastro.
Llamó al primer número que se le ocurrió: la madre de Scarlett.
—¿Sabe dónde está? —preguntó apenas contestaron, con la voz desesperada—. Por favor, dígame si ha hablado con ella. Necesito saber que está bien.
—No sé nada, Ethan —respondió ella con frialdad—. Mi hija me dijo que necesitaba irse lejos de todo lo que le hacía daño. Y yo respeto su decisión. Si ella no te ha buscado, es porque no quiere que la encuentres.
—Por favor… cometí un error terrible —suplicó él, sintiendo cómo se le rompía la voz—. Tengo que decirle cuánto lo siento. Tengo que arreglarlo.
—Algunas cosas no se arreglan con palabras —fue la respuesta tajante—. Cuídala tú cuando ella te deje, pero ahora ella necesita estar lejos de ti. No la busques.
Colgó y siguió llamando a amigos, compañeros de trabajo, conocidos. Todos le daban la misma respuesta: no sabían nada, o no querían decírselo. Al final, marcó el número de Sofía, con el corazón a punto de salírsele del pecho. Ella contestó al primer tono.
—¿Qué quieres, Ethan? —preguntó Sofía con una dureza que nunca le había mostrado.
—Por favor, dime dónde está —suplicó él—. Solo quiero saber si está bien. Solo quiero una oportunidad para explicarle…
—¿Explicar qué? —la interrumpió ella con rabia contenida—. ¿Cómo la traicionaste con la persona que más confiaba? ¿Cómo le mentiste en la cara durante meses? ¿Qué más hay que explicar?
—La amo… no sé vivir sin ella…
—La amabas cuando le prometiste lealtad y se la rompiste —lo cortó ella sin piedad—. Ahora ella está en paz, lejos de tus mentiras. Y no voy a dejar que vengas a destrozarla otra vez. Si alguna vez ella decide volver a hablar contigo, será ella quien te busque. Hasta entonces, déjala en paz.
La llamada se cortó. Ethan se dejó caer en el sofá, rodeado de silencio, comprendiendo por fin con toda crudeza: había destruido lo más valioso que tenía, y ahora ni siquiera tenía derecho a buscar consuelo en su arrepentimiento. La culpa le pesaba más que cualquier promesa rota, y entendió que la peor condena no era el castigo de nadie, sino saber que él mismo había cerrado la puerta a la única persona que realmente lo había amado.
Ethan se quedó mirando el teléfono apagado en su mano, como si fuera la última conexión que le quedaba con ella. Se levantó de nuevo y fue hasta el armario de Scarlett: solo quedaban unas pocas prendas que no había considerado necesarias, y el aroma de su perfume aún flotaba suavemente en el aire, golpeándole con una fuerza que casi lo hace caer de rodillas.
Pasó los dedos por una de sus blusas, con la voz rota hablando solo, como si ella pudiera escucharlo:
—Te prometí que te cuidaría… te prometí que jamás te haría daño… y fui yo quien te destrozó.
El teléfono volvió a sonar en su mano, y al ver el nombre de un amigo, contestó casi sin aliento:
—¿La has visto? ¿Sabes algo?
—No, Ethan… nadie sabe nada —respondió el otro con tono compasivo—. Todos dicen que se fue y que no van a decir dónde. Parece que ella pidió que nadie te ayudara a encontrarla.
—¿Ni siquiera una pista? —suplicó él—. ¿Nada?
—Lo siento, amigo. Pero creo que ella ya tomó su decisión. Y quizás… quizás deberías respetarla.
Colgó y caminó hasta la mesa donde había dejado los papeles de divorcio, aún intactos, con la firma de ella allí, clara y definitiva. Los tomó entre las manos, sintiendo que cada letra era una sentencia que él mismo había escrito con sus mentiras.
—¿Así de poco valieron tres años? —susurró con lágrimas que por fin brotaban sin control—. ¿Así de fácil tiraste todo por la borda? —y luego se respondió a sí mismo, con la amargura mordiéndole el alma—: No… no fue fácil para ti. Fuiste tú quien lo rompió todo. Fuiste tú quien te quitó el derecho a reclamar nada.
Se dio cuenta de que no solo la había perdido a ella: había perdido la confianza de todos, el respeto de quienes los conocían, y sobre todo, se había perdido a sí mismo. Y lo peor de todo era que no había nadie a quien culpar más que a su propia cobardía y ceguera.