Mónica Almeida siempre fue la hija invisible. Gordita, tímida y amorosa, creció eclipsada por su hermana mayor Helena: delgada, impecable, implacable. Cuando Ricardo apareció en su vida y juró que la amaba, Mónica creyó que por fin alguien la elegía. Pero el día en que planeaba anunciar su embarazo en un almuerzo familiar, Ricardo anunció su compromiso con Helena.
Destrozada, Mónica desapareció sin revelar su secreto. Vivió meses en la calle hasta que, una noche lluviosa, colapsó en la banqueta con casi nueve meses de embarazo. Un hombre alto y atractivo corrió hacia ella antes de que todo se oscureciera. Despertó en un hospital con un bebé sano en los brazos: Eliot, su nuevo comienzo.
Un año después, con la ayuda de su mejor amiga Rosa, Mónica ha resurgido como analista brillante en una empresa financiera de prestigio, sin saber que el dueño es el padre de aquel hombre misterioso. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos en un hospital pediátrico —esta vez como el médico que atiende a Eliot por un brazo fracturado—, Mónica descubre que el Dr. Augusto Valente no solo es neurocirujano y pediatra: es el hombre más honesto, paciente y decidido que ha conocido.
Pero la felicidad nunca llega sin pelea. Ricardo, atrapado en un matrimonio forjado por chantaje, descubre que tiene un hijo y quiere recuperar lo que perdió. Helena, consumida por la envidia y un testamento que amenaza su herencia, se convierte en una fuerza destructiva. Y entre secretos familiares enterrados, confrontaciones en casas de playa, una abuela que secuestra nietos por amor y un bebé que inventa sus propias reglas para llamar a cada adulto, Mónica tendrá que defender no solo su derecho a ser feliz, sino la familia que construyó desde las cenizas.
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Capítulo 16
Eliot tardó menos de dos segundos en reconocer la voz.
Giró el cuerpecito aún en los brazos de José, abrió enormes los ojos y sonrió tan ampliamente que la sonrisa casi desapareció entre sus propias mejillas.
—¡Gutu! —gritó, aplaudiendo con sus manitas torpes.
Augusto abrió los brazos en el acto.
—Ven acá, mi pequeño fugitivo.
José se lo entregó, todavía riendo, y Eliot prácticamente se lanzó al regazo de Augusto, encajando la cabeza en su hombro como si ese fuera su lugar oficial en el mundo. La escena fue demasiado natural como para pasar desapercibida.
Augusto besó los pelitos rubios y luego se apartó un poco para mirarlo a la cara.
—Te dejo en el área infantil para que te entretengas, ¿y tú organizas una gira por el salón? ¿Cómo saliste de ahí?
Eliot respondió con convicción en su propio idioma:
—¡Pa-bajo! ¡Pa-baaa!
Augusto entrecerró los ojos, fingiendo seriedad.
—¿Te pasaste por debajo de la reja?
—Si —asintió el niño con orgullo; algunas risas escaparon alrededor.
—Literalmente pasó por debajo de la división —explicó—. Ya veo que me va a dar trabajo cuando empieces la escuela. —Lo miró de arriba abajo—. ¿Y tus zapatitos? —preguntó observando los piececitos que solo llevaban calcetines.
Eliot lo miró confundido, tratando de saber qué responder, pero terminó optando por abrazar el cuello de Augusto y recostarse en su hombro. Augusto pensó que nunca más volverían a ver ese zapato. Entonces alzó la mirada hacia los adultos.
—Buenas noches, señor José, cuánto tiempo —dijo estrechando la mano del hombre.
—Tiempo de verdad. La última vez que te vi, huías de las relaciones, y ahora tienes un bebé —respondió José.
—Doctor Olavo, es un placer volver a verlo —saludó Augusto.
Olavo le estrechó la mano con firmeza.
—Recuerdo que eras un muchacho bastante rebelde. Qué bueno que ahora eres un hombre y padre respetable.
—Estoy intentándolo —respondió Augusto con buen humor.
Ricardo observaba en silencio, pero no pudo evitar la pregunta:
—¿Tú eres el papá?
La cuestión quedó flotando en el aire por un segundo. Augusto no se inmutó; al contrario, acomodó a Eliot en el brazo y respondió con una media sonrisa:
—¿Oficialmente? Todavía no. —Hizo una pequeña pausa estratégica—. Pero estoy intentando ocupar esa vacante. —Miró al niño—. Y pretendo hacer un excelente trabajo.
Helena discretamente puso los ojos en blanco. Ricardo mantuvo la mirada fija en él.
—Entonces, ¿estás con la mamá?
—Estoy enamorado de la mamá —respondió con naturalidad, sin vacilar—. Y quiero algo serio con ella.
La firmeza en su voz no era teatral; era clara y directa. José sintió el corazón latir distinto, sin entender exactamente por qué.
—Es una mujer con suerte —comentó Filomena.
—El suertudo soy yo —respondió Augusto.
Eliot, ajeno a la tensión adulta, jaló el cuello del saco de Augusto y dijo:
—Gutu… ¿ma-má?
Augusto besó la frente del niño.
—Mamá está esperando el discurso del abuelito, ¿recuerdas que hoy la van a promover?
—Que mamá —contestó Eliot.
Ricardo sintió algo apretarle el pecho de nuevo; no sabía explicar el motivo. Augusto notó el discreto movimiento en el salón: meseros posicionándose, luces ajustándose.
—Bueno, señores… —se acomodó el saco—. Creo que mi papá ya va a subir para el discurso. Voy a llevar a Eliot con su mamá, ya que no quiere quedarse en el área infantil. Fue un placer.
Con Eliot seguro en brazos, se alejó en dirección al escenario, sin imaginar que, en pocos minutos, aquella noche cambiaría el destino de todos los presentes.
Augusto llevó al pequeño al centro del salón, donde Mónica estaba conversando con Rosa, aunque no estaban completamente solas.
—Mira quién se escapó —dijo Augusto.
—¡Mamá! —exclamó Eliot, moviendo manos y piernas de forma agitada y emocionada.
—¿Pero cómo? —preguntó Mónica tomándolo en brazos.
—Parece que pasó por debajo de la reja cuando no estaban viéndolo —explicó Augusto.
—Mira en qué estado estás, Eliot —dijo Mónica pasándole la mano por el cabello.
El bebé ya estaba sin el saco, que había dejado en el área de recreación; el chaleco estaba abierto, la camisa chueca y sin zapatos. Pero lo que Mónica buscaba era el brillo que debía estar en su muñeca.
—¿Dónde está el Rolex? —preguntó asustada.
—El Rolex lo tengo yo, amiga —dijo Rosa mostrándoselo—. Sabía que se iba a quitar cualquier cosa que le incomodara.
—Además de linda, es lista —comentó Marcelo mirando a Rosa de arriba abajo.
—Está bien, ven con la tía, Eliot. Mamá va a subir al escenario —dijo Rosa.
—No —respondió Eliot abrazando el cuello de su mamá.
—Eliot…
—No.
En ese momento, Álvaro inició su discurso. Habló durante varios minutos sobre el crecimiento de la empresa, las alianzas y sus colaboradores; dedicó la fiesta a los empleados que daban todo para mantener el nivel de la compañía.
Al final, hizo mención a los empleados destacados y mandó subir al escenario a quienes serían ascendidos.
Eliot se negó a separarse de su mamá, así que ella tuvo que subir con él al escenario. En ese momento, Ricardo, que había encontrado el zapato de Eliot y había regresado al salón, se quedó paralizado al ver a Mónica arriba del escenario, recibiendo reconocimiento por sus esfuerzos.
Pero lo que más llamó su atención fue el niño en brazos de la mujer que nunca había sido capaz de olvidar: estaba sosteniendo al bebé que le había hecho sentir cosas que hacía mucho tiempo no imaginaba poder sentir.