"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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La confesión a Camila.
Domingo – 11:00 – Parque infantil del barrio.
Valeria había quedado con Camila, su mejor amiga desde los tiempos de la secundaria, cuando las dos soñaban con estudiar diseño de modas y viajar por el mundo. La vida las había llevado por caminos distintos, pero su amistad seguía siendo ese refugio inquebrantable al que volvían cada vez que alguna de las dos se sentía perdida. Aquella mañana de domingo, el parque estaba lleno de familias que paseaban con cochecitos y niños que corrían alrededor de los toboganes. El sol de otoño era tibio y agradable, y el cielo estaba despejado. Un día perfecto para una conversación terrible.
Se sentaron en un banco de madera, frente a los juegos infantiles. Mateo y Sofi se habían lanzado hacia los toboganes apenas llegaron, ajenos a la tormenta que estaba por desatarse en el corazón de su madre. Camila, que conocía a Valeria desde los quince años, notó de inmediato que algo no andaba bien.
—Val, te noto rara. Hace como un mes que no me llamás, no respondés los mensajes, y cuando te veo tenés cara de no haber dormido en días. ¿Qué te está pasando? —preguntó Camila, ofreciéndole un vaso de café que había comprado en el puesto de la entrada.
—Cami, necesito contarte algo. Pero necesito que me prometas que no me vas a juzgar. Que me vas a escuchar hasta el final sin interrumpirme.
—¿Desde cuándo te juzgo? Somos amigas hace veinte años. Te conozco mejor que a mi propia hermana.
—Esto es diferente. Es grave. Muy grave. Y no sé cómo empezar.
—¿Te enfermaste? ¿Te vas a separar de Andrés? ¿Pasó algo con los chicos?
—Ojalá fuera tan simple como una enfermedad o una separación.
Valeria respiró hondo, sintiendo que el aire le pesaba en los pulmones. Miró a sus hijos, que reían mientras se tiraban por el tobogán, y luego a Camila, que la observaba con los ojos llenos de preocupación. Y entonces lo soltó todo. Desde el principio.
Le habló del diagnóstico de su madre, del consultorio del doctor Márquez, de los ochocientos mil pesos mensuales que necesitaba para el tratamiento. Le habló del anuncio en el foro de trabajos nocturnos, de la puerta negra de Corrientes 3850, de su primera noche en el Club Eclipse. Le habló del nacimiento de Luna, la bailarina, la otra mujer que habitaba dentro de ella. Le habló de Lorena, de Pamela, de las chicas del camarín. Le habló de Dante, de sus amenazas, de sus propuestas sucias. Le habló de Carlos, el empresario que la había reconocido y la estaba extorsionando. Le habló de Mariana, su cuñada periodista que la estaba investigando. Le habló de las mentiras a Andrés, de las noches en vela, del miedo constante a ser descubierta.
Camila la escuchó en silencio, sin interrumpir, con los ojos cada vez más abiertos por la incredulidad. Cuando Valeria terminó, se quedó muda durante un minuto entero. Luego, en lugar de juzgarla, en lugar de escandalizarse, en lugar de hacer lo que Valeria temía, la abrazó con todas sus fuerzas.
—Val, Val, Val... ¿Por qué no me lo dijiste antes, tonta? ¿Por qué cargaste todo esto sola? —dijo Camila, con la voz quebrada por la emoción.
—Por vergüenza. Por miedo. Porque no quería que me vieras como lo que realmente soy.
—¿Y qué sos? Sos una mujer que está haciendo lo imposible para salvar a su madre. Una mujer que se parte el lomo todos los días para que sus hijos tengan un plato de comida y un techo. Eso no es vergüenza, Val. Eso es coraje. El coraje más grande que vi en mi vida.
—Pero estoy mintiendo, Cami. A Andrés, a mis hijos, a todo el mundo. Todos los días, a todas horas. Mi vida entera es una mentira.
—Entonces dejá de mentir. Contale la verdad a Andrés.
—No puedo. Si Andrés se entera, me deja. Y si me deja, pierdo a mis hijos. Y si pierdo a mis hijos, me muero, Cami. Literalmente me muero.
—¿Y si no te deja? Andrés te ama. Siempre te amó, desde el primer día que te vio en la facultad. Quizás, si le contás la verdad, encuentra una manera de ayudarte. Quizás juntos pueden salir de esta.
—¿O quizás me hunde más? No sé si quiero arriesgarme.
—Val, escuchame bien. Yo te conozco desde que teníamos quince años. Sos la persona más fuerte que conozco. Pero no podés cargar este peso sola. Tarde o temprano, el peso te va a romper. Y cuando eso pase, va a ser peor para todos.
Valeria se secó las lágrimas con la manga de la campera. Miró a sus hijos, que ahora jugaban en el arenero, construyendo un castillo de arena que el viento deshacía apenas lo terminaban.
—Dame tiempo, Cami. Un poco más de tiempo. Junto la plata para el tratamiento de mamá y después dejo todo. Te lo prometo.
—El problema no es la plata, Val. El problema es que cada día que pasa, te alejás un poco más de vos misma. Y un día, cuando quieras volver, quizás ya no encuentres el camino de regreso.
Esa frase se le clavó en el pecho como una astilla de vidrio. Porque Camila tenía razón. Cada noche como Luna era un paso más lejos de Valeria. Y no sabía cuánto más podría caminar sin perderse para siempre en la oscuridad.