Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.
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Capítulo 20: El Renacer de Blackwood
La noche sobre la provincia no traía consigo el frío sepulcral de los inviernos pasados, sino la caricia tibia y perfumada de un verano que se resistía a ceder su trono. El cielo, despojado por completo de las nubes tormentosas que días atrás habían bautizado el amor de Alexander y Caitlyn, se extendía como un manto de terciopelo azul oscuro, salpicado por una infinidad de estrellas que titilaban con una nitidez casi irreal. La luna llena, majestuosa y de un blanco nacarado, se alzaba por encima de las copas de los robles centenarios, proyectando su luz plateada sobre la fachada de la Mansión Blackwood.
Por primera vez en casi una década, la propiedad no parecía una fortaleza maldita destinada a devorar a sus habitantes. Las colosales ventanas arqueadas del piso noble estaban abiertas de par en par, y de su interior emanaba un resplandor dorado, cálido y vibrante que cortaba la penumbra de los jardines. Los senderos de grava, limpios y perfectamente delineados, estaban flanqueados por pequeños faroles de bronce que guiaban el camino de los carruajes que, de manera paulatina, comenzaban a alinearse ante la escalinata principal de mármol.
La música de una pequeña orquesta de cámara —contratada de urgencia en la capital de la provincia— se filtraba hacia el exterior, mezclándose con el rumor de las fuentes que volvían a brotar con agua limpia y el murmullo de las primeras conversaciones. La aristocracia local, los comerciantes notables y las familias de renombre que durante años habían alimentado la leyenda de la "Bestia de Blackwood" con susurros de terror y desprecio, acudían esa noche movidos por una curiosidad irrefrenable. La invitación formal enviada por la condesa viuda Margaret Blackwood había sido clara: la mansión abría sus puertas para una pequeña recepción privada, celebrando el regreso del heredero a los asuntos públicos y la restauración del orden familiar.
En los salones principales, el cambio era absoluto. Los pesados sudarios de terciopelo gris que cubrían los muebles y los espejos habían desaparecido, reemplazados por tapices de seda en tonos crema y verde pino. El suelo de parqué, pulido hasta el extremo por el personal que ahora trabajaba con una sonrisa en los labios, reflejaba la luz de las arañas de cristal de roca que colgaban de los techos artesonados. El perfume a encierro y ceniza había sido desterrado para siempre; en su lugar, el aire estaba saturado con la fragancia dulce y almizclada de las rosas rosa pálido que adornaban cada mesa y cada rincón del gran salón de baile.
En los apartamentos privados de la torre norte, Caitlyn terminaba de prepararse ante el gran espejo veneciano que ella misma había limpiado semanas atrás. Su respiración era profunda, haciendo que su busto pleno y firme subiera y bajara con un ritmo pesado que delataba la agitación de su corazón. No era miedo al rechazo; era la vibración de la mujer que sabe que está a punto de dar el paso definitivo hacia su destino.
Para esa noche tan especial, Caitlyn había decidido dejar de esconderse tras los delantales blancos y los percales oscuros del servicio. Vestía un traje de noche espectacular, confeccionado en un raso de seda pesado de un color verde esmeralda profundo que contrastaba de manera majestuosa con el matiz cálido y tostado de su piel salpicada de pecas diminutas. El diseño del vestido, lejos de intentar disimular su fisonomía, había sido estructurado para abrazar y resaltar cada una de sus formas generosas con un orgullo absoluto y carnal.
El escote, de un corte corazón profundo pero elegantemente contenido, realzaba la plenitud de su busto firme, dibujando una línea de una sensualidad pura e indomable. La cintura, ceñida por un fajín de encaje negro con pedrería diminuta, marcaba con nitidez el nacimiento de sus caderas anchas, seguras y rotundas, que se expandían con la gracia majestuosa de una deidad terrenal. La falda de raso caía con un peso noble hasta el suelo, abriéndose sutilmente al caminar para revelar la firmeza de sus muslos fuertes, dándole una presencia imponente que llenaba el espacio por sí sola.
Llevaba el cabello oscuro, abundante y lleno de rizos rebeldes, parcialmente recogido en la nuca con broches de plata y hojas de hiedra naturales, dejando que varios mechones gruesos cayeran sobre sus hombros redondeados y su espalda desnuda. En su rostro lleno de vida, sus ojos oscuros brillaban con una audacia ardiente, y sus labios carnosos ostentaban una media sonrisa que dibujaba hoyuelos en sus mejillas. No llevaba más joyas que su propia seguridad; su silueta curvy y sensual era su mejor gala, la declaración explícita de que la belleza de Blackwood ya no era pálida ni frágil, sino rotunda y rebosante de salud.
La puerta de la habitación se abrió con un movimiento suave, y la figura colosal de Alexander Blackwood apareció en el umbral.
El joven heredero se detuvo en seco, y sus ojos azul grisáceo se abrieron con una fijeza nítida y descaradamente masculina al contemplar a la mujer frente al espejo. Alexander lucía la estampa perfecta del príncipe que ha recuperado su soberanía, pero templado ahora por la madurez y la fuerza del hombre que conoce el valor del sufrimiento. Vestía un frac de paño negro de corte impecable que acentuaba la envergadura masiva y ancha de sus hombros y la longitud de sus piernas. El chaleco de seda blanca y la corbata de lazo perfectamente anudada resaltaban el porte regio de su cuello, mientras que la barba castaña, densa y cuidadosamente recortada, le endurecía la línea perfecta de la mandíbula. Su cabello rebelde estaba peinado hacia atrás con elegancia, dejando al descubierto una frente limpia de las sombras del pasado.
Alexander avanzó por la habitación con pasos largos, decididos y rítmicos. Las maderas apenas crujieron bajo su peso. Al llegar al lado de Caitlyn, su inmensa contextura física la envolvió por completo, bloqueando el reflejo del espejo y creando una estampa de un romanticismo Harlequin absoluto: el hombre colosal y protector al lado de la hermosa mujer de curvas generosas y vibrantes.
Sin pronunciar palabra, Alexander levantó sus manos grandes. Sus dedos largos y nudillos firmes se posaron directamente sobre la cintura definida de Caitlyn, sintiendo a través del raso esmeralda el calor biológico y la firmeza de su carne. La atrajo hacia su pecho firme con una lentitud posesiva, inclinando el rostro para rozar con su barba la piel pecosa de la mejilla de ella.
—Estás absolutamente espectacular, mi torbellino —susurró Alexander, y su voz, un barítono profundo, rico y redondo, vibró contra el oído de Caitlyn, haciéndola estremecer—. El verde esmeralda fue hecho para ti, o quizás tú fuiste hecha para darle vida a este color. Todos los necios que esperan abajo van a comprender en un segundo por qué me negué a seguir ocultándome del mundo.
Caitlyn giró la cabeza ligeramente, apoyando sus manos largas sobre los hombros anchos cubiertos por el paño negro del frac. Sus ojos oscuros buscaron los claros de él con una valentía que no conocía diques.
—No me importa lo que comprendan ellos, Alexander —replicó ella en un susurro nítido, y sus labios carnosos rozaron la barbilla de él—. Solo me importa que cuando caminemos por ese salón, tu mano no tiemble al sostener la mía.
Alexander sonrió a través de su barba, una sonrisa madura, fuerte y cargada de una devoción indomable. Descendió una de sus manos grandes por la curva de su cadera rotunda, mientras la otra tomaba la mano derecha de Caitlyn, entrelazando sus dedos largos con los de ella en un agarre seguro, protector e inquebrantable.
—Mi mano nunca volverá a temblar si estás a mi lado, Caitlyn. Vamos a reclamar lo que es nuestro.
Juntos abandonaron la habitación y avanzaron por el pasillo noble hacia la gran balconada que dominaba el salón de baile principal. Abajo, la pequeña recepción bullía con la presencia de unas cincuenta personas. El murmullo de las conversaciones, el tintineo de las copas de cristal con champán y los acordes del vals ejecutado por la orquesta llenaban el ambiente. Julián Vance, el joven abogado de la capital, se encontraba cerca de la entrada junto a su padre, luciendo un tanto incómodo tras el encuentro salvaje que había tenido con el amo días atrás, mientras que la condesa Margaret observaba la concurrencia desde un sillón de brocado con una expresión de silencioso triunfo.
El director de la orquesta, al notar la presencia de la pareja en lo alto de la escalinata, hizo una seña a sus músicos. El vals se detuvo en una nota suspendida, y un silencio repentino, espeso y cargado de expectación cayó sobre el gran salón. Todas las cabezas se giraron al unísono hacia el piso superior.
Alexander y Caitlyn dieron el primer paso hacia la luz del salón.
La estampa visual provocó un jadeo colectivo entre los asistentes. La aristocracia de la provincia contemplaba el regreso de Alexander Blackwood, pero no vieron a la Bestia encorvada y fúnebre de los rumores; vieron a un hombre imponente, colosal, que caminaba con una majestad indomable y una fijeza en la mirada que imponía un respeto inmediato. Pero lo que verdaderamente congeló el aliento de los invitados fue la mujer que lo acompañaba.
Caitlyn descendía los escalones de mármol con una gracia majestuosa, balanceando sus caderas anchas y seguras con un orgullo que desafiaba cualquier norma de la rigidez urbana. El raso verde esmeralda brillaba bajo las arañas de cristal, acentuando el relieve pleno de su busto y la redondez sensual de su silueta curvy. Su piel tostada y pecosa resplandecía con una vitalidad contagiosa, y la abundancia de sus rizos oscuros danzaba sobre sus hombros con una libertad que contrastaba con los peinados tiesos de las damiselas de la alta sociedad. Ella no buscaba la aprobación de nadie; su sola presencia declaraba que la Mansión Blackwood ya no pertenecía al luto, sino a la fertilidad de la vida que ella representaba.
Alexander la llevaba firmemente de la mano. Sus dedos largos envolvían los de ella con una posesividad nítida, elevando sus manos unidas para que todo el salón pudiera ver el vínculo que los unía. Sus ojos azul grisáceo barrieron la concurrencia con un fuego azul, ardiente y maduro, el fuego del hombre que ha vuelto a la vida y está dispuesto a aplastar cualquier murmullo que intente dañar a su mujer.
Llegaron al final de la escalinata y avanzaron hacia el centro del parqué pulido. La multitud se abrió a su paso por puro instinto ante la envergadura colosal de Alexander y la majestuosidad rotunda de Caitlyn. El aroma a tabaco rubio y leña de él se fundió con el perfume dulce a manzanas y vainilla de ella, reclamando el aire del salón.
Alexander se detuvo y, manteniendo la mano de Caitlyn firme en la suya, miró directamente a los ojos de los hombres notables y las damas de la provincia. Su voz de barítono profundo, rica y dotada de una vibración potente, resonó en cada rincón del palacio de cristal.
—Buenas noches a todos —dijo Alexander, y la firmeza de su mandíbula recortada dio peso a cada sílaba—. Agradezco que hayan acudido a la Mansión Blackwood para atestiguar este nuevo comienzo. Muchos de ustedes han escuchado historias sobre las sombras que gobernaron esta casa y sobre el hombre que se escondía en ellas. Esas sombras han muerto para siempre. Y si hoy estoy aquí de pie, fuerte y dispuesto a asumir el destino de mi linaje, es gracias a la mujer que sostiene mi mano.
Alexander giró sutilmente su fisonomía colosal hacia Caitlyn, mirándola con una fijeza magnética y una devoción tan pura que hizo que los ojos oscuros de ella brillaran con lágrimas de orgullo contenido.
—Les presento a Caitlyn —declaró Alexander, y el uso de su nombre sonó como una ley sagrada ante el salón—. Ella es la dueña absoluta de mi corazón, la señora de esta mansión y la mujer junto a la cual gobernaré estas tierras por el resto de mis días. Quien busque la amistad de Blackwood, debe saber que su respeto empieza por ella.
Un murmullo de asombro recorrió las filas de los invitados, pero nadie se atrevió a pronunciar una sola palabra de disconformidad ante el brillo peligroso y protector de los ojos claros del heredero. Julián Vance bajó la cabeza, reconociendo la derrota definitiva de su vanidad, mientras la vieja condesa Margaret asentía con una sonrisa cómplice desde su rincón.
Alexander soltó sutilmente el agarre de sus dedos para deslizar su mano grande directamente sobre la cintura esmeralda de Caitlyn, atrayendo su silueta curvy contra su costado fuerte. El contraste de sus pieles y la sincronía de sus cuerpos unidos ante el mundo sellaron la verdad que la lluvia había bautizado.
—Haga sonar la música, director —ordenó Alexander, sin apartar los ojos de los labios carnosos de su mujer—. Es hora de que el salón de baile aprenda a celebrar la vida de nuevo.
La orquesta reanudó la melodía con un acorde de violines rico, alegre y profundo. Alexander inició el paso, guiando a Caitlyn en un vals lento bajo la luz dorada de las arañas de cristal. Se movían con una sincronía perfecta, el peso generoso de las curvas de ella amoldándose contra la anatomía colosal del príncipe maduro. Las puertas de la Mansión Blackwood se habían abierto para el mundo, pero en el centro del parqué, envueltos en su propio perfume y en la fijeza de su amor indomable, la Bestia y el torbellino demostraron que ya nada en la tierra podría quebrar el reino que juntos habían construido.