Todos creen que Valeria Moretti traicionó al hombre más peligroso del país. Él también lo creyó... y la echó de su vida sin darle la oportunidad de defenderse. Cinco años después, Valeria regresa con una pequeña hija y un pasado que juró olvidar. Alessandro De Luca, el temido Rey de la Mafia, está a punto de descubrir que la mujer que nunca dejó de amar ocultó el secreto más grande de su vida. Pero cuando la verdad salga a la luz, ya no solo estará en juego su amor... sino la vida de su familia.
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Capítulo 4: La verdad que duele
Alessandro permaneció inmóvil frente a la casa.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía una respuesta.
No tenía una estrategia.
No tenía el control de la situación.
Todo lo que había construido durante años para protegerse del dolor se había derrumbado en unos segundos.
Tenía una hija.
Una hija que había vivido cinco años sin él.
Cinco años en los que Sofía había aprendido a caminar, a hablar, a reír y a descubrir el mundo mientras él estaba lejos, creyendo una mentira.
Miró hacia la ventana de la casa.
A través del vidrio pudo ver una pequeña silueta.
Sofía estaba observándolo.
La niña que llevaba su sangre.
La niña que nunca supo que existía.
—¿Por qué? —preguntó finalmente.
Valeria permaneció en silencio.
—¿Por qué me la ocultaste?
La pregunta dolió.
Más de lo que él imaginaba.
Porque en su mente había pensado que ella le daría una explicación sencilla.
Pero no estaba preparado para ver el dolor en sus ojos.
—¿De verdad querés saberlo?
Alessandro sostuvo su mirada.
—Sí.
Valeria respiró profundamente.
Cinco años había guardado esas palabras.
Cinco años tragándose el dolor.
—Porque la noche que me acusaste, cuando todos me miraban como si fuera una criminal... vos también lo hiciste.
Alessandro bajó la mirada.
Aquella noche regresó a su memoria.
El rostro de Valeria lleno de lágrimas.
Su voz pidiéndole que la escuchara.
Y él...
Él había elegido creer en las pruebas antes que en ella.
—Yo pensé que...
—No.
Valeria lo interrumpió.
—Vos pensaste que me conocías. Pensaste que porque eras Alessandro De Luca podías descubrir la verdad sin escucharme.
Sus palabras eran duras.
Pero eran palabras nacidas del dolor.
—Intenté hablar contigo.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Te llamé muchas veces. Fui a buscarte. Quería explicarte todo.
Alessandro cerró los ojos.
No sabía eso.
—Pero tus hombres no me dejaron entrar.
Aquella confesión lo golpeó.
Porque significaba que mientras él creía que ella había escapado...
Ella había estado intentando acercarse.
—¿Quién te hizo esto?
La pregunta salió con una frialdad peligrosa.
Valeria supo inmediatamente lo que significaba.
Alessandro De Luca estaba apareciendo.
El hombre que todos temían.
—No importa.
—Para mí sí.
—Alessandro...
—No.
Su voz fue firme.
—Alguien destruyó mi vida. Destruyó la tuya. Y me quitó cinco años con mi hija.
Valeria sintió un escalofrío.
Porque por primera vez veía algo diferente en él.
No solo enojo.
También culpa.
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Dentro de la casa, Sofía estaba sentada junto a su bisabuela.
—¿Ese señor es mi papá?
La pregunta hizo que Isabel se quedara en silencio.
No quería mentirle.
Pero tampoco quería lastimarla.
—Sí, pequeña.
Sofía sonrió.
—Entonces es muy alto.
La anciana soltó una pequeña risa.
—Sí, lo es.
—Y tiene mis ojos.
Isabel la miró con ternura.
—Sí, los tiene.
La niña abrazó su oso.
—¿Me va a querer?
Aquella pregunta rompió el corazón de la mujer.
Porque una niña de cinco años no debería preguntarse si su propio padre la iba a querer.
—Claro que sí, mi amor.
Pero incluso mientras decía esas palabras, una parte de Isabel tenía miedo.
Porque conocía el mundo de Alessandro.
Conocía sus enemigos.
Y sabía que volver a unir a esa familia podía traer peligro.
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Afuera, Alessandro seguía hablando con Valeria.
—Quiero conocerla.
Valeria lo miró.
—No es un objeto que puedas reclamar porque descubriste que existe.
La frase lo hizo quedarse quieto.
Ella tenía razón.
—No quiero reclamarla.
Su voz bajó.
—Quiero recuperar el tiempo perdido.
Por primera vez, Valeria vio algo en sus ojos que no esperaba.
Arrepentimiento.
Pero el perdón no llegaba tan fácilmente.
Cinco años de dolor no desaparecían en una conversación.
—Necesito tiempo.
Alessandro asintió lentamente.
Aunque no era la respuesta que quería.
—Te lo daré.
Se dio vuelta para marcharse.
Pero antes de subir al automóvil, miró una última vez hacia la casa.
Hacia la ventana donde Sofía seguía mirando.
Y en ese instante tomó una decisión.
Descubriría quién había separado a su familia.
Sin importar las consecuencias.
Alessandro no volvió a la mansión inmediatamente.
Necesitaba estar solo.
Algo que pocas veces se permitía.
Su vida siempre había estado llena de decisiones difíciles, enemigos esperando un error y personas que dependían de sus órdenes.
Pero esa noche nada de eso parecía importante.
Porque por primera vez en cinco años entendía que había perdido algo que jamás podría recuperar.
Tiempo.
Tiempo con su hija.
Tiempo con Valeria.
Tiempo que nadie podía devolverle.
El automóvil avanzaba por las calles mientras él permanecía en silencio en el asiento trasero.
Marco, que iba adelante, notó el cambio en su jefe.
Nunca había visto a Alessandro así.
No era enojo.
No era frialdad.
Era dolor.
—Señor...
Alessandro levantó la mirada.
—Necesito que investigues todo lo ocurrido aquella noche.
Marco frunció el ceño.
—¿La noche de Valeria?
—Todo.
Su voz era firme.
—Quién falsificó los documentos. Quién manipuló las pruebas. Quién tenía interés en separarnos.
Marco dudó.
—Creí que estaba seguro de que ella lo había traicionado.
Alessandro apretó la mandíbula.
—Yo también.
Hubo un silencio incómodo.
—Pero me equivoqué.
Decir esas palabras no era fácil para él.
Alessandro De Luca jamás admitía errores.
Pero esta vez no podía esconderse.
Porque su error no había costado dinero.
No había costado un negocio.
Había destruido una familia.
—Encuentra la verdad, Marco.
—Lo haré.
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En la casa de los Moretti, Valeria observaba por la ventana cómo el automóvil negro desaparecía al final de la calle.
No sabía qué sentir.
Una parte de ella había esperado ese momento durante años.
Había imaginado que Alessandro descubriría la verdad y volvería arrepentido.
Pero ahora que estaba ocurriendo...
No sentía felicidad.
Solo miedo.
Su abuela se acercó lentamente.
—Hija...
Valeria no se giró.
—No sé si hice bien.
—Protegiste a tu hija.
—Pero él es su padre.
Isabel suspiró.
—Y vos también tenés derecho a sanar.
Valeria cerró los ojos.
Recordó a la joven que era antes.
Una chica que amaba sin miedo.
Que confiaba completamente en Alessandro.
Nunca imaginó que el hombre que prometió protegerla sería quien más daño le haría.
—Tengo miedo, abuela.
La confesión salió en un susurro.
—¿De qué?
—De que Sofía lo quiera.
Isabel la miró sorprendida.
—¿Eso es lo que te preocupa?
Valeria bajó la mirada.
—Si ella lo ama... yo no podría quitarle eso.
Pero tampoco sabía si estaba preparada para verlo convertirse en parte de sus vidas.
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Al día siguiente...
Alessandro llegó nuevamente a la casa.
Esta vez sin escoltas.
Sin traje de poder.
Solo como un hombre que quería conocer a su hija.
Valeria abrió la puerta y se sorprendió al verlo.
—¿Qué haces aquí?
—Quiero verla.
Ella permaneció en silencio.
—Alessandro...
—No voy a llevarla conmigo.
Su voz fue tranquila.
—No voy a obligarte a nada.
Hizo una pausa.
—Solo quiero cinco minutos.
Valeria dudó.
Después de unos segundos se apartó para dejarlo entrar.
—Cinco minutos.
Alessandro entró.
La casa era sencilla.
Muy diferente a la mansión donde él vivía.
Pero tenía algo que su hogar nunca había tenido.
Calidez.
Entonces escuchó una pequeña voz.
—¿Viniste?
Sofía apareció en el pasillo.
Alessandro se quedó mirándola.
Era extraño.
Sabía que era su hija.
Pero su corazón todavía estaba intentando entenderlo.
La niña sonrió.
—Pensé que no ibas a volver.
Aquellas palabras lo golpearon.
Porque una niña que apenas lo conocía ya estaba esperando verlo.
Se arrodilló para estar a su altura.
—¿Esperabas que volviera?
Sofía asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
La pequeña se encogió de hombros.
—Porque sos mi papá.
Alessandro sintió que algo dentro de él se rompía.
Cinco años de ausencia.
Cinco años que no podía cambiar.
Pero tal vez podía empezar a construir algo nuevo.
—Hola, Sofía.
Sonrió apenas.
—Soy Alessandro.
La niña extendió su mano con una seriedad adorable.
—Mucho gusto, papá.
Y por primera vez en muchos años...
Alessandro De Luca sonrió de verdad.
Sin saber que, mientras él daba ese primer paso hacia su hija...
Alguien observaba la casa desde un automóvil estacionado en la distancia.
Alguien que no quería que la familia De Luca volviera a estar unida.