⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
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Capítulo 21
...AITANA...
Ver la vulnerabilidad de Henrry me tomó por sorpresa. El hombre egocéntrico que tenía enfrente se había desmoronado en cuestión de segundos, transformado por el pánico puro de un padre.
Sin pensarlo dos veces, di un paso hacia él y le tomé la mano que le temblaba ligeramente mientras buscaba las llaves del auto.
—Voy contigo —dije con firmeza, mirándolo directamente a los ojos para que regresara a la realidad.
Él parpadeó, aún desorientado por la noticia, pero no se opuso. Simplemente apretó mi mano con una fuerza casi desesperada y caminamos a paso apresurado hacia su vehículo.
El trayecto hacia la clínica fue un silencio sofocante, solo interrumpido por el sonido del motor acelerando y sus nudillos blancos apretando el volante. Yo me mantuve a su lado, apoyando mi mano sobre la suya en cada semáforo, intentando ser el ancla que él necesitaba en ese momento.
Al llegar al centro médico, Henrry apenas esperó a aparcar bien antes de bajar corriendo por las puertas de urgencias. Yo lo seguí de cerca, sintiendo cómo la tensión del ambiente nos envolvía a ambos.
En la sala de espera, apoyada contra una de las columnas y visiblemente alterada, estaba Norma. Tenía las manos temblorosas y la mirada perdida en el pasillo que llevaba a los consultorios. Al ver aparecer a Henrry, se incorporó de golpe, con los ojos rojos por el llanto.
—¡Henrry! —exclamó Norma con la voz quebrada.
—¿Dónde está? ¿Qué dijeron los médicos, Norma? —exigió él, acortando la distancia entre ellos con la desesperación marcada en el rostro.
—Se lo llevaron adentro para evaluarlo... Tenía la fiebre altísima y empezó a convulsionar en la casa, no lograba que reaccionara —explicó ella atropelladamente, al borde del colapso emocional. Fue en ese momento cuando Norma desvió la mirada por encima del hombro de Henrry y me vio a mí, parada a pocos pasos.
Su expresión cambió de inmediato. El dolor y el pánico en su rostro se tiñeron de una mezcla de confusión y rabia al notar mi presencia en un momento tan íntimo y delicado para su familia.
—¿Qué hace ella aquí, Henrry? —preguntó Norma con tono cortante, olvidando por un segundo la situación mientras me señalaba—. ¿En serio trajiste a esta mujer al hospital mientras nuestro hijo está allá adentro?
Henrry no cayó en el juego. Ni siquiera parpadeó ante el reclamo de Norma, como si el veneno en su voz fuera una distracción insignificante comparada con lo que estaba en juego detrás de las puertas dobles de la clínica.
—Aitana está conmigo, Norma. Fin del tema —dijo Henrry, con una voz cortante y tan fría que dejó a la mujer con la palabra en la boca—. Dime exactamente qué dijeron los médicos. ¿Le pusieron algo para la fiebre? ¿Ya lo atendió su pediatra?
Norma se tragó la rabia, aunque sus ojos me lanzaron una última mirada cargada de resentimiento antes de volver a enfocarse en Henrry, abrazándose a sí misma para intentar detener el temblor de sus hombros.
—Está... están intentando bajarle la temperatura. Dijeron que la convulsión fue por la fiebre tan alta, pero no me dejan pasar —respondió con la voz ahogada por un sollozo—. Tuve tanto miedo, Henrry... No respondía, tenía los ojitos idos y...
Henrry cerró los ojos un segundo, tomando una bocanada de aire profunda para contener el pánico que amenazaba con sobrepasarlo. Pasó una mano por su nuca y dio un paso más cerca de las puertas de la zona de urgencias pediátricas, incapaz de quedarse quieto.
Yo me mantuve a una distancia prudente, dándole su espacio con Norma pero sin moverme de la sala. Sabía que no era mi lugar intervenir en la crisis de su hijo, pero tampoco iba a dejarlo solo.
Pocos minutos después, la puerta automática se abrió y un médico con bata blanca salió con una carpeta en la mano, buscando con la mirada a los familiares.
—¿Familiares del niño Tobías Montenegro? —preguntó el doctor.
Henrry y Norma avanzaron al mismo tiempo hacia él.
—Soy el papá. ¿Cómo está mi hijo? —exigió Henrry de inmediato, poniéndose frente al médico con la mandíbula tensa y los puños apretados a los costados.
El médico miró la ficha clínica por un segundo antes de alzar la vista hacia ellos, ofreciéndoles una expresión más serena para calmar los ánimos.
—El pequeño Tobías ya está estable —anunció el doctor, provocando un suspiro de alivio en todos—. La convulsión fue febril, un episodio reactivo a la temperatura tan alta que traía, pero logramos bajársela a tiempo. En este momento está descansando bajo observación y canalizado para rehidratarlo.
Norma se llevó las manos a la cara, rompiendo a llorar en silencio, esta vez de puro alivio. Henrry, por su parte, pareció soltar todo el aire que había estado reteniendo desde la llamada. El color le regresó al rostro, aunque sus facciones seguían marcadas por el agotamiento.
—¿Puedo verlo? —preguntó Henrry sin perder tiempo.
—Solo un familiar por el momento, mientras pasa a la sala de recuperación —respondió el médico—. Pueden turnarse.
Henrry asintió de inmediato y miró a Norma. A pesar de los roces y el drama de minutos antes, en ese instante primó el sentido común.
—Pasa tú primero —le dijo a Norma, manteniendo un tono firme pero sin asperezas—. Necesitas ver que está bien. Yo espero afuera.
Norma no discutió. Asintió torpemente, secándose las lágrimas con la manga antes de seguir al doctor por el pasillo hacia el área pediátrica.
Henrry se giró despacio hacia mí. Se pasó ambas manos por la cara, soltando una exhalación profunda, y caminó hasta donde yo estaba parada.
La distancia y la tensión de los últimos minutos parecieron disiparse cuando me miró.
—Está bien... Tobías está bien —murmuró, como si necesitara decirlo en voz alta para terminar de creérselo.
—Te lo dije, es un niño fuerte —le respondí con suavidad, dando un paso hacia él.
Henrry no lo dudó: envolvió sus brazos alrededor de mi cintura y pegó su frente a la mía, cerrando los ojos por unos segundos mientras sus hombros finalmente se relajaban.
—Gracias por estar aquí, amor —susurró cerca de mis labios, apoyando todo su peso emocional en ese abrazo—. No tenía cabeza para nada y tenerte aquí conmigo... me ayudó a no volverme loco.
Me quedé entre sus brazos, devolviéndole el abrazo con la misma fuerza mientras sentía cómo el ritmo frenético de su corazón empezaba a estabilizarse contra mi pecho. Deslicé las manos por sus hombros hasta su nuca, acariciándolo con suavidad para terminar de transmitirle esa paz que tanto necesitaba.
—Aquí voy a estar, Henrry —le murmure contra el cuello—. No me iba a ir a ningún lado.
Se apartó solo un poco para mirarme, manteniendo sus manos firmes en mi cintura. Había una vulnerabilidad en su rostro que jamás le había visto a ese hombre arrogante y controlador que solía tener la última palabra en todo. En ese instante era simplemente un padre aliviado de que a su hijo no le pasara nada.
—Voy a entrar a verlo un momento en cuanto salga Norma —dijo, pasándose una mano por el cabello para acomodárselo de nuevo.
—Tómate tu tiempo con Tobías. Yo te espero en las sillas de la sala —asentí, regalándole una pequeña sonrisa de tranquilidad.
Justo en ese momento, las puertas dobles se abrieron y Norma salió del pasillo. Venía secándose las últimas lágrimas con un pañuelo, pero en cuanto levantó la vista y nos vio tan juntos, su expresión volvió a agriarse.
Caminó con paso firme hacia nosotros, tratando de mantener la dignidad que el pánico le había quitado minutos antes.
—Ya se quedó dormido. Está mucho mejor —dijo Norma, dirigiéndose exclusivamente a Henrry y fingiendo que yo era invisible—. El médico dice que en un par de horas podrían darle el alta si no vuelve a subirle la fiebre.
—Bien —respondió Henrry, dando un paso al frente y soltando mi cintura, aunque sin alejarse de mi lado—. Voy a entrar a verlo.
—Henrry, por favor —intervino Norma, cruzándose de brazos y bajando la voz a un susurro—. Necesitamos hablar del niño... a solas. No creo que este sea el lugar ni el momento para que traigas a tu... amante.
Henrry se detuvo en seco y la miró de arriba abajo. La calidez que acababa de mostrar conmigo se evaporó en un segundo, siendo reemplazada por esa fría frialdad que le había visto cuando contestó el teléfono.
—Norma, no voy a discutir contigo en la sala de urgencias de un hospital —sentenció con voz baja—. Aitana vino a apoyarme porque me importa que esté aquí. Si tienes algo que decirme sobre Tobías, lo hablamos cuando salga de verlo. Mientras tanto, respétala.
Sin darle tiempo a replicar, Henrry caminó hacia la puerta automática y se adentró en la zona de observación, dejándonos a Norma y a mí solas en el pasillo,.