NovelToon NovelToon
LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna) / Completas
Popularitas:23.1k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Tres días después, los médicos le firmaron el alta.

Lían no entendió la mitad del papeleo. Asintió en los lugares donde Sofía asentía, firmó donde Sofía señaló, sonrió cuando una enfermera le dijo algo de "milagro" y "bendiciones".

—El auto está abajo —dijo Sofía—. ¿Te puedes levantar sola?

—Sí.

No podía. Tardó tres intentos. El cuerpo de Valentina pesaba más de lo que recordaba el cuerpo de Lían. O quizá era al revés. Se quedó sentada en el borde de la cama un momento, mirándose las manos. Eran las manos de Valentina. Manos cuidadas, con un anillo fino en el meñique y las uñas pintadas de un color que Lían no sabía nombrar. No eran sus manos. Y al mismo tiempo, sí lo eran.

—¿Vale? —Sofía la miraba—. ¿Necesitas que llame a la enfermera?

—No. Vamos.

Salieron al pasillo. Lían vio luces blancas en el techo, encendidas sin fuego visible. Estuvo a punto de preguntar quién las había prendido. Se mordió la lengua a tiempo. Lo sabes, cuerpo. Búscalo. Y el cuerpo respondió, lento, con una palabra: electricidad. Pero saber la palabra y entender que arriba de su cabeza había un alambre lleno de relámpagos enjaulados eran dos cosas distintas.

En el ascensor casi pegó un grito. La caja de metal se movió sola, sin caballos, sin sirvientes, sin nada que la sostuviera por debajo. Lían se agarró del pasamanos con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos. Sofía la miró con preocupación.

—¿Estás bien? Te pusiste pálida.

—Mareo.

—Normal. Llevas días en cama.

Lían no contestó. Apenas se atrevía a respirar. Si la caja se caía con ellas dentro, ¿de qué piso caían? ¿Cuántas costillas se rompía esta vez?

Las puertas se abrieron en la planta baja. Sofía salió como si nada.

Lían tardó dos respiraciones largas antes de poder seguirla.

El mundo afuera era otra cosa.

Lían se quedó parada en la entrada de la clínica con una mano apoyada en el brazo de Sofía. Había cosas. Muchas. Cosas que se movían solas, rugiendo, escupiendo humo. Cosas brillantes pegadas a las paredes con palabras gritando colores. Personas caminando con cajas pequeñas pegadas a las orejas, hablando solas como locos.

Y el ruido. Por todas partes. Un ruido constante que en su época solo habría existido si dos ejércitos estuvieran chocando frente a la muralla de la ciudad.

A Lían se le cerró la garganta.

No fue miedo exactamente. Fue otra cosa, más pequeña y más vergonzosa. Fue la sensación de no entender. Once años de palacio le habían enseñado a entender todo lo que sucedía a su alrededor, hasta el último gesto de la última criada. Y aquí, parada en una acera con una mano agarrada del brazo de una mujer que ella casi no conocía, no entendía nada.

—¿Vale? —Sofía la miró raro—. Vale, ¿de verdad estás bien?

—Sí. Necesito un momento.

—Tómate todo el que quieras.

Un auto pasó frente a ella. Negro, brillante, rugiendo bajo. Adentro había una mujer hablando por una de esas cajas mágicas pegadas a la oreja, sin sostener nada, mientras la cosa avanzaba sola.

Lían cerró los ojos.

Una cosa a la vez. Eso eres tú. Una cosa a la vez. Lo demás vendrá.

Cuando los abrió, Sofía la estaba mirando con una paciencia que Lían no estaba acostumbrada a recibir.

—Vamos al auto —dijo Sofía—. Despacio.

—Despacio.

El auto blanco de Sofía estaba más adelante. Sofía tocó la puerta y la cosa hizo un bip y se abrió sola. Lían no preguntó. Subió despacio, como quien se monta a un caballo desconocido y desconfiado. Sofía le abrochó algo que cruzaba el pecho.

—El cinturón, Vale. Como siempre.

—Como siempre.

Sofía dio la vuelta, subió por el otro lado, hizo girar algo, y el auto empezó a moverse solo. Con Sofía moviendo apenas las manos sobre un círculo.

Lían apretó las manos contra el asiento y no dijo nada durante quince minutos.

—Llegamos.

Lían miró por la ventana.

Era un edificio de tres pisos, fachada de piedra oscura con luces doradas en la entrada. Encima de la puerta, en letras elegantes, una sola palabra:

LOTUS.

—Lo elegiste tú, ¿te acuerdas? —Sofía sonrió—. Era el nombre de tu tía, la que te crió cuando tu madre murió.

Lían parpadeó.

Los recuerdos llegaron con retraso, otra vez. Una mujer mayor, gruesa, con voz de fumadora y manos cálidas. Una mujer que le había enseñado a Valentina a no llorar delante de los hombres. Lotus Saggese, muerta de neumonía cuando Valentina tenía veintidós años.

Lían se quedó mirando las letras un momento.

—Era una buena mujer —dijo, porque pareció lo correcto.

—La mejor.

Bajaron del auto. Lían se quedó mirando la fachada un segundo más antes de entrar. Un club para caballeros, decían los recuerdos. En su época no se andaban con eufemismos. Casa de placer, casa de las flores, casa del té rojo, según la categoría. Lo que había aquí era lo mismo con otro nombre.

Sofía empujó la puerta.

Adentro la esperaba un griterío.

Había unas diez mujeres repartidas por el salón principal —una limpiando vasos detrás de una barra larga, otras dos colgando una guirnalda en el techo, otra arrodillada en el suelo limpiando algo. Se quedaron congeladas un segundo cuando vieron entrar a Lían.

Después una pelirroja alta soltó el trapo que tenía en la mano y gritó:

—¡VALE!

Y se le tiraron encima.

Las diez. Todas. Al mismo tiempo.

Lían se vio rodeada de cuerpos que la abrazaban, le besaban las mejillas, le tocaban la cara, lloraban, se reían. Una le señaló con el dedo una pancarta colgada al fondo del salón que decía BIENVENIDA A CASA, JEFA.

Lían no supo qué hacer.

En once años de palacio nadie la había abrazado así. Su madre la había abrazado el día de la boda y lo había hecho con la rigidez de quien firma un contrato. Sus damas de compañía la tocaban solo para vestirla. Wei y Jiao la habían tocado en la cama, sí, pero con miedo, no con cariño.

Esto era distinto. Esto era una manada de mujeres jóvenes que la querían sin pedirle nada a cambio.

A Valentina. A Valentina la querían así.

Lían se sintió, por un segundo, una intrusa.

Una rubia chiquita le besaba la frente repitiendo te extrañamos un montón, Vale, un montón. Una morena alta le sostenía la cara con las dos manos. La pelirroja, la del grito, lloraba abiertamente, sin disimular.

—Suéltenla, suéltenla —dijo Sofía riéndose y llorando a la vez—. Que acaba de salir del hospital, par de pulpos.

Las mujeres se fueron separando despacio, sin soltarla del todo.

Lían se aclaró la garganta. La voz le salió más firme de lo que esperaba.

—Estoy aquí. No me voy a ningún lado.

Una jovencita de unos veinte años, que había estado al fondo del grupo, se le tiró al cuello y se puso a llorar como si Lían fuera su madre.

Lían le dio una palmada torpe en la espalda. ¿Esto es lo que hacen? ¿Palmaditas? Sofía me besó la mano antes. Quizá habría que besarla a ella también.

No, demasiado.

Se quedó con la palmada y rezó por que fuera suficiente.

—Andrea —dijo Sofía, dirigiéndose a la pelirroja del grito—. Hazle un café a Vale, ¿sí? El de siempre.

Andrea asintió y se metió detrás de la barra.

—Y tú, Camille —siguió Sofía, mirando a la rubia chiquita—, dile a Mei que la jefa llegó. Que baje cuando pueda.

Camille corrió escaleras arriba.

Lían registró los nombres. Andrea, la pelirroja. Camille, la rubia. Y arriba estaba Mei.

Mei.

El nombre le entró como una astilla. Otra Mei. Las Mei la perseguían.

Cuidado con esa.

Dos horas después, las chicas se fueron retirando a sus cuartos del segundo piso. El club abría a las diez de la noche. Tenían que arreglarse.

Lían se quedó sentada en un sillón de cuero rojo en el salón principal, con la taza de café enfriándose en la mano. El café era amargo, denso, horrible. Lo bebió igual. Si esto era lo que tomaba Valentina por las tardes, esto iba a tomar ella ahora.

Sofía le había dado un tour. Otra palabra nueva. Significaba enseñarle el lugar. Lían había caminado por su propio negocio fingiendo que ya conocía cada esquina, mientras los recuerdos le llenaban la cabeza con datos sueltos. Aquí va el DJ los viernes. Aquí está la oficina. Aquí están los reservados. Aquí el bar principal. Arriba están los cuartos.

Cuartos. Ahí trabajaban las chicas. Con clientes. Hombres ricos que pagaban por una hora.

Hasta ahí, normal. Eso existía en su época.

Lo que no existía en su época era que las chicas se quedaran con el sesenta por ciento. Ni que tuvieran un médico una vez al mes pagado por la casa. Ni que Valentina hubiera echado personalmente a tres clientes por ponerle una mano encima a una de ellas sin permiso.

Esa mujer tenía un imperio justo.

Y la mataron.

Sofía entró al salón con un vaso de agua y se sentó al lado de ella en el sillón.

—¿Cansada?

—Un poco.

—Subimos en un rato. Yo me encargo del cierre esta semana, no te preocupes. Tú solo descansa.

Lían iba a decir algo, no supo qué exactamente, cuando la puerta del club se abrió de golpe.

Las dos giraron al mismo tiempo.

Un hombre. Alto, cuarenta y largos, traje gris caro con la corbata floja. El pelo despeinado como si se lo hubiera estado tirando. Cara de no haber dormido. Una caja envuelta en papel dorado en la mano.

Sofía se levantó como si la hubieran picado.

—Tú no puedes estar aquí.

—Sofía, déjame pasar.

—Te dije por teléfono que no.

—Necesito verla. Por favor.

La voz tenía algo. Lían lo notó de inmediato. No era la voz del hombre arrogante que ella había construido en su cabeza con los recuerdos de Valentina. Era una voz cansada, ronca, una voz que parecía haber estado practicando lo que iba a decir durante horas.

Lían no se levantó. Lo miró desde el sillón, despacio. Los recuerdos de Valentina le llegaron en oleada, esta vez no en datos sueltos sino en sensaciones. La forma en que aquel hombre te miraba cuando hablabas. La risa fácil. El gesto de pasarte el pelo detrás de la oreja con un dedo. La manera en que decía tu nombre como si tu nombre fuera lo único que valía la pena decir en aquella habitación.

Marcelo Alarcón sabía mirar a una mujer.

Por eso Valentina había caído. Por eso Valentina había aguantado doce años.

Y Lían, que no había sentido por ningún hombre lo que Valentina sintió por aquel, entendió en dos segundos lo que Valentina nunca supo explicar: que Marcelo no era un villano de teatro, sino algo peor. Un hombre encantador que sabía exactamente qué decir.

—Sofía —dijo Lían, con la voz calmada—, déjalo pasar.

—Vale…

—Déjalo pasar.

Sofía la miró un segundo y después se hizo a un lado.

Marcelo entró casi corriendo. Cruzó el salón en cuatro zancadas y se arrodilló al lado del sillón. Le tomó la mano. La besó tres veces. La presionó contra su frente.

—Mi vida. Mi amor. Pensé que te había perdido.

—Estoy aquí.

—Cuando me llamaron del hospital… no podía ir. Tú sabes cómo es Renata. Si me hubiera visto salir corriendo, habría sospechado, y entonces todo lo que hemos construido tú y yo durante doce años se hubiera ido al carajo. Y yo no podía permitir que…

Se cortó. Le tomó la mano con las dos suyas. La miró con unos ojos que, Lían tenía que reconocerlo, sabían fingir muy bien.

—Mira, te traje esto. —Le puso la caja dorada en el regazo—. Es el collar que viste en Cartier. El que dijiste que te gustaba.

Lían bajó la mirada hacia la caja. La levantó con dos dedos, como quien levanta un trapo sucio.

—Marcelo, vete.

—¿Qué?

—Vete.

—Mi amor, escúchame. —Le tembló la voz, y a Lían le pareció que esta vez no era del todo fingido. Le tembló de algo. Quizá de cansancio. Quizá de culpa. La gente como Marcelo también sentía culpa, descubrió Lían en ese momento. Solo que la sentían y seguían adelante igual—. Hablé con el abogado. Esta vez es de verdad. Te lo juro. En cuanto pase lo del juicio del consorcio, voy a dejar a Renata. Seis meses. Aguanta seis meses más y…

—Seis meses —repitió Lían—. Me has dicho seis meses cuatro veces.

—Esta vez es distinto. Te lo juro por nuestro…

Se cortó.

Iba a decir por nuestro hijo. Lían lo vio en su cara, lo vio en cómo se le ahogó la frase a mitad de la lengua cuando se acordó de que ya no había hijo.

Algo se le subió a Lían por la garganta. No era llanto. Era algo más caliente, más antiguo. Era la furia de Valentina y la furia de Lían encontrándose por primera vez en el mismo cuerpo.

—¿Por nuestro qué, Marcelo? Termina la frase.

—Vale…

—Termínala.

—Yo no quería…

—Por nuestro hijo. Eso ibas a decir. Por el hijo que se murió en una camilla, mientras me sacaban de la fiesta. ¿Dónde estabas tú?

—Vale, yo no podía…

—¿Dónde?

—En la mesa principal. Con Renata. No podía levantarme delante de…

—Yo me estaba desangrando en una camilla y tú seguiste cenando.

—Vale, baja la voz, por favor…

—Sofía te llamó cuatro veces esa noche. Cuatro. No contestaste ninguna.

—Tenía el teléfono en silencio.

—¿En silencio? ¿Mientras tu hijo se moría?

Marcelo bajó la cabeza. No contestó. Por primera vez en toda la conversación, le falló el guion.

Y a Lían se le aclaró todo de golpe.

No era que Marcelo no la hubiera querido. Marcelo a su manera la había querido, claro. Marcelo quería a Valentina del mismo modo en que un hombre quiere una casa de campo: para ir cuando puede, dejarla cerrada cuando no, y olvidarse de regarle las plantas.

Y Valentina se había muerto regándole las plantas.

Lían se levantó del sillón despacio. La caja dorada en una mano. La otra mano libre.

Marcelo seguía arrodillado.

—Levántate.

—No. No me voy a levantar hasta que…

PLAF.

La bofetada le llegó antes de que terminara la frase. Lían no la pensó. Le salió sola, la mano de Valentina la dio sin pedir permiso, con la misma fuerza con la que mil años atrás Lían había querido abofetear a Mei y nunca pudo.

Marcelo se quedó congelado, con la mejilla roja, la boca entreabierta.

Lían levantó la caja dorada con la otra mano. La sopesó —era pesada, Cartier hacía cajas sólidas— y la dejó caer con todo el brazo contra la cabeza de Marcelo.

El golpe sonó hueco. Marcelo se fue al piso de costado. La caja se abrió y el collar de diamantes salió rodando por el suelo de madera.

—¡Vale! —gritó Sofía—. ¡Vale, espera, espera!

Pero Lían ya no la oía.

Once años de aprender a no abofetear concubinas. Once años de tragarse cada té envenenado con una sonrisa. Mil años más de esperar bajo tierra. Todo eso le subió por el brazo en cinco segundos.

—¡GUARDIAS! —gritó Lían.

Su voz retumbó en el salón vacío. Era la voz imperial, la voz que en otra vida había hecho temblar a eunucos viejos. La voz de quien daba una orden y sabía que sería obedecida en menos de tres respiraciones.

—¡GUARDIAS! ¡Saquen a este perro de mi palacio!

Sofía se quedó tiesa. Marcelo, en el piso, con la mano en la cabeza, también.

Hubo dos segundos de silencio absoluto.

Y entonces Lían se acordó.

Estás en un club. En este siglo no hay guardias imperiales. Nadie va a venir a sacar a este hombre porque tú grites…

Se cortó el pensamiento ahí.

Porque la puerta lateral del salón se acababa de abrir.

Y entraron dos hombres altos, anchos, vestidos de negro, con auriculares en la oreja y la cara de no preguntar antes de actuar.

Sofía se aclaró la garganta.

—Saquen al señor Alarcón. Por la puerta de atrás. Y díganle a Andrés que no lo deje entrar más. Nunca más.

Los dos hombres asintieron al mismo tiempo. Caminaron hasta Marcelo. Lo levantaron del piso por las axilas, con la facilidad con la que se levanta un saco. Marcelo intentó forcejear.

—¡Vale! ¡Vale, mi amor, escúchame! ¡Esto es un error, mi vida, hablemos! ¡VALE!

Lían no contestó. Lo vio salir colgando entre los dos hombres por un pasillo que se iba haciendo cada vez más lejano hasta que una puerta se cerró y el silencio volvió al salón.

Lían se quedó mirando la puerta cerrada.

Después miró a Sofía.

Después miró el collar de diamantes tirado en el suelo.

Y empezó a reírse.

Una risa que le subió desde el fondo del estómago. Una risa que la dobló en dos y la obligó a apoyarse en el respaldo del sillón.

—¿Vale? —Sofía se le acercó preocupada—. ¿Estás bien? ¿Te golpeaste?

Lían sacudió la cabeza. No podía hablar todavía.

—Vale, me asustas…

—Guardias —logró decir Lían, secándose una lágrima—. Tengo guardias.

—Eh… sí. Son seguridad. Como siempre.

Lían se enderezó. Respiró hondo. La risa se le fue apagando hasta dejarle una sonrisa pequeña.

Mil años después. Otro continente. Otro cuerpo. Y todavía tengo guardias.

Algunas cosas no cambian.

Se agachó y recogió el collar del suelo. Lo enrolló en la mano.

—Sofía.

—Dime.

—Es momento de empezar a cobrar deudas.

1
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
jajaja me encantaría ver si bien no sus bailes al menos sus vestuarios la corona esa hermosa máscara que la cuida 🥰🥰
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
esto se puso sospechoso
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
excelente
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
alguien me explica cómo se hizo famosa tan rápido jajaja los reservados del viernes debes cobrar todo al triple sacan plata pero sin vender su cuerpo y eso te dará mucho más capital para ayudar a más chicas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
me encanta la novela amaría que tuviera imágenes o fotos para disfrutar mas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
y cobrales con intereses a todos mi ciela
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
al menos está Clarita que lo va a mandar a freír espárragos si es que vuelve🤬
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
hablando de cobardes 🤷🏼‍♀️
Roxana C Añez
Me enamoré de la historia, fue... refrescante leer algo tan original.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Roxana C Añez
Podrá haber sido un pendejo... pero está parte me dolió 🥺
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺
Corina Galantti
una historia hermosa, muy triste, pero con final FELIZ! ME ENCANTÓ. BENDICIONES ESCRITORA
Celia Maza
muy pero muy buena. tenía tiempo que no leía una novela asi
Elizabeth Delvicier
bien fuerte en época machista donde los hombres comían de cada plato y las mujeres tenían que esperar para ser visitadas en sus alcobas
Evelyn
Me encanta como escribes yo leo desde México y me encanta la protagonista una mujer empoderada y que no se dela dominar por nadie
Guadalupe Flores
👏👏👏👏👏👏 Que bonito final. Se fue en paz Valentina. No me gustó que muriera Lucía. Y me quede con ganas de ver más sufrir a Remata. Jajaja felicidades escritora muy bonita novela
Guadalupe Flores
Imaginate jaja3 dos niñas y un niño. Lucia, Lin Hua y el niño que no recuerdo el nombre del papá de Dante. Sería perfecto 👏👏👏👏
Guadalupe Flores
Desde la primera vez que dijiste verdad vieja me recordó a mi mamá ella tenía esa costumbre de decir esas mismas palabras y hablarse a si misma así. 😭
MariaVG😘
hermosísima historia. Te hace sentir muchas cosas emociones. Me encantó la vieja y su hijo de puta🤭🤭 felicidades autora tienes un talento increíble 👏👏👏💐💐💐
MariaVG😘
hermosísima historia. Te hace sentir muchas cosas emociones. Me encantó la vieja y su hijo de puta🤭🤭 felicidades autora tienes un talento increíble 👏👏👏💐💐💐
Lucia Feliciano Falcao
Este pandillero cobarde y ladrón está charlado, no ve que cuando la limosna es grande el ciego desconfía y el cree que la mafiosa de la mujer va le regalar esa suma de dinero por su cara demacrada sin querer nada a cambio.😸😸😸
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play