El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?
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4,EL ANILLO Y LA AMENAZA,
No dormí. ¿Cómo iba a dormir después de escuchar la palabra boda salir de su boca?
El vestido rojo seguía tirado en el suelo como una mancha de sangre. Yo estaba hecha un ovillo en la esquina de la cama, abrazando mis rodillas. El sol ya se colaba entre los barrotes de oro, burlándose de mí.
La puerta se abrió sin que tocara. Marta entró con una bandeja de desayuno y una caja pequeña de terciopelo negro. No dijo buenos días. Nunca lo hacía.
“El señor de la Rosa ordena que desayunes. Y que te pongas esto.” Empujó la caja hacia mí.
Mi estómago se cerró. “No quiero nada de él.”
Marta dejó la bandeja en la mesa con un golpe seco. “No es una petición, niña. Es una orden. Si no comes, no sales de esta habitación. Y si no te pones el anillo… tu madre pasa la noche en una celda.”
El aire se me fue. Otra vez. Siempre era mi madre. La cuerda con la que Emiliano me ahorcaba sin tocarme.
Abrí la caja con dedos temblorosos. Adentro, sobre satén negro, brillaba un anillo. No era un anillo de compromiso normal. Era una monstruosidad de oro blanco, con una esmeralda del tamaño de una uña en el centro. Mi jaula, en miniatura, para llevarla en el dedo.
“Póntelo”, dijo Marta.
“No.” La palabra me supo a rebelión. Pequeña, inútil, pero mía.
Marta suspiró, sacó su celular y marcó un número. “Señor, ella se niega.” Pausa. Me miró. “Sí, señor. Entendido.” Colgó. “Tienes diez segundos para ponértelo, Esmeralda. O la policía va a tocar la puerta de tu madre en menos de veinte minutos.”
Lo agarré. Estaba frío. Helado. Como él. Me lo embutí en el dedo anular. Me quedaba perfecto. Claro que le quedaba perfecto. Emiliano de la Rosa no dejaba nada al azar.
“Bien”, dijo Marta, satisfecha. “El auto la espera en diez minutos. Van a tomarle las medidas para el vestido de novia.”
¿Vestido de novia? El desayuno se me subió a la garganta. “No pueden obligarme a casarme.”
“No”, admitió Marta mientras recogía la bandeja que no había tocado. “Pero pueden obligar a tu madre a firmar una declaración jurada de que te vendió. Con eso, el matrimonio es legal. ¿Quieres que pase sus últimos años en la cárcel por trata de personas, o prefieres ser la señora de la Rosa?”
Salió y cerró con llave.
Me quedé mirando la esmeralda en mi dedo. Pesaba una tonelada. Intenté quitármela. Tiré hasta que la piel me ardió y se puso roja. No salía. Estaba atorado, como si mi dedo se hubiera hinchado de la noche a la mañana. O como si estuviera diseñado para no salir jamás.
Diez minutos después, dos guardias vestidos de negro abrieron mi puerta. No, Marta. Hombres enormes, con caras de piedra.
“La señorita de la Rosa”, dijo uno, sin emoción.
Bajé las escaleras esposada por ese anillo. En el recibidor, Emiliano me esperaba. De traje negro. Impecable. Inhumano. Tenía el celular en la oreja.
“Sí, cancele la transferencia a la cuenta de la señora Esmeralda Gutiérrez”, decía. Mi madre. “Si la niña coopera hoy, se la reactivamos mañana. Si no… proceda con la denuncia.” Colgó y por fin me miró.
Caminó hacia mí lento. Tomó mi mano y alzó mi dedo anular para ver el anillo. Su pulgar rozó mi piel y un escalofrío me recorrió entera.
“Te queda bien el verde, señorita de la Rosa”, murmuró. “Te recuerda quién es tu dueño.”
Intenté jalar mi mano. Su agarre se hizo de hierro. “Si vuelves a intentar quitártelo”, susurró, con esa voz que era más peligrosa cuando bajaba el volumen, “el próximo que te ponga no será de oro. Será de acero. Y no saldrá de tu jaula hasta que yo muera.”
Me soltó y les hizo un gesto a los guardias. “Llévenla a la casa de modas. Que no le quiten los ojos de encima. Ni un segundo.”
Me empujaron hacia la puerta principal. Por un segundo, un segundo estúpido y lleno de esperanza, vi el exterior. El sol. Los jardines. La reja de hierro al fondo. La libertad.
Y a cada lado de la puerta, dos guardias más. Con armas en la cintura. Mirándome.
La puerta se cerró tras de mí. El clic de la cerradura sonó a sentencia de muerte.
La jaula no era solo el cuarto. La jaula era toda su maldita mansión. Y Emiliano de la Rosa tenía todas las llaves.