A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
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Capitulo 9
El trayecto de regreso en el ascensor privado fue un suplicio de aire acondicionado y respiraciones contenidas. Las puertas metálicas apenas se abrieron en el recibidor del ático cuando la tormenta que ambos habían estado reprimiendo desde el balcón estalló con la fuerza de un rayo.
Valery se giró abruptamente, haciendo que la seda roja de su vestido restallara contra sus piernas. Sus tacones resonaron con furia sobre el concreto pulido mientras se deshacía de los pendientes de diamantes, arrojándolos sobre la mesa de la entrada. Estaba temblando, pero esta vez no era de rabia contra Adrián; era una agitación mucho más peligrosa, una que nacía directamente del centro de su vientre y se extendía como pólvora encendida.
—¿Se puede saber qué demonios fue eso, Marcos? —le reclamó, dándose la vuelta para encararlo, con los ojos almendrados destellando bajo la luz tenue de la sala.
Marcos acababa de cerrar la puerta trasera. Se quitó el saco negro del traje con un movimiento brusco y lo dejó caer al suelo sin importarle el lujo de la prenda. Se aflojó los primeros botones de la camisa blanca con dedos ansiosos, revelando la base de su cuello donde la piel aún lucía ligeramente enrojecida por los besos de la terraza.
—¿A qué te refieres exactamente, Valery? —preguntó él, su voz barítona sonando más baja, espesa y cargada de una vibración que erizó los vellos de los brazos de la chica.
—¡Al beso! —exclamó ella, dando un paso al frente, con el escote de vértigo subiendo y bajando al ritmo de su respiración entrecortada—. Cruzaste la línea. El contrato estipula claramente que las demostraciones de afecto en privado están prohibidas a menos que ambas partes den su consentimiento. En la terraza no había cámaras, Marcos. No había prensa. Adrián ya se había ido. ¡Cruzaste la maldita línea!
Marcos se detuvo en seco. Sus ojos oscuros, inyectados con una chispa de deseo salvaje que no había logrado apagar en todo el camino, se clavaron en los labios carmín de Valery, todavía sutilmente hinchados. Avanzó hacia ella con pasos lentos, felinos, acortando la distancia hasta que Valery sintió el calor abrasador que irradiaba su cuerpo.
—¿Quieres hablar de la maldita línea? —preguntó él, su voz descendiendo a un registro tan ronco y roto que pareció raspar el aire—. Al diablo con la línea, Valery.
—¡Es nuestro trato! —insistió ella, aunque su voz flaqueó cuando Marcos la acorraló contra el respaldo del sofá de cuero, obligándola a levantar la barbilla para sostenerle la mirada.
Marcos apoyó ambas manos a los lados de sus caderas, inclinándose tanto que sus pechos casi se rozaron. Su perfume a sándalo y masculinidad pura la envolvió, anulando cualquier rastro de lógica en su cerebro.
—¿Tienes idea de lo que es tenerte durmiendo a centímetros de mí en esa cama, vistiendo esa camisola de seda que apenas te cubre? —confesó Marcos, con la voz rota por un deseo tan crudo que desarmó por completo a Valery—. ¿Tienes idea de lo que siento cada vez que te tomo de la cintura frente a los demás y tengo que fingir que solo es un juego de negocios? Fingir que no te quiero tocar, que no quiero devorarte cada maldito segundo del día, es la tortura más grande de mi vida, Valery. No lo hice por Adrián. Lo hice porque me estaba volviendo loco.
El impacto de sus palabras dejó a Valery sin aliento. El calor denso y líquido en su vientre se desató con una fuerza devastadora, derribando la última barrera de su orgullo. Sus ojos se encontraron, devorándose en la penumbra de la sala.
Marcos no esperó más. Se inclinó y la atrapó en otro beso, pero este no tenía nada de la contención del balcón. Fue un estallido de necesidad pura. Sus manos viajaron rápidamente hacia la espalda descubierta de Valery, sus dedos cálidos presionando contra la seda roja, pegando sus cuerpos con tanta firmeza que ella pudo sentir cada músculo de su torso tenso y el latido desbocado de su corazón. Valery emitió un gemido ahogado que se perdió en la boca de Marcos, enredando sus manos en su cabello oscuro, respondiendo con la misma urgencia implacable. La fricción de sus cuerpos era electricidad pura; la atracción, incontrolable.
Estaban a un paso de perder el control absoluto, a un botón de distancia de arrastrarse mutuamente al abismo de ese sofá. Sin embargo, en un último arranque de cordura, Marcos detuvo sus movimientos. Su respiración golpeaba el rostro de Valery de forma errática. Con la frente apoyada contra la de ella y las manos temblando sobre su cintura, se separó con lentitud, luchando por recuperar el dominio de sí mismo.
—Si no nos detenemos ahora... no habrá contrato que nos salve mañana —murmuró él, con los ojos nublados de lujuria.
Valery, con las mejillas encendidas y el pecho agitado, solo pudo asentir en silencio. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se refugió en la habitación, dejando que el silencio de la noche asimilara el fuego que casi los consume.
A la mañana siguiente, la luz dorada del sol de julio inundaba el dormitorio principal. Valery se despertó con el cuerpo extrañamente liviano, aunque el eco de la discusión de la noche anterior seguía vibrando en su mente. Se estiró sobre las sábanas de algodón, notando de inmediato que el lado de Marcos estaba vacío.
Al incorporarse, algo sobre la mesa de noche llamó su atención.
Había una pequeña y elegante caja de terciopelo negro junto a una rosa roja de tallo largo, cuyos pétalos aún conservaban frescas gotas de agua. Valery estiró la mano con el corazón latiéndole aprisa. Al abrir la caja, soltó un leve suspiro de admiración. Dentro descansaba un delicado collar de oro blanco con un dije en forma de corazón, meticulosamente labrado.
Debajo de la caja, había una nota escrita con la caligrafía firme y angulosa de Marcos:
> *"Valery:*
> *Sé que crucé los límites que acordamos y que mis palabras de anoche pudieron resultar abrumadoras. No suelo perder el control, pero contigo las reglas parecen desvanecerse. Lamento haberte presionado. Este detalle no es parte de ninguna farsa para la prensa; es una disculpa real de un hombre que intenta, con dificultad, mantener la cordura a tu lado.*
> *Que tengas un buen día.*
> *— M."*
>
Valery apretó la nota contra su pecho, sintiendo una calidez profunda y conmovedora que borró cualquier rastro de la molestia de la noche anterior. Había una madurez y una honestidad en el gesto de Marcos que Adrián jamás habría tenido. Marcos no huía de sus errores; los enfrentaba y, a su manera posesiva, la cuidaba. Se colocó el collar frente al espejo, sintiendo el frío metal del corazón posarse justo en el nacimiento de su escote, un recordatorio constante de la atracción prohibida que los unía.
Decidida a no quedarse atrás, Valery se vistió con unos pantalones de lino blanco y un top ligero, y salió al salón dispuesta a disculparse también. Su propia reacción anoche había sido igual de explosiva, e ignorar la química incontrolable entre ambos ya no era una opción inteligente.
Marcos estaba en el comedor, revisando unos documentos en su portátil mientras tomaba café negro. Ya vestía un traje impecable para ir a la oficina, luciendo tan imponente y controlado como siempre, aunque una ligera sombra de cansancio en sus ojos delataba que tampoco había dormido bien.
Al escuchar sus pasos, él levantó la vista. Sus ojos se fijaron de inmediato en el collar de corazón que brillaba en el cuello de Valery, y una sutil tensión abandonó sus hombros.
—Te queda hermoso —dijo él, su voz barítona recuperando su tono seguro, aunque un matiz de suavidad se filtró en sus palabras.
Valery se acercó a la mesa, deteniéndose a una distancia prudente pero permitiendo que el magnetismo de su presencia la envolviera de nuevo.
—Gracias, Marcos. Por el collar, por la rosa... y por la nota —dijo ella, entrelazando sus manos detrás de su espalda—. De hecho, yo también quería disculparme contigo.
Marcos arqueó una ceja, recostándose en su silla con esa sonrisa de medio lado que siempre la hacía flaquear.
—¿La gran Valery Lezcano disculpándose? Eso sí que es una novedad. ¿Por qué razón, muñeca?
—Por reaccionar de forma tan exagerada anoche —admitió ella, dando un paso más, permitiendo que sus ojos se clavaran en los de él con una honestidad cruda—. La verdad es que... no toda la culpa fue tuya. Yo también me dejé llevar. La tensión de ver a Adrián, la adrenalina... y el hecho de que tú no me eres indiferente, Marcos. Fingir que esto es solo un negocio se está volviendo difícil para los dos.
Marcos se levantó de la silla con lentitud, rodeando la mesa hasta quedar a escasos centímetros de ella. Estiró la mano y, con una delicadeza infinita, rozó con la yema de su pulgar el dije de corazón que descansaba en su pecho, justo donde su pulso latía con fuerza acelerada.
—Entonces dejemos de fingir cuando estemos solos, Valery —susurró él, sus ojos oscuros brillando con la misma promesa ardiente de la noche anterior—. Mantengamos las reglas para el mundo exterior. Pero aquí dentro... tú y yo sabemos que este fuego ya no se va a apagar.
Valery sonrió, una sonrisa cargada de sensualidad, atracción y una complicidad que terminó de borrar las líneas de la mentira. Sabía que jugar con Marcos era caminar directo hacia el peligro, pero mientras sentía el calor de sus dedos contra su piel, supo que nunca había deseado tanto quemarse.