Morir en una balacera de la mafia y despertar como la villana tonta de una novela de época no estaba en mis planes. Ahora soy Elara de Valois, y todos esperan que llore, que ruegue por el amor del Príncipe Heredero o que muera a manos de mi prometido, el temible Archiduque Killian.
Los rumores dicen que es un asesino despiadado, pero cuando cruzo miradas con él, solo veo a alguien de mi especie. Él cree que soy una damisela de cristal a la que puede romper fácilmente. Qué gran error. No sabe que bajo este vestido de seda se esconde la mente de una criminal profesional.
Dos lobos en un mismo territorio no pueden convivir en paz... a menos que decidan incendiar el imperio juntos.
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Capítulo 24
ELARA:
El campamento de la frontera es un laberinto de tiendas de lona oscura reforzada, rodeado por empalizadas de madera afilada y hogueras que devoran la noche.
El aire huele a humo, pino y metal, mientras los soldados heridos son llevados a la enfermería trasera, donde la señorita Dermont intenta inútilmente limpiar sus faldas manchadas de barro.
Killian y yo nos retiramos a la tienda principal, la más grande y apartada del resto y al cruzar la pesada cortina de cuero, el frío del exterior se disipa gracias a un brasero de carbón encendido en el centro.
La tienda es rústica… Un escritorio lleno de mapas, un baúl de armas y al fondo, una enorme cama de campaña cubierta con densas y suaves pieles de lobo negro.
Me quito la capa forrada de piel con movimientos lentos dejando que caiga al suelo de tierra, la adrenalina de la emboscada todavía corre por mis venas acelerando mi pulso y Killian se desabrocha los pesados protectores de metal de sus antebrazos, tirándolos sobre el baúl con un golpe seco.
Su mirada rubí encendida y hambrienta, sigue cada uno de mis movimientos como un depredador acorralando a su presa.
Él camina hacia mí con pasos silenciosos pero pesados y su imponente figura me bloquea la luz del brasero, envolviéndome en su sombra.
—Todavía tienes sangre en el cuello, Archiduquesa.
Murmura Killian con una voz tan baja y ronca que me eriza la piel por completo.
Se detiene a milímetros de mí, sus manos enguantadas de cuero negro suben lentamente por mis costados, trazando la curva de mi cintura con una firmeza que me quita el aliento, hasta detenerse en mi nuca mientras sus pulgares obligan a mi cabeza a inclinarse hacia atrás, exponiendo mi garganta.
Le dedico una sonrisa felina, apoyando mis manos sobre su pechera de cuero rígido, sintiendo los latidos desbocados de su pecho.
—¿Te perturba la sangre de mis enemigos, Archiduque?
Respondo en un susurro provocativo, rozando mis labios casi contra los suyos.
—Pensé que el Monstruo del norte estaba acostumbrado a este olor… O es que... ¿Te asusta ver que tu esposa puede ser más letal que tú?
Killian suelta un gruñido bajo, un sonido puramente animal que vibra directamente contra mi boca y sus dedos se enredan con fuerza en mi cabello, tirando de él con una posesividad dolorosamente placentera para obligarme a mirarlo fijamente.
Sus ojos rubíes brillan con una lascivia salvaje.
—No me asusta, Elara... Me vuelve loco.
Suelta Killian antes de devorar mis labios con un beso hambriento, rudo y cargadamente sensual.
El beso sabe a peligro y a deseo contenido durante cinco largos días de viaje.
Killian me empuja hacia atrás con brusquedad calculada hasta que mi espalda choca contra el poste de madera central de la tienda. Sus manos bajan con urgencia rompiendo los broches de mi chaleco de cuero para deslizarse por debajo de mi camisa de seda, buscando el calor directo de mi piel.
Sus palmas callosas y calientes queman cada centímetro que tocan y suelto un gemido ahogado entre sus labios, enlazando mis brazos alrededor de su cuello para pegarlo más a mí.
Mis dedos se clavan en sus hombros anchos, perdiéndome en la embriaguez de su fuerza y Killian interrumpe el beso para bajar por mi mandíbula, dejando un camino de mordiscos suaves y caricias húmedas que me hacen arquear el cuerpo.
Su lengua delinea la pequeña mancha de sangre seca que quedó en mi cuello, limpiándola con una devoción casi religiosa antes de morder la piel sensible de mi clavícula.
—Eres mía, Elara.
Murmura él contra mi piel, con la respiración entrecortada y errática.
—En la capital, en el norte o en mitad de un campo de batalla… Ningún hombre va a mirarte, ningún enemigo va a tocarte y si tengo que quemar el imperio entero para mantenerte en mi cama, lo haré.
Suelto una risa entrecortada, atrapada por la intensa corriente de deseo que nubla mis sentidos.
Mmm, tóxico y loquito, pero así me encanta.
Le tomo el rostro con ambas manos obligándolo a mirarme mientras entierro mis uñas en su nuca.
—No necesito que quemes nada por mí, esposo.
Respondo con la voz cargada de una sensualidad dominante.
—Yo misma puedo encender el fuego... Pero si vas a reclamar lo que te pertenece, te sugiero que dejes de hablar y me demuestres de qué es capaz el lobo cuando encuentra a su reina.
La mirada de Killian se oscurece por completo perdiendo el último rastro de control militar. Me levanta en vilo de un solo movimiento obligándome a enredar mis piernas alrededor de su cintura mientras me lleva directamente hacia la cama de campaña, hundiéndonos juntos entre las densas pieles negras bajo el rugido de la tormenta exterior.
necesito fotos de ese guardián 🤭