Entre cadenas y cicatrices
Antes de convertirse en asesinos, estrategas o mafiosos... fueron niños que solo querían ser amados.
Siete hombres marcados por el abandono, el dolor y los secretos del pasado terminan reuniéndose en la poderosa Mafia Portuaria. Allí descubrirán que las cadenas más difíciles de romper no son las del crimen, sino las que nacen del miedo, la obsesión y la necesidad de pertenecer.
Mientras intentan sobrevivir en un mundo donde un solo error significa la muerte, un misterioso enemigo comienza a mover las piezas desde las sombras. Su nombre es Kaiser Himura, un hombre dispuesto a destruir todo con tal de obtener aquello que desea.
Traiciones, alianzas, violencia, romance, lealtades enfermizas y cicatrices que jamás terminaron de sanar se entrelazan en una historia donde el amor puede convertirse en la peor prisión.
Porque algunos nacen para ser héroes...
Ellos solo intentan sobrevivir.
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Capitulo 8 — El niño que nadie eligió
"Algunas personas no se alejan porque no tengan sentimientos. A veces se alejan porque tienen miedo de que, cuando alguien las conozca de verdad, también decida irse."
Todos tenían una razón para sonreír.
Pero también tenían una razón para esconderse.
Después de conocer una parte del pasado de Shuto, el grupo comenzó a entender algo importante: cada persona llevaba una batalla que los demás nunca habían visto.
No eran solo sus acciones.
No eran solo sus palabras.
Eran las historias que los habían convertido en quienes eran.
Y entre todas esas historias estaba la de Asher.
Para muchos, Asher era alguien difícil de entender.
Era reservado.
Prefería mantenerse distante.
No hablaba demasiado sobre sus sentimientos y parecía no necesitar a nadie.
Algunas personas podrían haber pensado que simplemente era frío.
Pero la realidad era diferente.
Asher no había nacido siendo alguien distante.
Había aprendido a serlo.
Desde muy pequeño conoció una sensación que ningún niño debería experimentar.
El abandono.
Su primera memoria no era una familia esperándolo.
No era una voz llamándolo por su nombre.
No era un abrazo que le hiciera sentir que pertenecía a algún lugar.
Su primera historia comenzaba frente a un orfanato.
Un niño pequeño dejado atrás por personas cuyos rostros
nunca pudo recordar.
Nunca supo quiénes eran sus padres.
Nunca supo por qué decidieron irse.
Nunca tuvo respuestas para las preguntas que durante años permanecieron en su mente.
¿Por qué no me quisieron?
¿Por qué me dejaron?
¿Qué tenía de malo para que nadie se quedara?
Aquellas preguntas crecieron junto con él.
Mientras otros niños aprendían lo que era recibir cariño de una familia, Asher aprendió algo diferente.
Aprendió a sobrevivir.
Creció viendo la pobreza de cerca, entendiendo demasiado pronto que el mundo no siempre era justo.
Tuvo que acostumbrarse a no pedir demasiado.
A no esperar demasiado.
Porque cuando esperas algo y nunca llega, la decepción puede doler más que la soledad.
Con el paso de los años empezó a crear una barrera alrededor de sí mismo.
No porque odiara a las personas.
Sino porque tenía miedo.
Miedo de encariñarse.
Miedo de necesitar a alguien.
Miedo de que, cuando finalmente encontrara un lugar donde quedarse, también terminara perdiéndolo.
Por eso evitaba mostrar afecto.
Por eso mantenía distancia.
Porque en su mente había una idea que nunca logró desaparecer:
Si no permitía que alguien se acercara demasiado, nadie tendría la oportunidad de abandonarlo otra vez.
—A veces pareces alguien que no necesita a nadie —dijo Yuki una tarde.
Asher permaneció en silencio.
Porque la verdad era que sí necesitaba a alguien.
Solo que nunca había aprendido cómo aceptarlo.
—No es que no necesite a las personas —respondió finalmente—. Es que no sé qué hacer cuando alguien decide quedarse.
Aquella respuesta sorprendió a todos.
Porque detrás de su actitud tranquila no había indiferencia.
Había miedo.
Un miedo que había cargado durante años.
Kento lo observó con comprensión.
Él sabía que algunas personas no necesitaban que las obligaran a abrir su corazón.
Necesitaban demostrarles que esta vez sería diferente.
Que no todas las personas se iban.
Que no todos los vínculos terminaban en pérdida.
Yuki miró a Asher y entendió algo.
Quizás todos ellos tenían una herida diferente.
Shuto había crecido viendo un amor destruido.
Yuki había vivido una pérdida que nunca olvidó.
Kento cargaba con los recuerdos de una vida entera.
Y Asher...
Asher era alguien que simplemente nunca había sentido que pertenecía a algún lugar.
Pero tal vez eso estaba cambiando.
Porque por primera vez en mucho tiempo, Asher no estaba rodeado de desconocidos.
Estaba rodeado de personas que también tenían cicatrices.
Personas que entendían lo que significaba sobrevivir.
Y quizás, poco a poco, aprendería algo que nunca creyó posible:
que incluso alguien que fue abandonado podía encontrar un lugar al que llamar hogar.