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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

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Capítulo 1 - El rojo triste

El cielo no era azul en Santa Lucía.

Diane llevaba casi una hora intentando demostrar lo contrario. Había mezclado azul ultramar con blanco de plomo hasta conseguir una claridad suave, semejante al color que conservaban sus recuerdos de infancia; sin embargo, cada vez que levantaba la vista del lienzo, el horizonte desmentía sus pinceles. Sobre los campos de tabaco se extendía una bruma rojiza. No era todavía el resplandor del atardecer, sino el humo de los secaderos, que ascendía en columnas perezosas y terminaba por ensuciar la luz.

Sentada en una manta junto al río, Diane frunció el ceño y añadió otra capa de azul. El agua corría a pocos pasos de sus zapatos, verde y lenta, cargando hojas secas hacia el puerto. Al otro lado se elevaban las colinas cultivadas de los Díaz: hileras ordenadas de plantas que, vistas desde lejos, parecían un ejército inclinado ante la casa familiar.

—Vas a gastar toda la pintura intentando obligar al cielo a mentir.

Diane no se volvió. Reconocería aquella voz aun en medio de las campanas del puerto o del estruendo de una tormenta.

—Y tú vas a morir joven si continúas apareciendo detrás de las personas sin hacer ruido.

—Hice ruido. Pisoteé media ribera para llegar hasta aquí.

—Entonces los sapos tienen mejores modales que tú.

Iván dejó escapar una risa breve. Se acercó cargando una cesta de mimbre bajo el brazo y se detuvo al borde de la manta, como si aquella franja de tela fuera una frontera que no pudiera cruzar sin invitación. Llevaba la camisa arremangada hasta los codos; la tela, alguna vez blanca, estaba marcada por tierra y sudor. Sus manos tenían pequeñas heridas recientes, líneas rojizas abiertas por las hojas ásperas del tabaco. El cabello oscuro le caía sobre la frente y una mota de polvo se había quedado prendida en su mejilla.

Diane quiso quitársela. En lugar de hacerlo, hundió el pincel en la mezcla azul.

—¿Terminaste temprano? —preguntó.

—Terminó la planta conmigo.

Iván levantó una mano para mostrarle un corte en el pulgar. No era profundo, pero la sangre había secado en torno a la uña como un anillo oscuro.

—El capataz dice que las hojas están quebradizas porque casi no ha llovido. Tu padre dice que es una mala racha. Mi madre dice que cuando los ricos llaman mala racha a una desgracia, los pobres debemos esconder el pan.

La observación cayó entre ambos con el peso de una piedra. Diane bajó la mirada hacia su paleta. Había escuchado conversaciones apagadas detrás de las puertas, pasos de su padre cruzando el corredor de madrugada y discusiones que se interrumpían cuando ella entraba en una habitación. Pero en casa nadie pronunciaba la palabra desgracia. Damaris hablaba de ajustes; Ernesto, de una temporada difícil. Las palabras elegantes, pensó Diane, servían para cubrir el miedo del mismo modo que los manteles bordados ocultaban las manchas de una mesa vieja.

—Papá encontrará una solución —dijo, aunque la frase le sonó aprendida.

Iván la observó durante un instante. Tenía una manera incómoda de mirarla: no como contemplaban los invitados a la hija de Ernesto Díaz, reparando en el vestido, la postura o la utilidad futura de su belleza, sino como si quisiera descubrir cuál de sus pensamientos intentaba esconderse detrás del siguiente.

—Seguro que sí —respondió al fin.

No había burla en su tono, y eso hizo que Diane se sintiera todavía más ingenua.

Iván se sentó sobre la hierba, fuera de la manta. De la cesta sacó dos manzanas pequeñas y un trozo de pan envuelto en tela. Partió el pan con las manos y le ofreció la mitad más grande.

—No tengo hambre.

—Llevas toda la tarde aquí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando llegué al campo tu sombrilla ya estaba junto al sauce. Y porque te conozco.

Diane aceptó el pan, procurando no sonreír demasiado. La corteza todavía conservaba un poco de calor. Comieron mirando el río, acompañados por el zumbido de los insectos y el golpe lejano de las hachas en los secaderos. A lo lejos, Santa Lucía comenzaba a encender sus primeras luces. Las torres de las iglesias se recortaban por encima de los tejados y, detrás de ellas, los mástiles del puerto formaban un bosque sin hojas.

—Hoy atracaron tres barcos —comentó Diane—. Los vi desde la galería.

—Cuatro. El último entró después del mediodía.

—¿Cómo sabes que eran cuatro?

Iván mordió la manzana y señaló el horizonte con ella.

—Cada barco saluda de forma distinta. Los mercantes grandes hacen sonar dos veces la sirena. Los pequeños, una. El cuarto llegó sin saludar porque traía una vela rasgada.

Diane buscó entre las líneas oscuras del puerto, pero desde allí no podía distinguir las embarcaciones.

—Deberías trabajar en el muelle.

—Eso dice mi tío. Paga mejor que el campo.

—Pero es peligroso.

—También lo es cortar tabaco con un capataz que bebe desde el desayuno.

Ella apretó el pan entre los dedos. La idea de Iván en el puerto le desagradó de una manera que no supo explicar. Los barcos eran puertas que no pedían permiso antes de llevarse a alguien. Desde pequeña había visto mujeres despedir a sus esposos en el muelle y regresar meses después para preguntar por naves que nadie recordaba. El mar rodeaba Santa Lucía sin tocarla del todo, como un animal amarrado que fingía mansedumbre mientras esperaba el descuido de una mano.

—No te vayas —dijo.

Iván dejó de masticar.

Diane sintió calor en el rostro y fingió buscar un color en la paleta.

—Quiero decir que… mi padre necesita trabajadores. Cuando mejore la cosecha, seguramente pagará más.

—Claro —respondió él, pero la sonrisa que apareció en su boca decía que había escuchado la frase que Diane no se atrevió a pronunciar.

Ella regresó al lienzo. El azul recién aplicado parecía todavía más falso bajo la luz cambiante. Iván se inclinó para mirarlo y su hombro quedó a poca distancia del brazo de Diane. Olía a tierra húmeda, humo y sol. No era un aroma fino; ningún perfumista lo habría encerrado en una botella. Sin embargo, a ella le pareció que así debía oler la libertad: a algo que no necesitaba permiso para existir.

—Está bonito —dijo él.

—Eso se le dice a las niñas cuando uno no entiende lo que dibujaron.

—Entonces está espantoso.

Diane le golpeó el brazo con el mango del pincel. Iván rio y trató de arrebatárselo. Forcejearon sin levantarse, cuidando de no volcar los frascos. Durante un segundo, los dedos de él se cerraron alrededor de la muñeca de Diane. La risa desapareció de ambos.

El contacto era inocente. Apenas una mano sobre otra. Pero Diane sintió que algo diminuto y luminoso corría desde su piel hasta el pecho, abriendo puertas cuyo nombre todavía desconocía. Iván la soltó con lentitud. Sus ojos descendieron un instante hacia la boca de Diane y luego regresaron al cuadro.

—El cielo no es azul aquí —murmuró.

—Ya lo veo.

—No. Lo miras, pero sigues pintando el cielo que deseas.

Antes de que Diane pudiera protestar, Iván tomó el pincel. Lo sostuvo con torpeza; sus dedos, hechos para azadas, cuchillos y cuerdas, parecían demasiado grandes para aquella vara delicada. Lo hundió primero en el rojo, luego en una pequeña porción de amarillo ocre.

—¿Qué haces?

—Arruinando tu obra. Así podrás decir la verdad cuando alguien te pregunte.

Trazó una línea sobre el horizonte. No fue recta ni elegante. Atravesó las colinas como una cicatriz dorada y se fundió con la bruma roja de los secaderos.

Diane abrió la boca para reprenderlo, pero se quedó mirando. El cuadro había cambiado. El azul continuaba allí, limpio y obstinado, aunque ahora parecía retroceder ante aquella franja imperfecta. Por primera vez, el paisaje no mostraba solo lo que ella quería recordar, sino también lo que existía frente a sus ojos.

—Parece triste —dijo.

—Lo es.

—Los colores no pueden estar tristes.

—Entonces ¿por qué pasas horas intentando hacerlos felices?

Diane miró a Iván. Él ya no sonreía.

—¿Cómo lo llamarías? —preguntó ella.

Iván contempló el humo suspendido sobre los campos. El sol descendía detrás de las colinas y convertía cada columna en una herida abierta sobre el cielo.

—Rojo triste.

Ella repitió las palabras en silencio. Rojo triste. Sonaban contradictorias y ciertas, como casi todo lo que sentía cuando estaba con él.

—Mi profesor de pintura se reiría de ti.

—Tu profesor cobra por enseñarte que las montañas son azules. No confiaría demasiado en su juicio.

Diane recuperó el pincel y, en vez de borrar la línea, comenzó a extenderla. Iván la observó mezclar los colores. Él le señaló dónde el humo oscurecía la base de las colinas; ella le enseñó a suavizar un borde con la yema del dedo. Cuando terminaron, la tarde había entrado en el cuadro: hermosa, herida y verdadera.

—Prométeme algo —dijo Diane.

—Depende.

—Si alguna vez pinto algo que no se parezca a lo que ves, dímelo.

—¿Aunque te enfades?

—Sobre todo si me enfado.

Iván limpió el carbón de sus dedos en el pantalón y luego extendió la mano.

—Lo prometo. Pero tú también debes prometerme algo.

Diane dejó el pincel.

—¿Qué cosa?

—Que no permitirás que nadie te diga qué colores debes usar.

La solemnidad de su voz le produjo una ternura extraña. Diane colocó su mano sobre la de él. Sus dedos no encajaban con elegancia: los de Iván eran ásperos y cálidos; los de ella estaban manchados de pintura. Aun así, el gesto tuvo la firmeza de un juramento.

—Lo prometo.

Una bandada de pájaros cruzó el río. Diane levantó la vista para seguirla y deseó que la tarde se quedara suspendida allí, antes de que las campanas anunciaran el regreso, antes de que su madre preguntara por las manchas de su vestido y antes de que el mundo recordara a ambos quién era la hija del propietario y quién el hijo de una lavandera.

—Cuando cumplas dieciocho —dijo Iván—, podríamos irnos.

Diane sintió que la promesa reciente se agitaba entre sus manos.

—¿Adónde?

—A cualquier sitio donde el cielo tenga otro color.

—Eso no es un plan.

—Es el principio de uno.

Iván habló de una parcela junto al norte, de una casa pequeña y de un taller donde Diane pudiera pintar sin pedir permiso. Las ideas eran frágiles y desordenadas, pero ella las escuchó como quien oye describir un país perdido. Añadió una ventana grande, magnolias junto a la entrada y una habitación destinada a los cuadros. Iván protestó que estaban construyendo una mansión con dinero que todavía no tenían. Diane respondió que la imaginación era el único material que no debían comprar.

No escucharon el caballo hasta que estuvo cerca.

El sonido de los cascos rompió la tarde. Un joven criado de la casa Díaz apareció por el sendero, inclinado sobre una yegua cubierta de espuma. Al reconocer a Diane, tiró de las riendas con tanta fuerza que el animal levantó la cabeza.

—Señorita Diane —dijo, todavía sin aliento—. Su madre ordena que regrese inmediatamente.

Diane retiró la mano de la de Iván. La ausencia del contacto le dejó un frío repentino.

—¿Ha ocurrido algo?

El criado miró a Iván y luego el lienzo. Parecía debatirse entre la urgencia y la obligación de no revelar asuntos familiares delante de un trabajador.

—Ha llegado una carta del puerto. Su padre ha reunido a todos en el salón.

Detrás de ellos, una ráfaga inclinó las plantas de tabaco. El humo de los secaderos descendió sobre el valle y cubrió por un instante la línea dorada del horizonte.

Diane observó su cuadro. El rojo triste seguía allí, aunque la luz comenzaba a abandonarlo.

Todavía ignoraba que acababa de pintar el color de su destino.

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