Ella renace en un nuevo mundo. Decidida a cambiar su destino y a cumplir sus sueños.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Mansion Dempster 1
La noticia llegó una mañana acompañada por el desayuno.
Cloys entró con una bandeja, una tetera... y un sobre con un elegante sello de cera.
—Señorita.
Selene levantó la vista de un boceto.
—¿Otro vestido?
—No exactamente.
Le entregó la carta.
Selene rompió el sello con curiosidad.
Leyó la primera línea.
Luego la segunda.
Y, poco a poco, una enorme sonrisa apareció en su rostro.
—¡Cloys!
—¿Sí?
—¡Es un traje!
La doncella sonrió.
—Así parece.
Selene volvió a leer.
—El conde Oliver Dempster solicita una reunión para encargar un traje formal.
Dio un pequeño aplauso.
—¡Mi primer cliente hombre!
Se quedó pensativa unos segundos.
La sonrisa desapareció.
Cloys ladeó la cabeza.
—¿Ocurre algo?
—No tengo catálogo para hombres.
Hubo un largo silencio.
—Ups.
El día del viaje llegó.
Dentro del carruaje, Selene llevaba un cuaderno apoyado sobre las piernas.
No observaba el paisaje.
Dibujaba.
Una hoja.
Otra.
Y otra.
—No...
Borró un cuello.
—Muy aburrido.
Pasó a otra página.
—¿Y si los botones...?
Negó con la cabeza.
—Demasiados.
Seguía dibujando a una velocidad sorprendente.
Trajes para jóvenes.
Para hombres mayores.
Para reuniones.
Para montar a caballo.
Para cenas.
Para viajar.
Cada cierto tiempo levantaba la vista unos segundos.
Pensaba.
Y volvía a dibujar.
Cloys la observaba divertida.
—Señorita.
—¿Mmm?
—Da un poco de miedo verla dibujar tan rápido.
Selene sonrió sin dejar de mover el lápiz.
—Es inspiración.
—Parece una tormenta.
—También.
Cloys soltó una risita.
—Hace un año nunca la habría imaginado diseñando ropa para caballeros.
Selene respondió mientras seguía haciendo trazos.
—Yo tampoco.
[Improvisación nivel experto.]
[Espero que el conde no quiera algo demasiado extravagante.]
Al cabo de un rato, el carruaje atravesó un enorme portón de hierro.
Selene levantó la vista.
Y parpadeó.
La mansión Dempster era inmensa.
Eso era innegable.
Pero...
También era extraña.
Las paredes de piedra oscura le daban un aspecto severo.
Había pocas ventanas abiertas.
Los jardines estaban perfectamente podados.
Sin embargo...
No había color.
No había grandes rosales.
Ni fuentes adornadas con esculturas.
Ni glorietas llenas de flores.
Todo era...
Sencillo.
Ordenado.
Casi austero.
El carruaje avanzó lentamente hasta la entrada principal.
Selene siguió mirando alrededor.
[Qué raro...]
[¿Dónde están las flores?]
[¿Y las estatuas innecesarias?]
[¿Y los arbustos con formas de cisne?]
Nada.
Solo caminos impecablemente limpios.
Árboles.
Y césped perfectamente cuidado.
Se inclinó discretamente hacia Cloys.
Y le susurró:
—Cloys...
—¿Sí?
—¿El conde tiene dinero?
La doncella la miró con sorpresa.
—Muchísimo.
—¿Segura?
—Completamente.
Selene volvió a mirar la mansión.
—No parece.
Cloys sonrió.
—El conde Oliver Dempster posee negocios tanto en la capital como en varios pueblos del reino.
Hace una pequeña pausa.
—Su fortuna supera ampliamente la de muchos barones. E incluso la de varios condes.
Selene abrió mucho los ojos.
[¿Entonces qué pasó aquí?]
[¿Se gastó todo el dinero en los negocios?]
[¿Le cobran por cada flor que planta?]
Volvió a mirar el jardín.
[…O quizás simplemente es tacaño.]
Aquella hipótesis comenzó a parecerle bastante lógica.
Aunque...
Mientras avanzaban hacia la entrada, notó algo curioso.
No faltaba mantenimiento.
Todo estaba impecable.
Las ventanas brillaban.
Los pisos estaban perfectamente encerados.
Los jardines no tenían una sola hoja fuera de lugar.
No era abandono.
Era una elección.
Había muy pocas cosas.
Pero todas estaban cuidadas con una atención casi obsesiva.
[Qué extraño.]
[Un tacaño con clase]
Un mayordomo los condujo hasta un pequeño salón.
Era amplio.
Elegante.
Y, al igual que el resto de la mansión...
Muy sobrio.
Había una mesa.
Dos sillones.
Una biblioteca.
Una chimenea.
Y poco más.
Ni cuadros extravagantes.
Ni enormes jarrones.
Ni decoraciones innecesarias.
Selene volvió a mirar alrededor.
[Definitivamente este hombre y yo tenemos conceptos muy distintos de "decorar".]
Se sentó.
Como el conde todavía no llegaba, abrió nuevamente su cuaderno.
—Aprovecharé el tiempo.
Comenzó otra vez a dibujar.
Un cuello más alto.
Un corte diferente.
Un chaleco más ligero.
Una nueva distribución de bolsillos.
Cloys observaba cómo el lápiz parecía deslizarse solo sobre el papel.
Las ideas nacían una tras otra.
—Señorita...
—¿Sí?
—¿Ni siquiera está nerviosa?
Selene respondió sin levantar la vista.
—Sí.
—No lo parece.
—Estoy tan nerviosa... Que mi cerebro decidió distraerse trabajando.
Cloys rio bajito.
Selene siguió dibujando con absoluta concentración.
No se dio cuenta de que la puerta del salón acababa de abrirse lentamente.
Ni de que una figura alta permanecía inmóvil en la entrada.
Observándola en silencio.
Con cierta curiosidad.
Porque esperaba encontrar a una joven noble refinada y reservada.
No a alguien que murmuraba sola mientras llenaba hojas y hojas de diseños a toda velocidad.
—No... Ese bolsillo va aquí...
[Así podrá guardar documentos sin deformar el saco.]
—Y este cuello necesita un centímetro menos...
[Qué horror, parece un pavo elegante.]
Cloys levantó la vista.
Al ver al recién llegado, hizo una discreta reverencia.
Pero no dijo nada.
Le divirtió demasiado la escena como para interrumpir a Selene.
Después de todo...
La señorita Drack seguía completamente ajena a que su primer cliente masculino ya llevaba un buen rato contemplando, en silencio, aquella caótica forma de trabajar que tan buenos resultados daba.
😭😭😭😭😭 y más cuando Oliver al verla sonrío y le dijo que su esposa era la mas bella de todo el reino 🥰🥰🥰😍😍😍