Un temible asesino a sueldo reencarna por karma en el cuerpo de una noble atrapada en una novela trágica. Su destino: casarse con el volátil Emperador de Fuego para calmar su ira, ser abandonada por la protagonista real y morir de depresión.
Dispuesto a cambiar su destino (y a costa de su hombría), decide jugar el juego: curará la inestabilidad del Emperador, pero planea exigir un divorcio millonario para recorrer este nuevo mundo mágico a su antojo. Lo que no esperaba es que al Emperador de Fuego le fascinara tanto su fría y letal esposa. Entre conspiraciones, magia y un romance que no quiere aceptar, el antiguo asesino tendrá que luchar para demostrar que ella (el)... definitivamente no es la heroína de esta historia.
NovelToon tiene autorización de Rosangel Pérez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 3: Tacones de guerra y una cita con el destino
__¡Carajo, mi trasero!__. Gruñó Mirelle, mientras se soba la parte baja de la espalda con una expresión de dolor absoluto.
Había intentado dar tres pasos con gracia, tal como dictan las normas de etiqueta de la alta nobleza, pero el resultado fue un desplome estrepitoso que la dejó sentada en el suelo de su habitación, con la dignidad por los suelos y las piernas temblando. Todo es culpa de unos tacones. Mirelle los observa con un odio profundo, como si fueran una trampa explosiva diseñada por el enemigo.
Le resultó una ironía histórica que le provocó una risa amarga. Vance, en su vida anterior, sabía bien que esos instrumentos de tortura no siempre habían sido para mujeres. Sus antecesores, allá por el siglo VI, los habían inventado como una necesidad militar: los jinetes de caballería persas usaban zapatos con tacón para encajar mejor en los estribos de sus caballos y tener estabilidad al disparar flechas en pleno galope. Eran herramientas de muerte, no accesorios de moda.
“Increíble”, pensó, mientras se puso de pie con dificultad, apoyándose en la cama. “De una herramienta para guerreros a caballo a un yugo para la nobleza. Los hombres dejaron de usarlos cuando las mujeres los adoptaron, alegando que era un insulto a la hombría. Qué desperdicio de lógica”.
"Mierda". Cada cosa que descubría sobre su nueva identidad femenina es una forma de tortura que pone a prueba su temple. No solo es el cuerpo, es la expectativa social. Como asesino, su orgullo reside en la eficiencia, en la letalidad silenciosa. Ahora, su mayor enemigo es un par de zapatos y un pedazo de tela rígida que le rodea las costillas.
Se tomó un momento para respirar y calmar sus pensamientos. Recordó la planificación que hizo la noche anterior: si va a ser la prometida del Emperador, no será la presa destinada al matadero. Si el matrimonio es inevitable en un año, lo hará bajo sus propios términos. El Emperador quiere una figura decorativa, un ancla de estabilidad de mana. Mirelle se lo dará, pero mientras él estabiliza su poder, ella se asegurará de amasar una fortuna, de aprender los secretos de la corte y de preparar su salida. Cuando la "verdadera" protagonista de la estúpida historia donde reencarnó aparezca, Mirelle ya no estará allí para ser descartada; se irá con los bolsillos llenos y la libertad asegurada.
Revisó su guardarropas de p a pa. Necesita algo más funcional. Tras desechar decenas de zapatos de aguja que le prometen una fractura de tobillo, encontró unos botines de tacón grueso y plataforma. “Esto es aceptable”, razonó. “Es casi táctico”.
La siguiente odisea fue el vestido. Con la ayuda de su doncella, a quien llamó temprano para que le ayudara a sujetar el “pinche” corsé, Mirelle libró una batalla campal. La prenda se ajusta a su cintura con una rigidez asfixiante, enfatizando una cadera que ella aún no termina de reconocer como suya. El escote en forma de corazón es una trampa; aunque el cuerpo es pequeño, sus senos son demasiado prominentes para la comodidad de un exasesino que esta acostumbrado a moverse con agilidad.
__Se ve hermosa, señorita__. Dijo la doncella, apretando la última cinta con una sonrisa inocente.
Mirelle se miró al espejo. El vestido es de un color marfil, bordado con hilos de un azul profundo que hacen juego con su cabello, el cual la doncella ha recogido con destreza, dejando algunos mechones sueltos. Se ve hermosa, sí, pero se siente como si estuviera disfrazada. “Resígnate, Vance”, se dijo a sí mismo. “Eres Mirelle ahora. Actúa como una diva y sobrevive”.
Con un pequeño bolso de mano, salió de la habitación. No saldrá sola. La escoltan doce de los mejores caballeros del ducado Waters, una protección que, aunque se siente exagerada, Mirelle agradeció internamente; si alguien intenta algo, al menos tendría carne de cañón antes de tener que ensuciarse las manos.
El viaje en carruaje fue, en una palabra, una pesadilla. Cada piedra del camino, cada bache, es un golpe directo a su trasero adolorido. “Definitivamente alguien se está vengando de mi alma”, pensó, maldiciendo la suspensión de madera del vehículo. Tres horas de tortura medieval sobre ruedas que le hicieron cuestionar si la reencarnación no es, en realidad, una forma muy elaborada de infierno.
Cuando por fin llegaron a la ciudad ducal, Mirelle saltó del carruaje con más urgencia de la que dicta el protocolo. No le importó si parece poco elegante; su cuerpo necesita estirarse.
Recorrió las tiendas de ropa con una decepción creciente. Todas tienen la misma visión distorsionada de la moda: vestidos gigantes, cargados de encajes, moños imposibles y flores que parecen haber explotado sobre la tela. Es una prisión de seda. Mirelle estaba a punto de rendirse y volver al carruaje para dedicarse a sus planes de contingencia, cuando al fondo de una calle menos concurrida, vio una pequeña tienda.
En el escaparate hay un maniquí con un vestido sencillo. “Eso es”, pensó. No tiene capas interminables, no tiene volantes ridículos y el color es sobrio. Podría moverse, correr si fuera necesario y, sobre todo, respirar.
Pero el destino, o el azar, tenía otros planes.
Mientras se dirigía a la tienda, caminando con esa determinación que aún conservaba de su vida pasada, alguien se cruzó en su camino con demasiada velocidad. El impacto fue inevitable. Antes de que Mirelle pudiera reaccionar con un golpe seco, sintió un par de manos fuertes sujetándola firmemente por la cintura.
El contacto la sobresaltó. Sus instintos, afilados por años de supervivencia en los bajos fondos, se dispararon. Alzó la vista y se encontró con unos ojos de un color naranja anormal, como si una hoguera estuviera ardiendo en las pupilas del desconocido. Es un color que no debería existir, un brillo que le provocó un escalofrío en la nuca.
Sin pensarlo dos veces, Mirelle reaccionó. Su mente de asesino tomó el mando antes que su razón de noble. Se soltó del agarre con un movimiento fluido de cadera y, sin dudarlo un segundo, le propinó un bolsazo contundente en el pecho al encapuchado.
__¡Bruto! ¡Abusador! ¡Ve mejor por dónde vas, idiota!__. Gritó, su voz cristalina resonando en la calle solitaria.
El desconocido, claramente sorprendido por la reacción agresiva y poco "femenina" de la joven, se quedó estático, con las manos aún en el aire. Mirelle no le dio tiempo a responder. Se ajustó el vestido, le lanzó una mirada fulminante que habría hecho retroceder a cualquier sicario experimentado, y continuó su camino hacia la tienda, con el corazón latiendo desbocado y una extraña sensación de peligro (y curiosidad) recorriéndole la espalda.
“Ojos de fuego”, pensó mientras entra al local, tratando de recuperar la calma. “Este mundo es mucho más raro de lo que pensaba”.