Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 10 ¿Por… por el agua?
Luego, su mirada se desvió hacia Patricia, que intentaba una sonrisa tensa.
Ni siquiera la nombró. Simplemente pasó por encima de ella como si fuera un mueble de mala calidad, y su atención —esa atención ahora fría y calculadora— volvió a Manuel.
—¿Hay algún asunto urgente que requiera mi atención a esta hora? —preguntó, con la voz del CEO que interrumpe una reunión innecesaria. Apretó, casi inconscientemente, la mano de Fabiana, que aún sostenía, en un contraste brutal: un gesto de ancla hacia ella, mientras su voz despejaba el ambiente de cualquier rastro de calor familiar.
Manuel, acostumbrado a esa frialdad, pero no a verla combinada con el espectáculo del "matrimonio", carraspeó.
—Queríamos ver tu progreso. El doctor nos informó que estás lúcido.
—Como puede ver —respondió Lucian, lacónico. Hizo un gesto vago con su mano libre, como mostrando un informe trimestral aburrido. —Estoy sentado.
Jimena no pudo contenerse más. Su mirada, cargada de veneno, se clavó en las manos entrelazadas de su hijo con "esa mujer".
—Lucian, cariño —insistió, con una dulzura falsa que chirriaba—, debemos hablar de ciertos… límites. La señorita Camargo es tu asistente. Hay personal especializado para estas tareas íntimas. No es… apropiado.
Por primera vez desde que ellos entraron, una expresión diferente cruzó el rostro de Lucian: no era enfado, sino una perplejidad genuina y cortante, como si su madre hubiera hablado en un idioma incomprensible.
Se volvió ligeramente hacia Fabiana, y al hacerlo, su expresión se suavizó por una fracción de segundo. Luego, miró de nuevo a su madre, y su voz bajó un tono, ganando una peligrosa claridad:
—Madre, parece que no entendiste la explicación del médico —dijo, con una paciencia falsa que era más insultante que un grito.
—Fabiana no es mi asistente. —Hizo una pausa deliberada, dejando que el título incorrecto se pudriera en el aire. —Es mi esposa. Lo que hacemos o dejamos de hacer es, por definición, apropiado. ¿O es que ahora también van a fiscalizar la intimidad de mi matrimonio?
El golpe fue directo y letal. "Mi matrimonio". Jimena palideció. Manuel contuvo la respiración. Patricia emitió un leve sonido ahogado.
Y entonces, Lucian remató. Se volvió completamente hacia Fabiana, ignorando por completo a los otros tres, y con un tono que era obscenamente cálido y personal comparado con el que acababa de usar, le preguntó:
—Cariño, ¿me traes un poco de agua? Tengo la garganta seca. —Como si no hubiera tres personas al borde de un ataque de nervios en la habitación.
Fabiana, en un acto de rebeldía que le salió no sabe de dónde —tal vez del hartazgo, o de un instinto de supervivencia que descubrió en ese instante—, asintió.
—Claro, cariño. Debes tener sed —dijo, con una dulzura que le sonó falsa a sus propios oídos, pero que hizo que los ojos de Lucian brillaran. Se dirigió a la mesita con una calma que no sentía, pudiendo sentir a sus espaldas las tres miradas de los Borbón, que la taladraban como láseres.
Lucian la miraba, hipnotizado. No la seguía con los ojos; la devoraba con la mirada. Era la expresión de un hombre deslumbrado, que ve pasar a su joya más preciosa. Un tesoro que, en su mente, le pertenecía por completo.
Pero Patricia… Patricia respiraba con una furia contenida que hacía temblar las perlas de su collar. "Lucian, este maldito egocéntrico", pensaba, envenenada por los celos. "Siempre me trató como a una amiga lejana, con esa frialdad de estadista. Ni cuando estábamos 'comprometidos' se dignaba a mirarme con la mitad de esa… esa devoción ridícula. Y ahora, esta arribista, esta nadie salida de la nada, lo tiene así de embobado. ¡Es una farsa! ¡Y él se la cree!"
Mientras Fabiana le alcanzaba el vaso de agua, Lucian la tomó con una mano, pero su mirada no se despegó de ella. Bebió un sorbo y luego, sin apartar los ojos de Fabiana, dijo con un desdén glacial dirigido a sus padres:
—Tengo sesión de fisioterapia en un momento. Gracias por la visita —dijo. Las palabras eran de agradecimiento, pero su tono era un despido definitivo, la orden de un rey que liquida a sus cortesanos.
Sus padres, Jimena y Manuel, estaban desconcertados. Anonadados. No era solo la confusión médica; era el ver a su hijo —siempre controlado, siempre distante— transformado en un hombre posesivo y tierno con una mujer que despreciaban, y a la vez, más frío e impenetrable que nunca con ellos. Habían visto su reacción. La forma instintiva en que se había interpuesto, con palabras cortantes, para defender su fantasía compartida con Fabiana.
En la mente de su hijo, Fabiana era su esposa. Y la defendía con la ferocidad de un guardián, erigiendo un muro de hielo entre su nuevo mundo y el de ellos. Y, por primera vez, no podían hacer nada. Absolutamente nada.
La salida de los Borbón fue silenciosa, cargada de una humillación que prometía venganza. La puerta se cerró con un clic suave que a Fabiana le sonó como el portazo de su condena.
El aire de la habitación pareció cambiar. La tensión hostil se disipó, dejando solo la extraña intimidad que ahora habitaba el espacio.
Lucian dejó el vaso a un lado y le tendió la mano de nuevo, su expresión suavizándose por completo ahora que estaban solos.
—Gracias —dijo, y esta vez no había rastro de la frialdad anterior. Solo gratitud simple y directa.
—Por… por el agua? —preguntó Fabiana, confundida, sin tomar su mano.
—Por quedarte —rectificó él, como si fuera obvio. —Por no dejarte intimidar por ellos. Siempre han sido… fríos. —Una sombra cruzó su rostro, un atisbo de un recuerdo real, tal vez. Luego se disipó. —Pero tú eres diferente. Eres mi hogar.
Las palabras la atravesaron. "Eres mi hogar". Eran la mentira más hermosa y terrible que le habían dicho jamás. Fabiana sintió que algo se quebraba dentro de ella. Ya no era solo miedo o obligación. Era algo más profundo, más peligroso. Una lástima inmensa, una conexión absurda, y el temor a que, cuando la verdad saliera a la luz, ese "hogar" imaginario se desmoronara, dejándolo a él destrozado… y a ella, más sola que nunca.
Después de la fisioterapia y de una batería interminable de exámenes, el pronóstico era claro: Lucian estaba recuperándose de manera excepcional. Su cuerpo, atlético y resistente, respondía. Pero la verdadera bomba no era médica, sino cotidiana.