"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."
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Las rosas también sangran.
Las pesadillas siguen atormentándome.
Aún puedo sentir el frío de aquella celda, el dolor... y, sobre todo, la soledad.
Ha sido difícil comprender lo que ocurrió.
Ha pasado una semana desde que desperté.
Las vendas que cubren mis manos son el recordatorio del colapso que sufrí al enfrentar una realidad imposible.
Las palabras del médico aún resuenan en mi mente.
Tengo catorce años.
He vuelto al pasado.
El Archiduque y mis hermanos partieron hace unos días hacia la capital. Los preparativos para la temporada social ocupan gran parte de su tiempo.
Yo me quedé en la mansión.
Como siempre.
Y, para mi sorpresa...
No me dolió verlos marcharse.
En otra vida habría corrido detrás del carruaje, rogando que me llevaran con ellos.
Habría buscado una sola mirada de mi padre.
Una palabra.
Un gesto.
Cualquier cosa que me hiciera sentir parte de aquella familia.
Ahora solo los vi desaparecer entre la niebla de la mañana.
Y comprendí que ya no quería perseguir a nadie.
Sin embargo...
Los recuerdos siguen persiguiéndome a mí.
Recuerdo aquel viaje.
El primero en el que entendí que jamás ocuparía un lugar junto a ellos.
Corrí por los pasillos intentando alcanzarlos.
Grité.
Supliqué.
Mi pie resbaló en el primer escalón.
Después solo recuerdo el golpe.
Y el sonido del carruaje alejándose.
Nadie volvió.
Nadie preguntó si estaba bien.
Aquella niña permaneció sola durante horas.
Desvío la mirada hacia el jardín.
Las rosas florecen bajo el tibio sol de la mañana.
Son hermosas.
Elegantes.
Perfectas.
Y, aun así, esconden espinas capaces de hacer sangrar incluso a la mano más delicada.
Extiendo los dedos y tomo una de ellas.
La espina atraviesa mi piel.
Una pequeña gota de sangre desciende lentamente.
La observo sin inmutarme.
Después de diez años de tortura...
Ese dolor no significa nada.
Estoy tan perdida en mis pensamientos que no noto la presencia de Nana Lía hasta que sus cálidas manos envuelven las mías.
Con infinita delicadeza retira la rosa de entre mis dedos.
—Mi niña... —dice con dulzura mientras limpia la sangre con un pañuelo—. Las rosas no tienen la culpa de las espinas.
Levanto lentamente la mirada.
No sé si habla de la flor...
O de mí.
Permanecemos unos segundos en silencio.
El viento mueve suavemente los rosales.
Entonces, sin darme cuenta, las palabras abandonan mis labios.
—Nana...
Ella sonríe con ternura.
—¿Sí, señorita?
Bajo la vista hacia mis manos vendadas.
—¿Era una niña difícil?
Su expresión cambia.
Como si la pregunta hubiera atravesado directamente su corazón.
—No.
Su respuesta llega sin titubear.
—Entonces...
Mi voz apenas es un susurro.
—¿Por qué mi padre nunca pudo quererme?
Nana Lía guarda silencio.
Veo cómo busca las palabras.
Pero no las encuentra.
Finalmente, toma mi rostro entre sus manos.
—Porque hay personas que no saben amar, mi niña.
Sus ojos comienzan a humedecerse.
—Y eso jamás fue culpa tuya.
Algo dentro de mí se rompe.
Durante años creí que debía ser mejor.
Más obediente.
Más elegante.
Más inteligente.
Más digna.
Pensé que, si me esforzaba lo suficiente...
Mi padre terminaría mirándome.
Pero nunca fue suficiente.
Nunca lo sería.
Las lágrimas nublan mi vista.
Nana Lía me abraza.
Y, por primera vez desde que desperté...
No intento contener el llanto.
Esa noche el sueño vuelve a abandonarme.
Me siento junto a la ventana.
La luna ilumina los jardines.
El silencio ya no resulta aterrador.
Solo... diferente.
Respiro profundamente.
No puedo cambiar el pasado.
Pero sí el futuro.
No volveré a perseguir a Azel.
No volveré a implorar el cariño de mi padre.
No volveré a ignorar a la única familia que realmente tuve.
Protegeré a Nana Lía.
Y nunca más permitiré que nadie decida mi destino.
Mientras ese pensamiento cruza mi mente...
Algo cambia.
Las rosas del jardín comienzan a moverse.
Al principio creo que es el viento.
Pero no.
Las ramas se retuercen lentamente.
Las espinas crecen.
Los rosales trepan por los muros de piedra como si respondieran a algo invisible.
Retrocedo un paso.
Mi respiración se acelera.
Las flores se marchitan en cuestión de segundos.
La habitación se vuelve extrañamente fría.
Entonces...
Todo se detiene.
Las ramas caen lentamente.
Las rosas vuelven a florecer.
Como si nada hubiera ocurrido.
Miro mis manos.
No...
Eso no fue el viento.
Una inquietud recorre todo mi cuerpo.
¿Mi magia...?
No.
Es diferente.
Mucho más intensa.
Mucho más viva.
Un golpe en la puerta rompe el silencio.
—Señorita Everly.
Una doncella entra haciendo una reverencia.
—Ha llegado una carta enviada por el señor Archiduque.
Mi corazón se detiene.
Conozco esa carta.
La recuerdo perfectamente.
En mi primera vida anunciaba el inicio de los preparativos para mi debut en sociedad.
Y el compromiso con el príncipe heredero.
Tomo el sobre entre mis manos.
Lo observo durante unos largos segundos.
Después...
Sonrío.
Es una sonrisa pequeña.
Serena.
Muy distinta a la de la niña que fui.
—Esta vez...
Mis manos aprietan la carta.
—...nadie decidirá mi destino por mí.