El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?
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8. LA JAULA TIENE CAMARAS.
Pasaron dos semanas desde la cena.
Dos semanas en las que la prensa no habló de otra cosa: "El beso del siglo: Emiliano de la Rosa marca territorio". Dos semanas en las que Valeria Montenegro desapareció del mapa. Dos semanas durmiendo junto a él, sin que me tocara.
La tortura ya no era solo física. Era mental.
Esa noche, después de otra cena silenciosa, subí a mi habitación. Mi habitación. Qué chiste. Era una celda de lujo con sábanas de seda.
Me dejé caer en la cama y, por fin, por primera vez en días, me quebré. Enterré la cara en la almohada y lloré. Lloré por mi madre. Por mi libertad. Por la chica que era antes de que él me comprara. Lloré con rabia, con impotencia, hasta que me quedé sin aire.
Me dormí así. Rota.
Desperté con un mensaje en mi celular nuevo. Un celular que él me dio. Número desconocido.
Un video.
Le di play con el corazón en la garganta.
Era yo. Hace una hora. En esta misma cama. Llorando en la almohada. El ángulo era desde la esquina del techo.
Debajo del video, un texto:
“No me gusta verte llorar, Esmeralda. Arruina tu cara bonita. - E”
El celular se me cayó de las manos. El hielo me recorrió la espalda.
Cámaras. Había cámaras.
Me levanté de golpe, mirando hacia el techo, a las esquinas, a las lámparas. ¿Dónde? ¿Cuántas? Una náusea me subió por la garganta. Me había cambiado aquí. Me había duchado. Había llorado pensando que estaba sola.
Pero nunca estuve sola.
Salí corriendo de la habitación, descalza, en camisón. Bajé las escaleras como una loca. Los guardias me miraron, pero no se movieron. Tenían órdenes de dejarme correr... dentro de la jaula.
Llegué a su despacho. La puerta estaba abierta. Él estaba ahí, de espaldas, frente a un muro de monitores.
Docenas de pantallas.
Mi habitación. El baño. El vestidor. El jardín. La cocina. Cada rincón de esta maldita mansión. Y en la pantalla central, en vivo, mi cama vacía.
Él se giró lento en su silla de cuero. Tenía una copa de whisky en la mano. No parecía sorprendido de verme. Parecía... esperándome.
“¿Te gustó mi mensaje?”, preguntó, con esa calma que me helaba la sangre.
“Eres un enfermo”, escupí. Mi voz temblaba de furia y de asco. “¿Me grabas? ¿Me ves desnuda? ¿Disfrutas viéndome llorar?”
Él se levantó. Caminó hacia mí. No había culpa en su rostro. Solo posesión absoluta.
“Disfruto cuidando lo que es mío”, dijo. Se detuvo frente a mí. “¿Crees que te dejaría sola en una casa de 200 habitaciones sin saber dónde estás? ¿Con quién hablas? ¿Sí intentas hacerte daño?”
“¡Eso no es cuidado! ¡Es vigilancia! ¡Es una violación!”, grité, empujándolo. Él ni se movió. Era como empujar un muro.
“Llámalo como quieras.” Su mano atrapó mi muñeca. Con fuerza. “Pero desde que firmaste ese contrato, tu vida me pertenece. Tu cuerpo. Tus lágrimas. Tus secretos.”
Me jaló hacia él. Su aliento a whisky me golpeó la cara. “¿Quieres privacidad, Esmeralda? Gánatela.” Su boca quedó a milímetros de la mía. “Demuéstrame que puedo confiar en ti. Demuéstrame que no te vas a romper. Demuéstrame que ya eres mi esposa... en todo.”
“¿Y si no?”, lo desafié, con la poca valentía que me quedaba.
Su sonrisa fue lenta. Letal.
“Entonces seguiré viendo cada segundo de tu vida. Cada baño. Cada cambio de ropa. Cada vez que digas mi nombre entre sueños.” Su pulgar acarició mi pulso acelerado en la muñeca. “Porque no pienso perderte de vista. Nunca más.”
Me soltó. Volvió a su silla, como si no acabara de confesar que era mi stalker personal.
“Vuelve a tu habitación”, ordenó, mirando las pantallas otra vez. “Y la próxima vez que quieras llorar… hazlo. Me gusta saber que todavía sientes. Significa que todavía estás viva. Y mientras estés viva, eres mía.”
Subí las escaleras temblando. No de frío. De la certeza absoluta de que estaba casada con un monstruo.
Y de la pregunta más aterradora de todas: ¿Por qué una parte de mí se sintió... vista, por primera vez en años?
Esa noche no dormí. Me quedé mirando la esquina del techo. Sabiendo que él me miraba de vuelta.
La jaula no tenía barrotes.
Tenía cámaras. Y los ojos de Emiliano de la Rosa.