La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico
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EL OJO DEL CICLÓN
La danza es el arte de la distancia calculada. Sabes cuándo acercarte para que el otro sienta tu respiración, y cuándo retroceder para que la ausencia duela.
Ela ajustó los parámetros del monitor de alta resolución oculto tras el falso panel de espejos de su academia de baile, El Compás de Seda. En las pantallas divididas, el mundo de sus enemigos se desplegaba en tiempo real y alta definición. Había instalado microcámaras invisibles en el despacho presidencial de la corporación Althea, en los pasillos principales y, lo más importante, en la sala de estar de la mansión de Kang.
Verlos desde la sombra era su religión diaria. Observaba a la esposa de Kang, esa mujer frívola que cargaba en su conciencia —lo supiera o no— con la sangre de su madre; observaba a Julián en su oficina de nivel medio, sudando de los nervios mientras repasaba informes para intentar impresionar a los de arriba; y observaba a Kang, siempre impecable, siempre rodeado de carpetas, cargando sobre sus hombros el peso de un holding que no sabía que estaba podrido desde la raíz.
Un golpe seco en la puerta trasera de la oficina la hizo reaccionar. Apagó el sistema con un botón rápido en su tableta. Las pantallas se fundieron a negro, convirtiéndose de nuevo en un espejo de pared ordinario.
—¿Susana? —Julián entró, acomodándose la corbata con prisa. Había empezado a adquirir el hábito de pasar por la academia de baile a horas inusuales, buscando una cercanía que a Ela cada vez le costaba más simular—. Te he estado llamando. Tu teléfono da apagado.
—Estaba revisando las cuentas del mes, cariño —dijo ella, poniéndose de pie con una sonrisa suave, la encarnación perfecta de la esposa abnegada y emprendedora—. La academia consume mucho tiempo. ¿Pasa algo?
Julián la miró de arriba abajo. Ella llevaba un vestido de tango de ensayo, de punto elástico negro, que se adhería a su cuerpo como una segunda piel. Él dio un paso adelante, intentando rodearle la cintura con un gesto posesivo, pero ella esquivó el abrazo con una naturalidad pasmosa, agachándose para recoger un par de zapatillas de baile del suelo.
—Últimamente estás muy metida aquí adentro —comentó Julián, con un tono donde la frustración empezaba a colarse bajo su habitual soberbia—. Pasas horas encerrada en esta oficina. Ayer llegaste a casa después de las diez de la noche. Lucía me preguntó por ti antes de dormir.
—Estoy montando una coreografía especial para la gala benéfica del próximo mes, Julián —explicó Ela, mirándolo a los ojos con una serenidad que desarmó cualquier rastro de sospecha en el hombre—. Si queremos que Lucía se mantenga en el Saint Michel, necesitamos que nuestro estatus aquí sea intachable. Mi academia es mi carta de presentación ante esas mujeres. Lo hago por nuestra familia.
La palabra "familia" en la boca de Ela actuaba como un anestésico para Julián. El hombre asintió, tragándose sus dudas.
—Tienes razón. Perdona. Es solo que... a veces siento que estás muy lejos, Susana. Como si estuviera casado con un fantasma.
—Estoy aquí, Julián. Siempre estoy donde debo estar —respondió ella, dándole un beso rápido y frío en la mejilla—. Ahora, vete. Tengo una clase privada en diez minutos y no me gusta que me distraigan.
Tras ver salir a Julián, Ela respiró hondo, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano con un gesto de repugnancia instintivo. No había tiempo para la debilidad. El zumbido del intercomunicador de la entrada principal la devolvió al presente.
—Señora Susana —habló la recepcionista—. Su alumno de las cinco acaba de llegar.
Ela sintió un vuelco en el estómago, pero su rostro no mostró la menor alteración. Tomó aire, abrió la puerta de su camerino y caminó hacia la pista principal de la academia.
La sala de ensayo estaba en penumbra, iluminada únicamente por la luz de la tarde que se filtraba a través de los amplios ventanales esmerilados. En el centro de la pista de madera pulida, de pie, con las manos en los bolsillos y observando las molduras del techo, estaba Kang.
Para esta clase, el CEO se había despojado de su armadura corporativa. Llevaba unos pantalones oscuros y una camisa negra de seda con las mangas remangadas hasta los antebrazos. Al ver entrar a Ela, sus ojos se fijaron en ella con una intensidad que casi rozaba la insolencia.
—Señora Susana —saludó Kang, su voz resonando en el espacio vacío—. Debo admitir que su academia es un lugar sumamente... privado.
—El tango es un baile que no soporta testigos, señor Kang —respondió Ela, acercándose con pasos lentos y rítmicos—. Exige una entrega absoluta. Si hay ojos extraños mirando, la conexión se rompe.
—¿Y qué pasa si es la primera vez que uno intenta conectarse? —preguntó él, dando un paso al frente, acortando la distancia física entre ambos.
—Entonces, tiene que aprender a dejarse guiar. Incluso un hombre con tanto poder como usted debe aprender a ceder el control en la pista.
Ela caminó hacia el sistema de sonido y presionó un botón. Las notas melancólicas y densas de un bandoneón inundaron la sala. El ritmo era lento, pesado, cargado de una sensualidad trágica. Ela regresó al centro de la pista y se detuvo a un palmo de distancia de Kang.
—La postura de inicio es lo más importante —explicó ella, manteniendo la voz baja, casi en un susurro—. Coloque su mano derecha en mi espalda, justo debajo del omóplato. Firme, pero sin presionar.
Kang levantó la mano. Ela sintió el calor de su palma atravesar la fina tela de su vestido de ensayo. Un escalofrío involuntario le recorrió la espina dorsal, pero lo contuvo. Con suavidad, ella colocó su mano izquierda sobre el hombro de él, y con la derecha tomó la mano izquierda de Kang, entrelazando sus dedos de manera firme.
—Míreme a los ojos —ordenó Ela con suavidad.
Kang obedeció. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos e impenetrables, reflejaban una turbación que él intentaba desesperadamente ocultar.
—El tango no se baila mirando al suelo, señor Kang. Se baila descifrando al otro. Si usted desvía la mirada, pierde el equilibrio.
—No tengo intención de perderlo —respondió él, su respiración rozando la frente de Ela.
Comenzaron a moverse. Ela lo guió en un paso básico, de atrás hacia adelante. El contacto físico era mínimo, pero la tensión eléctrica entre sus cuerpos era insoportable. En cada giro, el cuerpo de Ela rozaba sutilmente el de él; su cadera contra la de él, el roce de sus muslos al deslizarse por la pista.
En un movimiento rápido, Ela propuso un ocho, un quiebre de cadera que requería que Kang la sostuviera con más fuerza para no dejarla caer. El agarre del CEO se apretó. La mano de él en su espalda se deslizó unos centímetros hacia abajo, sintiendo la curva de su cintura.
Ela se congeló por un milisegundo al sentir la proximidad. Por un instante, el deseo de venganza se mezcló con una extraña y peligrosa calidez que amenazaba con nublarle el juicio. Pero la imagen de su padre agonizando en el suelo apareció en su mente como una bofetada helada.
Con un movimiento fluido y elegante, Ela se desprendió del abrazo de Kang, dando tres pasos hacia atrás y rompiendo el contacto por completo. El silencio de la música que seguía sonando de fondo hizo que la distancia entre ellos pareciera un abismo.
Kang se quedó en el centro de la pista, con la mano aún suspendida en el aire, con la respiración ligeramente agitada y la mirada cargada de una insatisfacción evidente.
—¿Por qué se detiene? —preguntó él, con un tono que denotaba que no estaba acostumbrado a que le pusieran límites.
—Porque por hoy es suficiente, señor Kang —dijo Ela, dándole la espalda para caminar hacia el reproductor de música y apagarlo—. Para ser su primera lección, ha avanzado bastante. Pero el tango requiere paciencia. Si intenta correr, se tropezará.
Kang la observó desde el centro de la sala. Se acomodó los puños de la camisa, intentando recuperar su habitual máscara de frialdad corporativa, pero la obsesión ya había echado raíces en su mente. Susana no era como las mujeres de su círculo; ella no buscaba complacerlo, no buscaba su dinero, y esa resistencia lo estaba volviendo loco.
—Ponga la siguiente clase en mi agenda —dijo Kang, su voz recuperando el tono de mando, aunque sus ojos seguían fijos en ella—. No me gusta dejar los proyectos a medias.
—Como usted diga, señor Kang —respondió Ela, dedicándole una sonrisa enigmática.
Cuando el CEO salió de la academia, Ela regresó a su oficina privada. Cerró la puerta con llave, activó las pantallas detrás del espejo y observó las cámaras de la oficina de Althea. Kang acababa de entrar a su despacho. Se sirvió un trago de whisky, se aflojó la camisa y se sentó frente al ventanal, con la mirada perdida.
Ela sonrió en la penumbra de su búnker. El pez ya estaba en la red. Ahora, era el momento de empezar a acercarse a su esposa.