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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8 - Dos prisioneros bajo el roble

Octubre llegó a Santa Lucía dentro de cajas marcadas con el apellido Valcárcel.

Durante las tres semanas que siguieron a la firma, los carros recorrieron el camino de los campos desde el amanecer. Trajeron piezas de hierro envueltas en paja, correas de cuero, herramientas inglesas y sacos de semillas que ningún trabajador se atrevía a tocar sin lavarse antes las manos. La nueva secadora fue instalada en el galpón principal. Cuando encendieron su caldera por primera vez, el humo subió recto sobre la propiedad de los Díaz, negro y abundante, como una bandera de conquista.

La fábrica volvió a respirar.

Los jornales atrasados se pagaron. Los acreedores dejaron de visitar la casa. Ernesto durmió una noche completa y a la mañana siguiente habló del porvenir durante el desayuno con una alegría tan cuidadosa que nadie se atrevió a recordarle su precio.

Diane observó cómo la salvación adquiría sonidos: martillos sobre metal, ruedas hundiéndose en el barro, monedas contadas en la oficina. También adquirió rostros. Las esposas de los trabajadores regresaron al mercado. Los niños volvieron a llevar pan envuelto en tela. Cada alivio confirmaba que su encierro alimentaba a alguien.

No sabía si aquello debía consolarla o impedirle respirar.

El compromiso no se anunció. Tal como establecía el acuerdo, primero debía parecer un cortejo. Damaris hizo llegar a las familias apropiadas la noticia de que Eduardo Valcárcel había mostrado interés por Diane durante una cena. Al cabo de una semana, Santa Lucía había convertido una carpeta de contratos en un encuentro de miradas junto a una ventana. Al cabo de dos, una florista juraba que Eduardo había encargado rosas. Al cabo de tres, varias madres lamentaban que sus hijas no hubieran sabido conquistar al heredero.

Diane aprendió que una mentira social no necesitaba ser creíble. Solo necesitaba resultar conveniente.

La primera visita oficial fue fijada para el segundo jueves de octubre.

Damaris comenzó a prepararla desde el lunes.

Hizo pulir la plata, cambiar las flores del salón y esconder bajo una mesa la grieta que la humedad había abierto en la pared. Ordenó que Diane llevara un vestido azul pálido y ensayó con ella tres temas de conversación: la temporada de ópera, la nueva capilla y el clima favorable para los barcos.

—No hablarás de negocios —advirtió.

—Mi matrimonio es un negocio.

—Precisamente por eso.

—¿Puedo preguntarle por la mujer y la niña?

La taza de Damaris se detuvo a medio camino de sus labios.

—¿Qué mujer?

Diane reconoció la cautela que apareció en sus ojos y decidió guardar el descubrimiento.

—La señora Beatriz y yo —improvisó—. Somos las dos mujeres que tendremos que soportar la visita.

Damaris dejó la taza.

—Beatriz no vendrá. Un cortejo necesita vigilancia, no una procesión.

La vigilancia llegó el jueves vestida de gris.

Eduardo descendió del carruaje a las cuatro. Lo acompañaba la señora Elvira Baeza, una viuda emparentada con los Valcárcel que ejercía de carabina en las visitas donde Damaris no podía fingir imparcialidad. Elvira tenía el cuello largo, los labios finos y la costumbre de mirar los muebles como si calculara cuánto durarían en una casa de empeños.

Eduardo entregó a Damaris un ramo de rosas blancas.

—Qué detalle tan hermoso —dijo ella.

—Mi padre las eligió.

La sonrisa de Damaris vaciló apenas.

—La intención sigue siendo amable.

—La intención de mi padre rara vez lo es.

Diane, que aguardaba junto al piano, tuvo que bajar la mirada para ocultar algo parecido a una sonrisa. Eduardo la saludó con una inclinación correcta. No intentó besarle la mano.

—Señorita Díaz.

—Señor Valcárcel.

Parecían dos diplomáticos reunidos para negociar una frontera después de que la guerra ya hubiese comenzado.

El té fue servido a las cuatro y cuarto. Damaris preguntó por la ópera. Elvira elogió la capilla nueva. Ernesto habló del buen tiempo para la navegación, olvidando que aquel era el tercer tema prohibido para él y permitido para Diane. Eduardo respondió con frases breves. Cada silencio caía entre las tazas como una moneda que nadie quería recoger.

Diane lo observó por encima del borde de la porcelana. Llevaba un traje oscuro sin adorno y una aguja de corbata en forma de ancla. Tenía una cicatriz fina cerca de la sien izquierda que ella no había notado durante la cena. El cabello, cuidadosamente peinado al llegar, comenzaba a soltarse sobre su frente. Parecía tan incómodo dentro de la visita como un animal al que hubieran enseñado a sentarse sin domesticarlo.

—Eduardo podría mostrarte el jardín —propuso Damaris cuando el silencio amenazó con volverse una declaración.

—Diane conoce su propio jardín —dijo Ernesto.

—Pero no lo conoce acompañada por Eduardo.

La señora Elvira se levantó con un suspiro resignado.

—Caminaré detrás de ustedes.

Salieron por las puertas de la terraza. El cielo tenía el color opaco de una cuchara antigua. Las lluvias de septiembre habían dejado la tierra oscura, y el viento arrastraba hojas secas por los senderos con un sonido de papeles perseguidos.

Eduardo ofreció el brazo.

Diane lo miró.

—Hay tres personas observándonos desde las ventanas —explicó él.

—Cuatro. Mi doncella está detrás de la cortina del piso superior.

—Entonces debemos procurar que las cuatro reciban el espectáculo por el que han pagado.

Ella apoyó apenas los dedos enguantados sobre su manga. El brazo de Eduardo se puso rígido. No por deseo; por rechazo al papel que representaban. Aquella incomodidad compartida resultó extrañamente menos humillante.

Caminaron hacia el roble que se alzaba al final del jardín. Era más antiguo que la casa. Sus raíces habían levantado las losas del sendero y una rama enorme se extendía hacia el oeste, torcida por años de viento marino. De niña, Diane había imaginado que el árbol protegía la propiedad. Ahora le pareció que intentaba alejarse de ella sin poder arrancar los pies de la tierra.

Elvira se detuvo a varios pasos para ajustar el cordón de su sombrero. No podía escuchar sin acercarse, pero su sombra llegaba hasta ellos.

—Su padre eligió las flores —dijo Diane.

—También eligió la hora, mi traje y la viuda.

—¿El silencio lo eligió usted?

—Me pareció la única parte de la visita que todavía me pertenecía.

Diane retiró la mano de su brazo.

—No tiene derecho a castigarme con él.

Eduardo frunció el ceño.

—No intento castigarla.

—Ha venido a mi casa, se ha sentado frente a mí como si mi presencia le resultara ofensiva y espera que agradezca que no mienta. Su sinceridad también puede ser una forma de crueldad.

Una hoja de roble cayó entre ambos. Tenía el centro dorado y los bordes casi negros, como si el otoño la hubiera quemado sin consumirla.

—Tiene razón —dijo Eduardo.

La respuesta fue tan inmediata que desarmó la réplica de Diane.

—¿Eso es todo?

—¿Preferiría que me defendiera?

—Preferiría saber si piensa tratarme como a un mueble que su padre ha comprado.

Eduardo miró hacia la casa. Damaris y Ernesto seguían detrás de los cristales. Desde aquella distancia, sus rostros eran manchas pálidas suspendidas sobre el salón.

—No sé cómo tratarla —admitió—. Usted tiene diecisiete años. Le han impuesto un hombre al que apenas conoce, y ese hombre lleva el apellido que compró la ruina de su familia. Si soy amable, pensará que intento seducirla para complacer a mi padre. Si soy distante, la haré pagar por una decisión que tampoco tomó.

—Podría empezar por no hablar de mí como si no estuviera presente.

Eduardo regresó la mirada hacia ella.

—Podría.

—Y por llamarme Diane cuando no haya testigos cerca.

—Eso crearía una familiaridad que no existe.

—Estamos obligados a casarnos. La falta de familiaridad ya no es nuestro problema más grave.

Una exhalación breve salió de él. Diane tardó un instante en comprender que había sido una risa. No alcanzó a convertirse en sonrisa, pero modificó su rostro lo suficiente para mostrar al hombre que quizá había existido antes de la rabia.

—De acuerdo, Diane.

Su nombre en aquella voz produjo una cercanía inesperada. Ella cruzó los brazos.

—Yo seguiré llamándolo señor Valcárcel.

—Eso es profundamente injusto.

—Estoy aprendiendo de nuestras familias.

Esta vez la sonrisa sí apareció, pequeña y cansada. Desapareció cuando Elvira levantó la cabeza.

—Debemos regresar —dijo Eduardo—. La viuda está a punto de recordar que puede caminar y escuchar al mismo tiempo.

Diane no se movió.

—Hay algo que necesito saber antes.

—Pregunte.

—Cuando llegue el matrimonio…

La frase se cerró alrededor de su garganta. Había escuchado a mujeres casadas hablar con metáforas, silencios y miradas bajas. Había visto novias temblar bajo velos que todos consideraban hermosos. Ahora el miedo tenía el peso de la mano de un desconocido entrando en una habitación cerrada.

Eduardo comprendió. La dureza abandonó su expresión.

—Faltan dieciocho meses.

—El tiempo no responde la pregunta.

—No.

El viento movió las ramas sobre ellos. Las sombras del roble cruzaron el rostro de Eduardo como barrotes que cambiaban de lugar.

—No la tocaré sin su consentimiento —dijo.

Diane sostuvo su mirada.

—Los esposos tienen derechos.

—Los hombres se conceden derechos cuando desean llamar deber a la violencia.

—Su padre exigirá un heredero.

—Mi padre exige muchas cosas.

—¿Y si lo amenaza con la mujer y la niña?

El cambio fue inmediato. Eduardo dio un paso hacia ella. No alzó la mano ni la voz, pero toda su quietud se volvió peligrosa.

—No vuelva a mencionarlas donde puedan oírla.

—No pretendía amenazarlo.

—Lo sé. Mi padre no necesita que las amenazas sean intencionales para utilizarlas.

Elvira comenzó a acercarse.

Eduardo retrocedió y ofreció nuevamente el brazo. Esta vez Diane lo aceptó sin mirar las ventanas. Bajo la tela del traje, la tensión de él seguía siendo visible, pero ya no le pareció la fuerza de un verdugo. Era la de otro prisionero comprobando cada piedra de su celda.

—¿Ha recibido noticias de su amigo? —preguntó Eduardo mientras caminaban.

Diane tropezó con una raíz.

—¿Qué amigo?

—El que hace que mire hacia los campos cada vez que se abre una puerta.

Ella retiró la mano.

—Eso no le concierne.

—Todavía no. Pero le concernirá a mi padre si lo descubre.

—¿Va a decírselo?

Eduardo se detuvo bajo la última rama del roble.

—No soy su guardián, Diane.

—El contrato dice lo contrario.

—Entonces tendremos que decidir cuáles de sus mentiras estamos dispuestos a representar y cuáles vamos a destruir.

La señora Elvira llegó hasta ellos antes de que Diane pudiera responder. Regresaron al salón, donde Damaris examinó el color de sus mejillas y Ernesto preguntó si el paseo había sido agradable. Eduardo afirmó que habían hablado de la capilla. Diane dijo que habían comentado el clima para los barcos.

Por primera vez, mintieron juntos.

La visita terminó a las seis. Desde la galería, Diane observó a Eduardo cruzar el jardín hacia el carruaje. Antes de subir, él se desvió hasta el viejo olivo que crecía junto a la verja. Miró una vez hacia la casa, sacó una pequeña navaja y trazó una muesca en el tronco.

Diane contó las cicatrices desde la distancia.

Con la nueva, eran siete.

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