Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 9
El Laboratorio Médico Alpha Genetics era el tipo de lugar donde los millonarios iban a hacerse pruebas de salud exclusivas o, en el caso de Ethan Vance, a resolver crisis de paternidad con la mayor discreción que el dinero podía comprar. El proceso había sido rápido: un hisopo de algodón en la boca gorda de Mia —quien intentó morder al enfermero—, un pinchazo rápido en el brazo de Ethan, y la promesa de que los resultados estarían listos en cinco días hábiles.
Cinco días. Para un hombre que veía fluctuar millones de dólares en cuestión de segundos en la bolsa, cinco días era una eternidad insoportable.
De regreso en el penthouse, la paranoia corporativa de Ethan se activó a máxima potencia. No podía quedarse de brazos cruzados esperando a que un científico en bata de laboratorio le dijera si su vida perfecta había terminado oficialmente. Necesitaba datos. Necesitaba nombres.
Sentado en su oficina del segundo piso, frente a la enorme pantalla de su computadora, Ethan abrió su archivo digital más privado y confidencial: su agenda de contactos personales.
—Muy bien, analicemos el historial de transacciones afectivas del último año —se dijo a sí mismo, acomodándose las mangas de su camisa limpia—. Mia tiene unos tres meses. Eso significa que el proyecto se gestó hace aproximadamente un año. Entre mayo y junio del año pasado. Veamos quiénes estaban en mi portafolio en esa fecha.
Julia entró a la oficina sosteniendo una bandeja con un café negro cargado para Ethan. Al acercarse a la pantalla y ver las fotos de perfil de varias modelos, actrices y diseñadoras con anotaciones al margen como "Demasiado dramática", "Gastos de mantenimiento altos" o "Obsesionada con los viajes a París", la niñera alzó una ceja.
—Vaya. Veo que el señor Vance está haciendo un inventario de sus conquistas —comentó Julia, dejando la taza sobre el escritorio—. ¿Está buscando una nueva socia para sus noches de champán o es que por fin va a intentar descubrir quién es la madre de la criatura?
Ethan cerró la pestaña de golpe, aclarándose la garganta con fuerza y fingiendo una seriedad profesional que no tenía.
—Estoy realizando una auditoría de seguridad preventiva, Julia. Un buen empresario investiga todas las variables —respondió Ethan con arrogancia—. Necesito descartar sospechosas. Voy a hacer un par de llamadas estratégicas. Preguntas indirectas, de sondeo. Nadie se dará cuenta de nada. El arte de la negociación consiste en obtener información sin revelar tus cartas.
Julia soltó una carcajada seca mientras caminaba hacia la puerta.
—Claro, señor Vance. Seguro que un hombre que no sabe distinguir una niña de un niño va a ser un espía internacional brillante. Buena suerte con su "auditoría". Si alguna de ellas lo demanda por acoso, no me meta en su fianza.
Cuando las puertas se cerraron, Ethan respiró hondo. Hizo clic en el primer nombre de la lista de mayo del año pasado: Vanessa Sterling, una modelo de pasarela de alta costura con un carácter tan frío como el hielo ártico. Su relación había durado exactamente tres semanas antes de que ella se aburriera de que Ethan hablara de la bolsa de valores durante la cena.
Marcó el número. Al tercer tono, una voz sensual y arrastrada respondió.
—¿Ethan? Vaya... qué sorpresa. No pensé que los hombres como tú llamaran dos veces después de un año de silencio. ¿Te diste cuenta de que ninguna de tus nuevas amiguitas tiene mi porte en la pasarela?
Ethan se acomodó en su silla de cuero, adoptando su voz de negocios más profunda y seductora.
—Hola, Vanessa. Espero que estés bien. Solo... estaba repasando algunos proyectos antiguos y tu nombre surgió en mi mente. Me preguntaba cómo te ha ido en este último año. Específicamente, en el aspecto... de la salud física. Cambios corporales, retención de líquidos, aumento de volumen en la zona abdominal... ese tipo de cosas.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Ethan sonrió, pensando que su pregunta sobre los síntomas del embarazo había sido extremadamente sutil.
—¿Me estás llamando gorda, Ethan Vance? —la voz de Vanessa pasó de sensual a letal en un microsegundo—. ¡¿Me estás llamando para preguntarme si gané peso?! ¡Gané dos kilos para la campaña de Milán porque el diseñador quería una silueta más "saludable", pedazo de idiota! ¡No me hables nunca más en tu miserable vida!
¡Clic!
Ethan se quedó mirando el teléfono, parpadeando.
—Ok... Vanessa descartada. Reacción violenta al aumento de peso, típico de modelo, no de madre primeriza —anotó en su libreta, tachando el nombre con el bolígrafo.
Pasó al siguiente nombre: Scarlett Dubois, una influencer de estilo de vida con más de tres millones de seguidores, conocida por documentar cada segundo de su existencia en internet. Su romance con ella en junio del año pasado había sido un festival de flashes y etiquetas en redes sociales.
Marcó el número.
—¡Ethan! —chilló Scarlett del otro lado, tan fuerte que Ethan tuvo que alejar el teléfono de su oreja—. Sabía que me llamarías. Vi tu foto en la revista de finanzas de la semana pasada y pensé: "Dios, Ethan se ve tan maduro y sexy". Sé que dolió cuando terminamos porque yo quería enfocarme en mi carrera, pero estoy dispuesta a darte otra oportunidad. Podemos cenar esta noche en ese lugar nuevo de sushi, yo hago el storie de la reconciliación y...
—Scarlett, qué gusto escucharte —la interrumpió Ethan, buscando desesperadamente cómo meter su cuestionario de auditoría—. Sí, la madurez es importante. Hablando de madurez y de procesos biológicos... He estado revisando tu perfil de Instagram del último año. Noté que entre septiembre y enero del año pasado solo subiste fotos del pecho hacia arriba, o usando abrigos extremadamente grandes de diseñador. Me preguntaba... ¿cuál fue el motivo estratégico de esa elección de vestuario? ¿Había algo que... ocultar? ¿Algún "crecimiento" repentino en tu vida?
Se escuchó un suspiro dramático del otro lado, seguido de un tono de voz lleno de emoción contenida.
—¡Oh, Ethan! ¡Eres tan tierno! ¡Te diste cuenta! —exclamó Scarlett, casi al borde de las lágrimas—. Sí, fue una época horrible. Me hice una cirugía de aumento de busto y el cirujano arruinó la simetría, así que tuve que usar abrigos gigantes de lino para que las marcas patrocinadoras no lo notaran hasta que bajara la inflamación. ¡Qué hermoso que te preocupes por mis cirugías estéticas! Significa que sigues obsesionado con mi cuerpo. Te veo a las ocho, ¿sí?
Ethan sintió que un sudor frío le bajaba por la frente.
—Eh... no, Scarlett, yo... tengo una junta con... con el banco de Japón a esa hora. Te llamo luego —colgó de golpe, borrando el nombre con tanta fuerza que casi rompe la hoja de la libreta—. Cirugía estética. Dios mío, estas mujeres no tienen un sentido de la realidad común.
Frustrado, Ethan tiró el bolígrafo sobre el escritorio. La auditoría estaba siendo un desastre absoluto. Ninguna de sus llamadas estaba arrojando luz sobre el misterio de la nota anónima que decía "Es tu hija, Ethan".
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió suavemente. Julia entró cargando a la pequeña Mia, que ahora lucía un mameluco rosa con dibujos de patitos y tenía un lazo diminuto pegado al escaso cabello oscuro. Al ver a Ethan, la bebé soltó una carcajada ruidosa y estiró sus brazos hacia él, agitando las piernas.
—Su sesión de espionaje telefónico parece un fracaso, señor Vance —dijo Julia, con una mirada divertida al ver la lista tachada y el cabello revuelto de su jefe—. Escuché los gritos de la modelo desde la cocina. Es usted todo un diplomático.
Ethan suspiró, levantándose de la silla. Se acercó a Julia y, con una naturalidad que ya no le daba vergüenza, tomó a Mia en sus brazos. La bebé se acomodó de inmediato contra su pecho, agarrándole el dedo índice con su mano diminuta y apretándolo con una fuerza sorprendente.
—Son todas unas dramáticas, Julia —se quejó Ethan, mirando los ojos oscuros de la niña—. Ninguna de ellas tiene la capacidad mental para armar un plan tan complejo como dejar a un bebé en una canasta con una nota críptica. Esto tiene que ser algo más. Algo que no estoy viendo.
Julia suavizó la expresión, mirando la forma en que el imponente CEO acunaba a la niña sin darse cuenta de lo tierno que se veía a pesar de su arrogancia.
—A veces, señor Vance, las respuestas no están en su agenda de contactos de lujo —dijo Julia en voz baja—. Si esa nota decía que la madre está en peligro, significa que es alguien que no quiere que la encuentren. Alguien que lo eligió a usted no por su dinero para salir de fiesta, sino porque sabe que, debajo de todo ese traje italiano y esa fachada de tiburón frío, usted es un hombre capaz de proteger lo que es suyo.
Ethan se quedó mirando a Julia, procesando sus palabras. Luego bajó la vista hacia Mia, que lo miraba de vuelta con una fijeza aplastante. La duda del ADN seguía ahí, pero mientras sostenía a la pequeña en sus brazos, el deseo de descubrir la verdad ya no era solo para salvar sus acciones en la bolsa... era para descubrir quién había osado alterar su mundo perfecto, y por qué esa pequeña niña se sentía, cada vez más, como la mejor inversión que jamás había hecho.