Valeria es una abogada, cuya carrera va en ascenso. Pero, en la vida personal, ella es la esposa secreta del heredero Alcázar, Sebastian Alcázar.
Durante tres años, ella ha vivido en el anonimato, mientras que su esposo, Sebastian, se pasea con Lina, una amiga de la familia, con quien todos especulan tiene una relación amorosa.
Valeria, ante tanta indiferencia por largos años, decide que ya fue suficiente, así que le pide el divorcio a Sebastian, quien solo se lo toma como un berrinche de Valeria, sin imaginar, que es él mismo quien la empuja cada día mas, a que ella tenga una decision mas firme de dejarlo.
En medio de todo este proceso, Mateo Del Río, un compañero de la universidad, regresa a la vida de Valeria, y a diferencia de Sebastian, Mateo siempre esta cuando lo necesita, la apoya, le da comprensión, seguridad, y respeto.
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Capítulo 3
Capítulo 3
—No es "por Lina" —dije—. Es por ti.
Sebastián se quedó parado junto a la cama, con la camisa perfecta y el gesto cerrado.
—Yo no hice nada.
—No contestaste mis mensajes. No contestaste mis llamadas. Te fuiste con ella a comer a la casa de tu familia frente a mí.
—Sofi estaba insistiendo.
—Sofi siempre insiste.
—Y tú siempre haces un problema de todo.
La frase cayó entre nosotros como una puerta cerrada.
Me levanté de la silla.
—¿Te cuesta tanto decirme las cosas? ¿Aunque sea por respeto?
—¿Respeto? —repitió, ya molesto—. Valeria, estoy casado contigo. ¿Qué más prueba quieres?
Lo miré sin pestañear.
—Una esposa que nadie conoce no se siente como prueba.
—No seas tan sensible.
Ahí estaba.
La frase favorita de Sebastián cuando no quería explicar nada.
No seas tan sensible.
No exageres.
No hagas drama.
No me pongas entre mi familia y tú.
Me crucé de brazos para que no me temblaran las manos.
—¿Vas a seguir saliendo con ella en notas?
—No puedo controlar a la prensa.
—Puedes controlar a quién llevas del brazo.
Su mandíbula se tensó.
—Lina es amiga de la familia. Le salvó la vida a mi hermana cuando donó sangre. Mi mamá le tiene cariño. No voy a tratarla como extraña solo porque tú te pones celosa.
—No estoy celosa.
—Claro que sí.
—Estoy cansada de que me escondas.
Sebastián guardó silencio.
Por un segundo pensé que había entendido.
Luego dijo:
—Si de verdad hubiera algo entre Lina y yo, ¿seguirías siendo la señora Alcázar?
Sentí la cara caliente.
No por vergüenza. Por rabia.
—Qué generoso. Gracias por dejarme conservar un título que nadie puede pronunciar en voz alta.
—No tuerzas mis palabras.
—No necesito torcerlas. Solas se oyen horrible.
Sebastián pasó una mano por su cabello.
—Ya basta. Me voy a bañar.
—Siempre haces eso.
—¿Qué?
—Te vas.
—No voy a discutir cuando estás así.
—¿Así cómo?
—Irracional.
Me quedé inmóvil.
Él entró al baño y cerró la puerta.
El agua empezó a correr.
Miré la mesa de noche. Mi anillo no estaba ahí. Lo había guardado hacía semanas, después de descubrir que él solo usó el suyo el día del registro civil.
En la pantalla de mi laptop apareció una notificación.
O: Maestra, ¿sigue despierta?
O era el dibujante con quien llevaba años trabajando mis novelas. Nadie en el despacho sabía que yo escribía historias en línea. Sebastián lo sabía, pero hacía tiempo dejó de preguntarme por eso.
Abrí el chat.
Valeria: Revisando escenas.
O: Le mandé tres bocetos. Sin prisa. Usted tiene trabajo de verdad.
Valeria: Mis novelas también son trabajo de verdad, no me discrimine.
O: Jamás me atrevería. Me da miedo su poder.
Sonreí sin querer.
O: ¿Todo bien?
Me quedé mirando esa pregunta.
Todo bien.
Qué pregunta tan pequeña.
Qué difícil contestarla.
Valeria: Sí. Solo cansada.
O: Entonces revise mañana. Ninguna entrega vale su salud.
El baño seguía sonando.
Yo escribí:
Valeria: Si mañana no le respondo, me regaña.
O: No regaño a mis autoras favoritas.
Valeria: ¿Tiene muchas?
O: Una.
La palabra me hizo bajar la mirada.
No era coqueteo. O siempre escribía con esa calidez rara, medio tímida, medio juguetona. Aun así, esa noche me sostuvo más que cualquier cosa que mi esposo hubiera dicho.
Cuando Sebastián salió del baño, yo ya tenía una cobija en brazos.
—¿Qué haces?
—Me voy al cuarto de al lado.
—Valeria.
—Trabajé mucho y quiero dormir.
—No seas ridícula. Esa habitación ni cama tiene.
—He dormido en pisos de juzgado esperando audiencias. Voy a sobrevivir.
Pasé junto a él.
Sebastián soltó una risa fría.
—Haz lo que quieras.
Eso hice.
En el cuarto vacío extendí la cobija sobre el tapete, puse una almohada contra la pared y seguí revisando bocetos con O hasta que el pecho dejó de dolerme tanto.
No supe en qué momento me quedé dormida.
Tampoco vi el mensaje que O borró segundos después.
O: Ya volví a México. ¿Cuándo cobramos esa comida pendiente de cinco años?
Sebastián se quedó del otro lado de la puerta del cuarto vacío.
No tocó.
Yo no lo supe entonces, pero pasó varios minutos ahí, con una mano levantada y el orgullo atravesado en la garganta.
Escuchó mi risa.
Una risa pequeña, cansada, pero mía.
Eso le molestó.
No que yo hubiera dormido en el piso. No que hubiera llorado. No que nuestra cena siguiera intacta.
Le molestó que alguien más pudiera arrancarme una risa cuando él no podía.
Al final volvió a la recámara.
Se acostó en una cama enorme y fría, mirando el techo. Abrió mi chat, escribió "ven", lo borró, escribió "deja de hacer drama", lo borró también.
Terminó bloqueando la pantalla.
—Mañana se le pasa —murmuró.
En el cuarto de al lado, mi celular se apagó por falta de batería.
Yo seguí dormida en el piso.
Por la mañana me dolía la espalda, pero no el orgullo. Eso ya era avance.
Cuando entré a bañarme, Sebastián fingió revisar correos en la cama. No levantó la vista.
—Te vas a enfermar si duermes así.
—Entonces no debería acostumbrarme.
El comentario se quedó en el aire.
Sebastián cerró la laptop con más fuerza de la necesaria.
—No me gusta que hables así.
—A mí no me gustan muchas cosas y aquí estamos.
Me metí al baño.
Mientras el agua corría, apoyé las manos en el lavabo y miré mi reflejo. Tenía los ojos hinchados, el cabello marcado por dormir mal y una línea roja en la mejilla por la orilla de la almohada.
No parecía la señora Alcázar.
Parecía una mujer que había pasado la noche en el piso porque su esposo no sabía pedir perdón.
Cuando salí, Sebastián seguía ahí.
—Hoy tengo que ir a la hacienda —dijo.
—No pregunté.
—Sofía tiene revisión.
—Tampoco pregunté.
Se levantó.
—Valeria, no todo es sobre ti.
Me quedé quieta.
—Lo sé. Ese ha sido el problema desde que nos casamos.
Él no encontró respuesta.
Yo bajé a desayunar.
Marta me sirvió café con una mirada triste que fingí no ver.