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Renací para amar al hombre que destruí

Renací para amar al hombre que destruí

Status: En proceso
Genre:CEO / Mujer poderosa / Amante arrepentido / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:9.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Ángela Sarmiento murió después de descubrir la verdad más cruel: su hermana adoptiva y el hombre en quien más confiaba habían destruido a su familia. Y Gael Montenegro, el poderoso y temido prometido del que siempre quiso escapar, era el único que la había amado de verdad… y también el hombre que murió por culpa de ella.
Cuando Ángela abre los ojos, ha regresado al momento en que todo comenzó.
Esta vez no piensa huir de Gael. Recuperará lo que le pertenece, hará pagar a quienes la traicionaron y conquistará de nuevo al hombre que sacrificó todo por ella.
Pero Gael todavía recuerda su rechazo. No confía en sus caricias, sospecha de cada palabra dulce y está convencido de que Ángela solo prepara otra forma de abandonarlo.
Entre venganzas familiares, secretos, drogas, hipnosis y una atracción que ninguno de los dos puede contener, Ángela tendrá que demostrar que su amor es real.
Porque en esta segunda vida no permitirá que Gael vuelva a morir.
Y tampoco piensa dejarlo escapar de su cama.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23

—Angie, ¿quieres comprometerte conmigo?

La inquietud se transparentó en la voz de Gael. Nunca había dudado de lo que existía entre ellos, pero un compromiso era algo serio. No sabía si Ángela estaría dispuesta a llevar tan pronto una señal que la vinculara a él ante todos.

La pregunta cayó como un rayo.

Ángela se quedó mirándolo, incapaz de reaccionar por un instante.

Quería decir que sí. Amaba a ese hombre desde hacía mucho; lo amaba hasta los huesos.

Entonces recordó el enorme secreto que aún no le había contado.

Si Gael llegaba a saber todo lo que ella le había hecho en su vida anterior, ¿seguiría queriendo estar a su lado?

Por primera vez, Ángela sintió el impulso de retroceder.

Los segundos se prolongaron en un silencio rígido. La expectativa de Gael se fue apagando hasta convertirse en una tristeza amarga.

—Gael, creo que...

Él la interrumpió antes de que terminara. Había visto el conflicto en su rostro y sabía que lo que vendría después no era lo que deseaba escuchar.

—No tienes que decir nada, Angie. Entiendo. Fui demasiado impulsivo.

No quería oír un rechazo claro. Temía que, si lo escuchaba, perdiera el control e hiciera algo imposible de reparar.

Salió de la residencia Montenegro casi huyendo, con el dolor desnudo en los ojos.

Ángela tampoco se encontraba mejor. Permaneció de pie en la sala, inmóvil, hasta que las piernas se le entumieron. Un momento antes incluso había pensado en confesarle que había renacido.

No sabía qué hacer. A fin de cuentas, aquella era su primera relación de verdad.

En su vida anterior había tenido el corazón puesto en otra persona, pero nunca fueron pareja. Todo había sido una obsesión unilateral.

Y ahora no podía contarle esto a nadie.

Había protegido el secreto de su renacimiento por encima de cualquier otra cosa. Le aterraba que, si lo revelaba, la tomaran por loca.

En realidad, tampoco tenía a quién llamar. Solo al quedarse en silencio comprendió lo pequeño que era su círculo. Marina era su única amiga cercana y, entre los hombres, aparte de Santiago, solo estaba Gael.

Se masajeó las piernas, se sentó en el sofá y llamó a Marina con la intención de desahogarse.

En cuanto se estableció la llamada, oyó un gemido dulce al otro lado.

—Mmm...

Ángela alejó el celular de la oreja como si la hubiera quemado y miró la pantalla con incredulidad.

Eso...

Volvió a acercarlo y escuchó una voz masculina que reconoció enseguida.

—Mari, tranquila... relájate.

Ángela entendió por fin lo que estaban haciendo y colgó, muerta de vergüenza. Se abanicó con una mano, tratando de enfriar el rostro encendido.

En las oficinas del Grupo Montenegro, Gael era incapaz de concentrarse.

Se obligaba a olvidar lo ocurrido por la mañana, pero cada vez que recordaba la vacilación de Ángela, la frustración le oprimía el pecho.

Sentía que estaba a punto de enloquecer. Una voz se enredaba sin descanso en su mente.

Enciérrala en la residencia. Así será solo tuya. Nadie podrá arrebatártela.

La respiración de Gael se aceleró y un destello rojizo, febril, le atravesó los ojos.

Se puso de pie con dificultad, entró en la sala de descanso y encontró su medicamento. Después de tomarlo, arrojó el frasco a un lado y soltó una risa burlona, dirigida contra sí mismo.

Podía sentir que su estado empeoraba.

¿Qué pasaría si un día de verdad lastimaba a Ángela?

Con los labios apretados, condujo hasta el gimnasio privado de Fernando.

Fernando vio su aspecto agotado y no hizo preguntas. Solo le apretó un hombro y luego sacó dos pares de guantes de boxeo. Le lanzó uno.

Se golpearon como si arrastraran un odio de años. Cada puñetazo dio de lleno; ninguno se contuvo. El agotamiento físico consiguió que Gael olvidara el dolor durante un rato.

Al final quedaron empatados.

Fernando notó que la tensión había desaparecido de su entrecejo y soltó una risa nasal. Se pasó la lengua por la comisura del labio, abierta por un golpe.

—¿Nunca te dijeron que en un entrenamiento no se golpea la cara?

Gael se quitó los guantes y se frotó una muñeca entumida.

—Justo quería golpearte la cara.

Intercambiaron una sonrisa y volvieron a atacarse entre bromas, uno con un puño y el otro con una patada.

Una tos delicada interrumpió el juego.

Valentina entró con el celular de Fernando en la mano. Él miró el nombre en la pantalla y contestó.

—Señorita Sarmiento, buenas tardes.

Al oírlo, los ojos de Gael se clavaron de inmediato en el teléfono.

¿Para qué quería Ángela hablar con Fernando? ¿Tendría algo que ver con él?

Golpeó con los nudillos uno de los postes del ring y articuló sin voz:

Pon el altavoz.

Fernando le lanzó una mirada fastidiada, pero obedeció.

—¿Usted tiene mi número, señor Quiroga?

—No es difícil conseguirlo. ¿En qué puedo ayudarla?

Ángela guardó silencio durante unos segundos. No sabía por dónde empezar, aunque, dadas las circunstancias, Fernando parecía la persona indicada.

—Quisiera hablar con usted acerca de Gael. ¿Tiene tiempo?

Fernando sonrió y aceptó sin vacilar.

—Claro. Sigo en mi club. ¿Le parece bien aquí?

—Sí. Voy para allá.

Cuando la llamada terminó, Fernando chasqueó la lengua un par de veces y miró a Gael con una sonrisa cargada de intención.

—La señorita Sarmiento tiene recursos. Hasta consiguió mi número.

Gael sacó su propio celular y contempló la pantalla vacía con un resentimiento casi infantil.

¿Por qué no podía acudir a él? Si quería hablar de Gael, ¿no era más directo hacerlo con el propio Gael?

Resopló y no respondió a la provocación de Fernando. Todavía no era el momento de revelar que Ángela era la hacker conocida como Zero.

—Muévete de una vez. No vas a hacer que Ángela te espere, ¿verdad?

Luego añadió de mal humor:

—Y dile al gerente que no quiero tipos dudosos rondando cerca para estorbarle.

Era la primera vez que Fernando veía a Gael comportarse con semejante inmadurez. Le resultó tan inesperado que casi se echó a reír.

—Ya voy. ¿Quieres venir conmigo?

Gael no logró resistir la tentación y subió al auto con Fernando. Valentina también los acompañó.

Cuando Fernando y Valentina entraron en el reservado, Ángela ya estaba sentada esperándolos.

Era la primera vez que podía observar a Fernando con calma. No tenía la dureza de Gael; parecía más bien un heredero libertino, acostumbrado a vivir entre fiestas y aventuras amorosas. Sin embargo, ni el mejor disfraz podía ocultar el filo de su mirada. La herida en la comisura del labio, además, estropeaba un poco el conjunto.

—¿Tengo algo en la cara, señorita Sarmiento? —preguntó Fernando al notar su expresión de lástima.

—Nada. Solo pensaba que quien lo golpeó no se contuvo en absoluto.

Ángela le dedicó una sonrisa abierta.

Una risita apareció en el rostro habitualmente sereno de Valentina, cuya mirada se desvió hacia cierto rincón del reservado.

Fernando rio con ganas. Después rodeó a Valentina con un brazo y la llevó a sentarse en un sofá un poco apartado.

—¿Qué quiere preguntarme sobre Gael?

Ángela contempló a los dos, se recargó en el respaldo y dejó que un destello afilado asomara en sus ojos almendrados. Su voz se volvió fría.

—Señor Quiroga, ese espejo es de una sola vista, ¿cierto?

Fernando alzó apenas los párpados, incrédulo. Solo entonces aceptó por completo que aquella mujer era realmente capaz de caminar al lado de Gael Montenegro.

Su expresión no cambió.

—¿Por qué lo dice?

—No olvide a qué se dedica mi padre. Al principio era solo una sospecha, pero esta señorita miró el espejo hace un momento. Entonces supe que tenía razón.

—¿Ah, sí? En ese caso, ¿quiere adivinar quién está detrás?

Los labios rojos de Ángela dibujaron una respuesta sencilla.

—Nadie.

Fernando se quedó callado un instante. Luego sonrió con admiración sincera.

—¿Cómo lo supo?

—No solo sé que no hay nadie detrás del espejo. También sé que fue Gael quien le lastimó la cara.

Fernando se interesó aún más. Se enderezó, dispuesto a escuchar cada palabra.

—Considerando su posición, señor Quiroga, cualquiera capaz de tocarlo debe ser alguien de confianza.

Ángela cruzó las piernas y apoyó la barbilla sobre ambas manos.

—Por lo que sé, Leonardo no sabe pelear. Creo que ni siquiera podría vencerme a mí.

Hizo una pequeña pausa.

—En cuanto a mi hermano... ejem, parece demasiado ocupado con otros asuntos para venir a golpearlo.

Sonrió como si la conclusión fuera obvia.

—Así que esas heridas solo pudo causárselas Gael.

Fernando la miró con auténtico aprecio.

—Es una lástima que no trabaje como agente de investigación de la Fiscalía.

Ángela sonrió con indiferencia, se puso de pie y estiró los hombros. Después miró directamente al espejo con una expresión dulce.

—Gael, vámonos a casa.

Fernando y Valentina se quedaron inmóviles.

Un segundo después, una risa grave salió de los altavoces del reservado.

—Espérame, Angie.

Descubierto el juego, Fernando se encogió de hombros y tomó un control remoto para activar la pantalla.

El vidrio funcionaba como espejo unidireccional y también como pantalla inteligente. Las cámaras del reservado transmitían a la sala de vigilancia, y desde allí podían proyectar su propia imagen sobre el cristal.

Valentina miraba a Ángela con fascinación desde que la oyó deducir el origen de las heridas de Fernando. Ahora parecía admirarla todavía más.

No podía dejar de preguntarse cómo conseguía Gael manejar a diario a una mujer tan formidable.

Se acercó poco a poco a Ángela y, algo avergonzada, enganchó el meñique con el de ella.

—Señorita Sarmiento, ¡usted es increíble!

A pesar de su apariencia fría, Valentina guardaba en su interior la inocencia de una muchacha que apenas conocía el mundo.

Fernando la había protegido muy bien, excepto durante los años en que la obligó a alejarse. Había sido entonces cuando Valentina aprendió a mantener a los demás a distancia tras una máscara de frialdad.

El contraste también le pareció encantador a Ángela. Le mostró una sonrisa seductora.

—Tú también eres muy interesante.

Después de todo, había conseguido que un libertino legendario sentara cabeza.

Antes de ir, Ángela había investigado mucho sobre Fernando. Todos los informes lo describían como un hombre cruel, mujeriego e incapaz de encariñarse con nadie.

Sin embargo, desde que entró en la habitación no había apartado los ojos de Valentina. Los rumores no eran del todo fiables.

Al menos para Fernando, Valentina era alguien especial.

Al recibir el cumplido, las orejas de Valentina se tiñeron de rosa. Sacó el celular con timidez.

—¿Podemos ser amigas, señorita Sarmiento? Casi no tengo amigas. Fer nunca me deja hacerlas.

Había una nota de agravio en su voz clara.

Ángela intercambió sus datos sin dudar. Ella tampoco tenía muchas amistades.

A veces la confianza entre dos mujeres nacía con una facilidad sorprendente. En pocos minutos ya conversaban tomadas del brazo, como si fueran hermanas de toda la vida.

Cuando Gael entró, encontró a las dos con las cabezas juntas, compartiendo secretos en voz baja.

Tosió para llamar la atención de Ángela. Ella apenas levantó la cabeza antes de inclinarse otra vez hacia el oído de Valentina.

Fastidiado, Gael caminó hasta Fernando y le dio una patada en la pierna. Luego señaló a las dos mujeres con los ojos.

Fernando abrió las manos, proclamando su inocencia.

Gael adoptó una expresión lastimera y miró a Ángela como si fuera la persona más desdichada del mundo.

—Angie, dijiste que nos iríamos a casa.

Valentina abrió la boca al escuchar aquella voz suave, casi mimosa.

¿Ese era el mismo Gael que mantenía a todos a distancia? Parecía que lo hubieran reemplazado por otra persona.

Divertida por su apariencia, Ángela se acercó sin prisa y le dejó la marca de sus labios sobre la mejilla.

—Sí. Vámonos a casa.

Después se volvió hacia Valentina, con una sonrisa radiante en los ojos.

—Vale, salgamos juntas mañana.

Valentina seguía aturdida, pero al oír la invitación asintió enseguida.

Fernando resopló.

—Cuando yo te invito a salir, nunca te emocionas tanto.

Valentina le apretó las mejillas y lo miró con picardía.

—Fer, ¿no crees que estás siendo infantil?

Una sonrisa apenas visible curvó los labios del hombre acusado de inmadurez. Algo peligroso brilló en el fondo de sus ojos.

Más tarde tendría que demostrarle a esa traviesa, a fondo, qué tan poco infantil podía ser.

Gael reconoció la expresión calculadora de Fernando y comprendió lo que planeaba.

Pasó un brazo alrededor de Ángela y asintió hacia su amigo. Les bastó intercambiar una mirada para entenderse.

Querían salir solas al día siguiente. Primero habría que ver si eran capaces de levantarse de la cama...

De regreso en la residencia Montenegro, Ángela llevó a Gael de la mano hasta el estudio y lo hizo sentarse en una silla.

—Gael, tenemos que hablar.

Él tensó la espalda. Intentó aparentar calma, pero la atrajo hacia su regazo y le apretó la cabeza contra el pecho.

—Escúchame primero, Angie.

Las pestañas de Ángela temblaron. Su respuesta sonó amortiguada contra la camisa.

—Está bien.

—No sé por qué dudaste. Tal vez no he hecho lo suficiente por ti.

Respiró hondo.

—El mundo está lleno de hombres admirables. Me preocupa que un día decidas abandonarme.

—Yo... —Gael apretó los dientes—. Necesito tenerlo todo bajo control y soy demasiado posesivo. Temo que algún día te asustes y huyas de mí.

La abrazó con más fuerza.

—No lo entiendes, Angie. Para mí eres la salvación, el sol que dispersó toda la oscuridad. Quiero que ese sol nunca deje de iluminarme.

Ángela ya no pudo contener las lágrimas. Cerró los dedos sobre la camisa de Gael.

Ella no era tan buena como él decía. Había sido ella quien lo había condenado a una vida miserable.

Gael sintió la humedad sobre el pecho y se alarmó. Le secó las lágrimas con las manos, torpe por la urgencia.

—No llores, Angie. No volveré a mencionar el compromiso.

Con los ojos enrojecidos, Ángela negó. Se mordió el labio, incapaz de formar una frase completa.

Gael no se atrevió a insistir. Solo le acarició la espalda con suavidad.

Que las cosas se quedaran así. Al menos, por el momento, ella seguía a su lado.

Ángela tardó mucho en calmarse. Todavía sollozando, mordió a Gael. Él aspiró entre dientes, pero no intentó apartarse.

—No es que no quiera comprometerme contigo. Es solo que...

Le costaba respirar.

—Tengo miedo de que, cuando me conozcas por completo, seas tú quien me deje. No soy tan buena como piensas. Te hice cosas terribles. Yo...

Gael le tomó la barbilla y levantó su rostro. Besó una por una las lágrimas que aún quedaban en sus mejillas, hasta que sus labios descansaron en la comisura de los de ella.

—Si eres tú, nada de lo que hagas será demasiado para mí.

Ángela perdió el último resto de control y escondió el rostro contra su pecho. Lloró sin reservas.

Al verla tan vulnerable entre sus brazos, Gael sintió cientos de punzadas en el corazón. Nunca la había visto derrumbarse así.

La consoló sin descanso, murmurándole palabras tranquilizadoras, hasta que el cansancio venció a Ángela y se quedó profundamente dormida contra él.

Gael abrió un cajón y sacó una pequeña caja de acabado exquisito.

La sostuvo entre los dedos y la acarició una y otra vez...

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maria fernanda ortega ruiz
maravillosa historia 🥰
Alix Sarmiento
Angela es cautelosa porque crío un cuervo y le saco los ojos
Alix Sarmiento
muy bueno excelente
Alix Sarmiento
que familias tan complicadas
veritoo❤️
falta saber q paso con Nicolás y Leonardo a ver si x fin deja la soltería ..muy bna exelente novela
Alix Sarmiento
👏
Alix Sarmiento
muy buena, pero no sé puede dejar manipular
Flor R
super woooo me super encanta bendiciones autora 🍷
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