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El precio de desafiar al heredero

El precio de desafiar al heredero

Status: Terminada
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.

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Capítulo 4

Se volvió una costumbre sin que ninguno de los dos lo decidiera.

Cada mañana, Emilia se sentaba en el banquito junto a la puerta con los tenis en las manos. Sebastián se agachaba, le tomaba el pie y le ataba las agujetas. Nudos dobles, ajustados pero no apretados. La primera vez ella protestó —"Sé atarme los zapatos, Sebastián"— y él respondió sin levantar la vista: "Lo sé." No explicó por qué lo hacía. Ella dejó de preguntar después de la tercera mañana.

Le preparaba el desayuno antes de irse a Grupo Mendoza. Huevos revueltos sin cebolla, jugo de naranja natural, café con un toque de canela que ella no recordaba haberle dicho que le gustaba. Dejaba notas adhesivas en la lonchera que Doña Rosa le empacaba: "Come las verduras primero" o "No te saltes la comida" o, una vez, un simple "Abrígate." Emilia las guardaba todas en el cajón de su mesita de noche sin saber por qué.

Pasaron semanas. Noviembre se volvió diciembre. La rutina se cerró alrededor de los dos como un paréntesis cálido: ella salía a la academia a las ocho con Sergio, tallaba todo el día, volvía a las siete. Él llegaba a las nueve, cenaba con ella si no tenía junta, le preguntaba sobre su día con frases cortas que pedían respuestas largas. A las once le decía "Ve a dormir" y ella iba.

No se tocaban. No hablaban de sentimientos. Pero la distancia entre los dos se acortaba sin que nadie la midiera — en los silencios que ya no eran incómodos, en la forma en que él le llenaba el vaso de agua antes de que ella lo pidiera, en la certeza que Emilia empezaba a tener de que Sebastián sabía cosas sobre ella que nadie le había contado.

---

La Nochebuena cayó un jueves. Emilia regresó de la academia con una canasta de frutas de temporada envuelta en celofán rojo: tejocotes, mandarinas, cañas de azúcar, limas. Era una tradición que tía Adriana le había enseñado — regalar fruta fresca en Navidad, sin importar a quién.

—Feliz Navidad —dijo, dejando la canasta en la barra—. Es para ti.

Sebastián estaba en la cocina con las mangas enrolladas, un sartén en una mano y un trapo en la otra. Miró la canasta. Luego a ella.

—Gracias.

Tomó un tejocote y lo giró entre los dedos. Lo guardó en el bolsillo de su camisa.

—Doña Rosa preparó todo para la cena, pero voy a cocinar yo —dijo—. Pasta. ¿Comes picante?

—No.

—Yo tampoco.

Emilia sabía que mentía. Lo había visto comer salsa roja sin parpadear dos semanas antes. Pero no dijo nada.

Se sentó en el banco de la barra y lo miró cocinar. Los movimientos de Sebastián en la cocina eran los mismos que en todo lo demás — precisos, económicos, sin adorno. Cortaba los jitomates en cubos exactos. Medía el aceite de oliva a ojo pero siempre acertaba. No probaba la comida mientras cocinaba — confiaba en su propio criterio, incluso con la pasta.

Doña Rosa apareció con un delantal limpio.

—Joven Sebastián, si quiere yo me encargo—

—No, Doña Rosa. Váyase temprano. Es Nochebuena, su familia la espera.

—Pero la cena—

—Yo sirvo.

Doña Rosa miró a Emilia como diciendo "¿Ves lo que tengo que aguantar?" Emilia le sonrió. Doña Rosa se quitó el delantal, tomó su bolsa y se fue murmurando algo sobre hombres tercos y cocinas que no eran suyas.

Cenaron en la barra. Pasta con salsa de jitomate y albahaca, ensalada, pan de ajo. Emilia comió dos platos. Sebastián la observaba comer con una atención que ella habría encontrado incómoda un mes antes y que ahora le provocaba algo diferente — algo que no quería nombrar.

—Está buenísima —dijo con la boca medio llena.

—No hables con la boca llena.

—Tú no eres mi papá.

—No —dijo Sebastián—. No lo soy.

La forma en que lo dijo — sin peso, sin amenaza, solo constatando un hecho que implicaba otro hecho que ninguno de los dos iba a nombrar — hizo que Emilia bajara la mirada al plato.

Después de cenar, él sacó una caja de debajo de la barra. Madera clara, sin moño, sin tarjeta. Se la puso enfrente.

Emilia la abrió.

Adentro, sobre terciopelo gris, había un juego de herramientas de tallado: gubias de acero sueco, formones de media caña, un cuchillo de detalle con mango de nogal. Eran las Pfeil Swiss Made Edición Artista — la serie limitada que había salido en noviembre, la que costaba más de lo que ella ganaba en un año con los sorteos de su canal.

Emilia las había mencionado una vez. Una sola vez. En una transmisión en vivo de su canal, un martes a las diez de la noche, mientras tallaba un pez koi y comentaba al chat: "Algún día me voy a comprar las Pfeil Artista. Cuando sea rica y famosa."

Levantó la vista.

—¿Cómo supiste que quería estas?

Sebastián recogió los platos de la barra.

—Las vi en algún lado —dijo, de espaldas.

"En algún lado." Emilia miró las herramientas. Pasó el dedo por el filo de la gubia más pequeña — perfecto, sin marca, virgen. Nadie que hubiera "visto en algún lado" unas herramientas de tallado compraría exactamente la edición que ella había mencionado en un livestream a las diez de la noche un martes cualquiera.

No conectó los puntos. Pero los puntos estaban ahí, brillando como luciérnagas en un cuarto oscuro.

---

Emilia lavó los platos mientras Sebastián secaba. No hablaron. La cocina se llenó del sonido del agua y del roce del trapo contra la cerámica. Había algo en ese silencio que se parecía peligrosamente a la comodidad — no la comodidad de dos personas que no tienen nada que decirse, sino la de dos personas que no necesitan decir nada.

A medianoche salieron al balcón. Los fuegos artificiales estallaron sobre la ciudad — verdes, dorados, rojos, dispersos como si cada colonia tuviera su propia celebración privada. El aire de diciembre en CDMX era frío y seco, con olor a pólvora y a tamales que subía desde alguna planta baja.

Emilia tenía los brazos cruzados sobre el pecho. Sebastián se quitó la chamarra y se la puso sobre los hombros sin preguntar. El peso de la tela, el calor residual de su cuerpo, el olor a cedro frío.

—Feliz Navidad, Sebastián —dijo Emilia en voz baja, mirando los cohetes.

Él no contestó de inmediato. Emilia volteó. Sebastián la estaba mirando a ella — no a los fuegos artificiales, no a la ciudad — a ella. Con una intensidad que no era nueva, pero que esta vez no intentaba esconder.

—Feliz Navidad, Emilia.

Su nombre. Cuatro sílabas. La forma en que la ele se suavizó entre sus labios y la última vocal se quedó flotando en el aire frío, como si no quisiera terminar de decirla.

Emilia volteó hacia la ciudad otra vez. Le ardían las mejillas. No era el frío. Se apretó la chamarra de él contra los hombros y se concentró en un cohete que subía por la zona de Coyoacán, lento, dorado, hasta que estalló en una lluvia de chispas que se apagaron antes de tocar los techos.

Cuando volvieron adentro, Sebastián le dijo "Buenas noches" y se fue a su habitación. Emilia se quedó un momento en la sala con la chamarra todavía puesta. Olía a cedro, a cocina, a fuegos artificiales. No se la quitó hasta que se metió a la cama.

En el bolsillo de la camisa de Sebastián, el tejocote seguía ahí — pequeño, redondo, tibio contra su pecho.

1
Mirta Bernaccki
no entiendo bien. ambos padres decidieron por ellos a casarlos y de pronto están viviendo en el mismo techo, q paso con Beatriz y Patricia? media descabellada está novela. leo un poco más pero creo q la corto. no entiendo está trama rara
Gladys Medina
me disculpan pero no entiendo porque tiene que pegarle como si fuera una niña y el su papá, me lo podría alguien explicar por favor
Gladys Medina
que me disculpe la escritora pero todavía no entiendo la novela ni la actitud de Emilia no se la leo pero sigo en las nebulosas, hay cosas que no me cuadran, logico, no escribe solo para mi pero no sé
Gladys Medina
no entiendo, porque se fue a vivir con el, no se han casado, que paso quede en las nebulosas sinceramente, me salte alguna hoja, Dios
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