A sus veintiocho años, Valeria Montero tiene todo bajo control: una de las empresas más poderosas de Puerto Reyes, una reputación impecable y una vida en la que no hay espacio para cometer errores.
Santiago del Río es la única excepción.
Llegó a la casa de los Montero cuando era niño, bajo la tutela legal de Doña Carmen. Valeria lo protegió, lo acompañó durante sus peores años y se convirtió en la persona más importante de su vida.
Pero Santiago creció.
La noche en que cumple dieciocho años, la besa y le confiesa una verdad que Valeria no está preparada para escuchar: nunca la ha visto como una hermana y no piensa seguir fingiendo.
Él es diez años menor. Ella es la directora de un imperio empresarial. Una relación entre ambos podría destruir su reputación y convertirlos en el centro de un escándalo. Valeria intenta alejarse, pero Santiago está decidido a demostrarle que ya no es el niño que llegó herido a su casa.
Justo cuando ella comienza a aceptar lo que siente, Héctor Navarro aparece y revela que Santiago es su nieto y el heredero perdido de la familia Navarro. También le cuenta algo peor: una antigua maldición corre por la sangre de los hombres de su familia, y Héctor puede utilizarla para acabar con la vida de Santiago.
Para salvarlo, Valeria deberá conseguir que se marche con él.
Así que le dice la mentira más cruel que puede inventar: que lo cambió por un terreno.
Tres años después, Santiago regresa convertido en el nuevo heredero del imperio Navarro. Es frío, poderoso y está dispuesto a castigar a la mujer que destrozó su vida.
Lo que todavía no sabe es que Valeria nunca dejó de amarlo.
Mientras él planeaba su venganza, ella pasó tres años buscando una forma de romper la maldición y traerlo de vuelta.
Ahora Santiago tendrá que decidir qué es más fuerte: el odio que lo mantuvo vivo o la obsesión que nunca consiguió olvidar.
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Capítulo 14
# Capítulo 14: Rival
Santiago
Supe que algo pasaba antes de que me lo dijera.
Vale llegó esa noche oliendo a hierbas.
No a perfume. No a comida. A hierbas. Como una botica serrana donde venden árnica, romero y hojas secas para remedios que no sé preparar.
Estaba sentado en la escalera esperándola. Siempre la espero. No importa la hora. No importa si me dijo que no me desvelara. Yo la espero.
—¿De dónde vienes? —pregunté.
—De casa de la abuela.
—Hueles a hierbas.
Se detuvo a medio paso.
—Es... un té. La abuela me hizo probar un té nuevo.
Mentira.
Lo supe porque se tocó el pelo. Un gesto rápido, casi invisible: los dedos rozando la nuca, acomodando un mechón que no necesitaba acomodarse. Vale se toca el pelo cuando miente. Es el único defecto de una mujer casi perfecta: no sabe mentir. O más bien, no sabe mentirme a mí.
Al mundo le miente perfecto. A mí, no.
—Buenas noches, Santi —dijo, y subió las escaleras sin mirarme.
No le pregunté más. Pero esa noche no dormí. Me quedé en la oscuridad de mi cuarto, mirando el techo, con el estómago apretado y una sensación nueva que no me gustaba.
No eran celos.
Todavía no.
Era instinto.
El mismo instinto que me decía cuando alguien me miraba mal, cuando una situación era peligrosa, cuando un espacio se sentía equivocado. El instinto que desarrollé en el cuarto oscuro, durante dos años, donde la única forma de sobrevivir era detectar el peligro antes de que llegara.
Algo había cambiado. Y yo iba a averiguar qué.
No tuve que esperar mucho.
El sábado, Vale me dijo que iba a salir.
—¿Adónde? —pregunté.
—A la clínica de medicina integrativa. La abuela me consiguió una cita para los dolores de cabeza.
—¿Cuáles dolores de cabeza?
—Los que me dan cuando trabajo mucho.
—Nunca me dijiste que te dolía la cabeza.
Me miró con esa expresión de "no empieces."
—Santi, no es nada grave. Es solo una revisión.
—Voy contigo.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no necesito niñera.
—No soy tu niñera. Soy tu hermano.
Esa palabra. La usé como escudo. Como ella me enseñó.
Suspiró. Me dejó ir.
La clínica era pequeña, elegante, con plantas por todos lados y ese olor a hierbas que ya me era familiar. En la entrada había un letrero dorado: "Clínica Torres. Medicina Integrativa."
Y adentro estaba él.
Alto. Delgado. Rasgos finos, como dibujados a tinta. Pelo negro peinado hacia atrás. Bata blanca impecable. Manos de cirujano: largas, limpias, precisas.
Sonrió cuando nos vio. Una sonrisa amable, cálida, perfectamente calibrada.
—Valeria —dijo. No "señorita Montero." Valeria. Con familiaridad. Con confianza.
—Rodrigo, te presento a mi hermano. Santiago.
Me miró. Extendió la mano.
—Mucho gusto, Santiago. Rodrigo Torres.
Le apreté la mano. Fuerte. No lo suficiente para que fuera agresivo, pero lo suficiente para que supiera que yo no era un niño al que podía ignorar.
—Mucho gusto —dije. Sin sonreír. Sin pestañear.
Me sostuvo la mirada tres segundos. No se intimidó. No apartó la vista. Pero tampoco me retó. Solo me miró como quien mira algo interesante por primera vez.
—Pasa, Valeria. Voy a tomarte el pulso y a prepararte una fórmula.
Se sentaron. Él le tomó la muñeca. Puso tres dedos sobre su piel, suaves, profesionales, y cerró los ojos como si estuviera escuchando algo que solo él podía oír.
La tocaba.
Con permiso. Con profesionalismo. Con cuidado.
Pero la tocaba.
Y yo me quedé parado en la esquina del consultorio, con los puños apretados dentro de los bolsillos, mirando cómo un desconocido le sostenía la mano a la mujer que yo amaba.
De camino a casa, no hablé.
Vale manejaba. Me miraba de reojo cada treinta segundos. Yo lo sabía porque contaba.
—¿Qué te pareció? —preguntó.
—¿El doctor?
—Sí.
—Parece competente.
—Eso es todo. ¿Competente?
—¿Qué quieres que diga, Vale?
Silencio. Largo.
—Santi, Rodrigo es amigo de la familia. La abuela lo conoce. Su familia lleva generaciones combinando medicina clínica y herbolaria mexicana. Es una buena persona.
Cada palabra era un golpe. No por lo que decía, sino por cómo lo decía. Con ese tono que usan las personas cuando están justificando algo que no necesita justificación.
A menos que sientan culpa.
—¿La abuela te lo presentó? —pregunté.
No contestó. Eso era un sí.
—¿Como pretendiente?
—Santiago...
—Contéstame.
—No seas ridículo.
—¿Es ridículo? Un hombre guapo, de buena familia, doctor, que te llama por tu nombre y te toca la mano durante diez minutos. ¿Y yo soy el ridículo?
—Te estaba tomando el pulso. Es médico. Es su trabajo.
—Su trabajo es tocar. Qué conveniente.
Frenó el coche. Estábamos en un semáforo. Me miró. Los ojos oscuros, brillantes, entre enojados y otra cosa que no quise nombrar.
—Santiago, basta. Rodrigo es un profesional y una buena persona. No pienso discutir esto contigo.
Su mandíbula se tensó. Vi el músculo moverse bajo la piel. Lo vi tragar. Lo vi respirar una, dos, tres veces, controlándose con esa disciplina feroz que solo yo conozco.
Me tragué lo que quería decir. Todo. Cada palabra ácida, cada acusación, cada "aléjate de ella" que me quemaba la garganta.
—Sí, Vale —dije. Con la voz más plana que pude.
Porque la peor versión de mis celos no es la que grita. Es la que se queda callada. La que observa. La que espera.
Y la que actúa cuando nadie mira.
Esa noche busqué a Rodrigo Torres en internet.
Treinta y un años. Soltero. Heredero de la clínica Torres. Sexta generación de médicos tradicionales. Graduado con honores. Publicaciones en revistas médicas. Filántropo.
Un hombre perfecto.
Sin una sola mancha. Sin un solo defecto que yo pudiera usar en su contra. Ni una ex escandalosa, ni un negocio turbio, ni una foto comprometedora. Nada.
Lo odié.
No por lo que era. Sino por lo que yo no era. Dieciocho años. Sin carrera. Sin patrimonio propio. Sin apellido real. Un huérfano criado por la mujer que ahora le presentaban hombres mejores.
Cerré la laptop. La pantalla se apagó y en el reflejo oscuro vi mi propia cara. Mandíbula apretada. Ojos duros. El mismo gesto que ponía de niño cuando alguien intentaba quitarme algo.
Respiré.
Conté hasta diez. Hasta veinte. Hasta cien.
Y después pensé: no importa. No importa quién sea él. No importa cuántos doctores perfectos le presenten. Ella es mía. Lo ha sido desde que tengo ocho años. Lo será siempre.
Solo necesito tiempo.
Y él no lo tiene.
Porque Rodrigo Torres puede ser perfecto. Pero yo soy el que la conoce. El que sabe que duerme del lado izquierdo con el aire acondicionado en dieciocho grados. El que sabe que odia el pulpo pero finge que no. El que sabe que se toca el pelo cuando miente y que se muerde el labio cuando está nerviosa y que cuando dice "estoy bien" con voz tranquila es cuando peor está.
Ningún doctor va a aprender eso en una cita.
Yo lo aprendí en diez años.
Y eso no se compra. No se conquista. No se roba.
Se gana.
Y yo ya me lo gané.
El lobo reconoció al rival 🐺🔥 Pero no va a pelear con los puños... va a pelear con paciencia. Nos leemos mañana ❤️